16¿Dónde se había metido, Cándido? En ningún lado en especial, Cárdenas, ¿por qué lo pregunta? Porque hace como una semana que no sé nada de usted. No sabía, Pelado que fuera tan importante para su vida cotidiana, ¿quiere que le regale una foto? No se haga el vivo, Cándido, que uno llega a una edad que se empieza a preocupar si no ve seguido a la gente. Lo dirá por usté, Cárdenas, que llegó a esa edad hace décadas y todavía no la abandonó, digo, ¿está hablando de la edad del pavo, no? No, Rivera, no, usted sabe que no, pero no me cambie el tema, que lo llamé un par de veces a su casa y no atendió ni el loro… ¿No lo atendió el loro? ¡Pero qué barbaridad, meses entrenando al pajarraco ese para que cuando uno realmente lo necesita se haga el desentendido! ¡Ah… Bueno! Parece que está emperrado en tomarme para el lado de la chacota. Emperrado, engatado y hasta aconejado si quiere, que si la idea es boludearlo a usté soy capaz de metamorfosearme en el bicho que guste. Mire, Rivera, estoy comenzando a cansarme de ser siempre el blanco de sus burlas… ¿Blanco de mis burlas, no estará leyendo mucho Corín Tellado usté?
Bueno, está bien, ya entendí, no me quiere decir a dónde fue, no hace falta que hable más, entiendo las indirectas. Cárdenas, usté no entiende las directas y me va a decir que ahora le va a entrar a las indirectas, déjese de jorobar y no me ponga esa cara de perro en vidriera de rotisería. Me fui unos días a la gran ciudad… ¿Y para qué tanto tiempo en Rawson? Pelado, mire que había sido de tiro corto usté, ¿eh? Era una broma, Rivera, ¿a qué fue a Buenos Aires?
Varios motivos, Pelado, uno más aburrido que otro, no me haga enumerárselos. ¿Nada para rescatar, Cándido? Sí, sí, que los motivos hayan sido plebeyos no significa que los resultados no hayan sido nobles. ¿Y eso qué quiere decir? Nada, Cárdenas, que estuvo bueno el viaje. ¡Ah!
Mire, me encontré con algunos amigos que hacía rato no veía, me invitaron a un recital de jazz más que interesante, a un par de asados con hueso, di un par de vueltas por la feria de arte de Buenos Aires, caminé por la eterna Corrientes y vi una película belga no del todo memorable, pero, como siempre, necesaria. ¿Mala y necesaria, cómo es eso, Cándido? No dije que fuera mala, Cárdenas, sino que no del todo memorable. Lo que pasa es que uno necesita buscar siempre la divergencia, Pelado, sino se cae irreversiblemente en el tedio conocido. O sea, a usté le puede encantar Tinelli, pero si siempre se la pasa mirando Showmatch, algún día se va a terminar pudriendo, ¿no? Ehhhh… Bueno, mal ejemplo le puse yo también, Pelado, no me haga caso, el tema es que es bueno salir del menú de todos los días y probar de vez en cuando platos exóticos. Y esta película, “El silencio de Lorna” es un plato, que si bien no es del todo ajeno a nuestro paladar, tiene unas cuantas especias que dan gusto paladear. Cándido, le pido encarecidamente que la afloje con las metáforas culinarias porque la bruja me tiene a dieta desde hace una semana y usted, con tanto paladar, especias y milanesas con papas fritas me está matando. Pelado, yo nunca dije milanesas con papas fritas. No, ¡pero cómo le entraría ya mismo a una milanga! Y dele, Cárdenas, pídale a Charly una que se la sirve en un periquete. No, yo tengo voluntad, soy firme en mis convicciones. ¡Déjese de joder, Cárdenas, más que su voluntad es la nariz de su patrona, que se llega a mandar una milanesa ahora lo engancha a la noche y duerme en el pasillo!
No me cambie el tema de nuevo, Cándido, ¿qué más hizo en el viaje? Paseé, caminé y, por supuesto, recorrí unas cuantas librerías; y ahora que me lo recuerda, le traje un regalito a su sobrino. ¿Al Ricardito? ¿Tiene más de un sobrino, Pelado? No, no, pero me sorprende, Cándido, ¿a qué se debe la atención? No crea que es tan desinteresado lo mío, Pelado, lo que pasa es que habla tanto de su sobrino y de las barbaridades que se manda siempre que estoy seguro que le falta algo que nosotros tuvimos y los chicos de ahora medio que perdieron. ¿Le compró un frasco de inocencia, Cándido? No, aunque no hubiera estado nada mal, Pelado, no, algo mucho más accesible, este libro de Salgari, “Sandokan, el tigre de la Malasia”. ¡Uh, Cándido, me encantaba este libro! A mí también, Cárdenas, por eso se lo traje, porque estos chicos mucho internet, mucho mensajito por celular, mucho jueguito de computadora, pero nada de buena aventura, nada de emoción e imaginación. Creo que estar perdiendo a Sandokan de Mompracem, a Yañez, al Rajá blanco de Sarawak, a Tom Sawyer y a Colmillo Blanco es la verdadera razón de muchos de nuestros problemas, Cárdenas. No, no me mire así, no estoy loco. Es que en esas páginas yo encontré el honor, la lealtad a los amigos, la confianza en los mayores, la emoción por lo desconocido, el amor por la palabra… Encontré mil razones para querer seguir leyendo y seguir descubriendo un nuevo mundo en cada esquina, en cada libro. Y me encantaría que su sobrino tenga esa misma oportunidad de tener en sus manos la esperanza de una vida infinita. Cárdenas, le digo la verdad, más que un regalo para Ricardito, me estoy haciendo yo mismo un regalo, porque si él descubre un nuevo mundo, al final, va a terminar construyendo otro mejor para mí.
Cándido Rivera, para lo que guste mandar.

 

Por Cándido Rivera
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