Página de cuento 470

El sol del mediodía que se filtraba por la ventana entibiaba en parte el interior de la cabaña. Pero afuera estaba frío.
“Entonces, te gusta mucho volar”.
“No sé, creo que sí, aunque en mi vida volé poco. Pero mirá esto”. Pedro sacó un mapa gastado del bolsillo trasero del pantalón.
“Mirá, acá estamos nosotros. Desde este punto hasta este otro, a 100km de Esquel, en aeroplano serán unas 7 horas. Tengo que cruzar unos 750 km de desierto, pero vale la pena. ¿Sabés que hay allá? Un lago, rodeado de viejos abedules de varios metros, un clima ideal, ni frío ni caluroso, un lugar único en el mundo. La Solitaria se llama. Y hasta ahora nadie lo descubrió. A mi me contó de su existencia un primo que anduvo por allá, pero es casi un secreto. Y lo más importante: está lleno de mujeres hermosas. Pero yo no me voy por todo eso. Yo me voy porque el fin de mi viaje es el viaje, no la llegada. Podría ir por tierra, si quisiera. Seguramente tardaría más, y tendría dificultades para encontrarlo, o llegaría a un lugar y creería que es ese, y estaría equivocado por meses. Bueno, lo mismo me puede pasar en aeroplano, pero el asunto no es encontrar el lugar ¿me entendés?. El propósito es buscarlo. Y cuando lo encuentre, en ese instante inicial en que mis ojos descubran en medio del desierto a un oasis de fantasía, en ese instante seré feliz.
Después, no sé, quizá me quede o me vaya. Pero el tiempo que transcurra entre ahora y el segundo en que lo vea por primera vez, será irrepetible. Ya me siento feliz de sólo pensar que alguna vez seré feliz. Por el momento, estoy estudiando unos planos de un modelo nuevo. Ya vas a ver.”
Así comenzamos una pequeña amistad que nos llevó a encontrarnos en varias oportunidades, a veces en bares, otras en su casa o en la mía. Pero la mayoría de las veces lo encontraba en el taller del Tano, armando el aeroplano. Fui testigo de la gestación de aquel aparato, de aquellas maderas contorneadas y quietas, que poco a poco iban adquiriendo forma de pájaro. Iba al taller y me ponía a cebarle mate a el Tano y a Pedro, mientras este último no paraba de tomar medidas, cortar madera y ensamblarla.
“Está loco” me decía el Tano, “pero a los locos hay que seguirle la corriente”.
Pedro, como siempre, trabajaba vestido con un mameluco azul y con la eterna gorra de aviador en la cabeza. Hoy no puedo recordar otra imagen de él que no sea con su mameluco, su gorra, las antiparras puestas, y manchado por completo de aceite y aserrín.
Con el tiempo, vi cómo el aeroplano se iba convirtiendo en un aeroplano. Una tarde ensamblamos la hélice. Estaba todo en perfectas condiciones, pero el aeroplano no arrancaba. Le costó una semana a Pedro poner en marcha al viejo motor que había conseguido.
Pero la tarde, casi noche, en que se escuchó el ruido desparejo del motor, envuelto en un mar de aceite y grasa, Pedro sacó tres cervezas de la heladera y festejamos. El Tano no podía creer que arrancara, tuvo que creerlo, pero asimismo dudaba por completo de que el aeroplano llegara a volar alguna vez.
Sin embargo, unos días después, cuando el aparato estaba prácticamente terminado (faltaba solamente pintarlo y acomodar un poco la cabina del piloto), salimos a hacer la primer prueba de vuelo. Remolcándolo con la camioneta del Tano, llevamos al aeroplano por el camino viejo a Puerto Lobos hasta un descampado ralo, liso y plano como una pista de aterrizaje de un aeródromo. Era una salina de unos dos kilómetros de diámetro, de tierra seco, dura y perfectamente lisa. A los saltos por entre los caminos de huella de las estancias de la zona, logramos meter al aeroplano en la salina.
Pedro casi no hablaba, apenas nos daba las instrucciones necesarias mientras empujábamos la máquina, para que no se dañara con algún golpe.
Una vez colocado en posición de despegue, Pedro no habló más y se enfrascó en ultimar los últimos detalles para el vuelo.

Continuará…

Por Carlos Alberto Nacher
Cnacher1@hotmail.com www.nacher.com.ar