huevoy cuando empezaron a dispersarse las nubes el sol ya estaba cayendo sobre el horizonte. Miró por la ventana distraído y descansó la vista sobre el asfalto húmedo del atardecer que no terminaría de secarse hasta mañana. El teléfono no había sonado finalmente y ya tenía que pensar en cocinar algo para la cena, aunque ya sabía que cuando dieran las doce de la noche no habría prendido ni una hornalla y las rotiserías estarían todas cerradas. Podía hasta verse rebuscando entre las alacenas en procura de esa latita salvadora que nunca aparecería. Pero, a pesar de todas esas imágenes siguió mirando el asfalto mojado, casi lamentándose de si mismo.
Un brillo escarlata en una ventana de la vereda de enfrente lo sacó de extasis. Se desperezó estirando los brazos y se levantó de la cama. Bajó cansinamente las escaleras mientras repasaba mentalmente todo lo que había programado hacer ese día y no había hecho. La factura de la luz tendsría que pagarla con recargo, la nota a la revista tendría que escribirla mañana y el lavadero, bueno, el lavadero iba a esperar un día más, al menos. Y ese reflejo rojo debía ser la luz del freno de un coche en el estacionamiento del vecino. Aunque el vecino había salido de viaje ayer por la mañana. Estaba seguro porque se lo había cruzado cuando volvía de la panadería. A Mendoza, por un cliente, había dicho, pero que no se preocupara, que su esposa se quedaba en casa. Su esposa no tenía coche…
En la televisión no hay nada, como siempre, los Simpsons ya son como una especie de cortina sonora de su vida. Internet, un sueño húmedo, seguramente el viento había tirado algún puto cable en algún lugar del medio de la Patagonia para que él hoy, ahora, no pudiera visitar sus páginas porno favoritas. Que si la mujer del vecino no tenía coche, ¿de quién era el coche que estaba estacionado en el garage? ¿Habría vuelto su vecino? Lo dudaba, imposible que en un día haya ido a Mendoza y vuelto hoy, aunque tal vez haya tenido algún problema. Se acercó de nuevo a la ventana, pero no veí desde ahí la casa de al lado. Abrió la puerta y cuando estaba a punto de cerrarla a sus espaldas se dio cuenta que no había agarrado las llaves, hubiera sido todo un tema en pantuflas y pantalones cortos quedarse en la calle. Agarró el llavero de arriba de la mesa y salió. No había ningún coche en el estacionamiento del vecino. Sólo una luz encendida en el dormitorio, el resto a oscuras.
Encendió una hornalla y puso a hervir agua. No estaba decidido si ponía dos huevos o un puñado de fideos, ¿qué había comido ayer? ¿Y antes de ayer? No tenía la menor idea, tampoco que tuviera que seguir el plan de una nutricionista, pero tampoco era cosa de comer siempre lo mismo, comer siempre lo mismo era el hartazgo del aburrimiento. Pero, a decir verdad, si no se acordaba qué había comido el día anterior, era lo mismo lo que comiera hoy, si en realidad era lo mismo, como no se acordaba, daba igual. Pero estaba seguro que si no hacía un esfuerzo por recordar, cuando estuviera efectivamente cenando seguro le venía a la memoria y si había comido lo mismo se iba a deprimir, deprimir más. Que si no estaba el coche no quería decir que no hubiera estado un coche. El reflejo de la luz escarlata podría habe sido un coche yéndose y que él no lo hubiera visto llegar. Y si se había ido, es que había estado, eso tenía lógica. Y que esté prendida solamente la luz del dormitorio era sugestivo. No es que quiera decir nada se dijo en voz baja, pero era decididamente sugestivo.
Dos huevos serían, los echó con cuidado en el agua burbujeante y miró el reloj de la pared para calcularle el tiempo; no le gustaban ni muy crudos, la yema anaranjada le daba asco, ni muy pasados, cuando le veía esa línea verde junto a la clara tenía que tirarlos irremediablemente a la basura. Pero dos huevos era poco, se iba a morir de hambre y a la madrugada iba a atacar las galletitas surtidas de la lata. Aunque no estaba del todo seguro si quedaban galletitas, como no estaba del todo seguro si la esposa de su vecino no lo estaba corneando miserablemente al pobre tipo cuando el otro estaba manejando esa punta de quilómetros hasta Mendoza, que vaya uno a saber cuántos eran, seguramente más que a Bahía Blanca, nunca se le dio bien la geografía, la matemática tampoco.
Pero si le estaba metiendo los cuernos de esa forma, en su propia casa, era bien jodida la mina, ya le había parecido un par de veces que lo había mirado con malicia, pero ahora que lo pensaba tal vez no era malicia, sino solamente deseo. Porque si le estaba siendo infiel, en su casa, con el tipo del coche, bien podría ser que le haya tirado algún indicio a él y no se haya dado cuenta, hasta ahora.
Pero no la iba a dejar pasar, mañana a la mañana, pensó, mientras miraba por la ventana, la iba a encarar en la vereda, cuando estuviera regando las plantas. Levantó la vista y comprobó en el reloj de la pared que ya deberían estar los huevos. Se dio vuelta y su vecino de enfrente volvió a prrobar el laser de su hijo, lo divertía como el gato perseguía el reflejo escarlata en la ventana.

Por Javier Arias