No hay apocalipsis sin enfermedad, ni guerra sin hambruna. Los cuatro jinetes ya cabalgan juntos en Siria y pasan por encima de los más débiles: los niños. Después de más de dos años muriendo, huyendo de las bombas, sin colegio ni juegos infantiles, los pequeños sirios se enfrentan a un nuevo enemigo, probablemente el arma de destrucción masiva más poderosa: el hambre.
Antes de la guerra ocho millones de sirios vivían de la agricultura. Hoy los campos están llenos de malas hierbas. Un informe de Save the Children, presente en el país durante todo el conflicto, pone de manifiesto que la moneda pierde valor a la misma velocidad a la que se multiplican los precios, que el pan ha pasado de 15 libras sirias a 500, que bajo las bombas no es fácil conseguir alimentos ni producirlos, que uno de cada 20 niños en las afueras de Damasco sufre malnutrición severa y alto riesgo de morir de hambre. UNICEF calcula que este conflicto ya afecta a más de cuatro millones de niños sirios.
La mayor parte de la población, ajena a las razones o sinrazones de esta guerra civil, ya se encuentra en campos de refugiados a lo largo de sus fronteras. Allí la situación no es mucho mejor, pero al menos ya no caen obuses. Organizaciones como Médicos Sin Fronteras tienen hospitales pediátricos, psicólogos infantiles y programas de vacunación para niños, pero el problema es que los refugiados de estos campos, náufragos en tierra de nadie, pueden convertirse en hiperdependientes de la ayuda humanitaria si el conflicto se alarga.
Save the Children reconoce que los esfuerzos combinados de estas organizaciones junto a la ONU y Media Luna Roja ya no son suficientes para hacer frente a la emergencia, sobre todo porque el Gobierno de Damasco impide el despliegue de muchas de estas organizaciones sobre el terreno, una negación de ayuda que tachan de “intolerable”.
El hambre muerde de muchas formas: las madres lactantes hace tiempo que dejaron de producir leche para sus hijos, lo que puede provocar problemas de salud para sus bebés de por vida. La población, escondida en zulos o sótanos, sólo tiene lentejas o arroz, y eso cuando tiene algo. La guerra ha transformado en pobres a siete millones de sirios que no lo eran y está causando un atraso al país que se calcula en 35 años.

(El Mundo)