Cuando el verano llega, sabe que se acerca una nueva campaña científica. Sabe, además, que la fecha de partida del extenso recorrido está sujeta a las condiciones meteorológicas. Hernán Sala es biólogo y permanece generalmente desde enero hasta marzo en la Antártida. En la Península Antártica –concretamente en la Base Carlini, Isla 25 de mayo, Islas Shetland del Sur, a aproximadamente 900 kilómetros de Ushuaia-, junto a otros investigadores toma mediciones, compara y estudia con regularidad algunos glaciares. La investigación está a cargo del grupo argentino-alemán “Glaciología Carlini”, integrado por cuatro científicos (dos argentinos, Rodolfo del Valle y Sala, y dos alemanes, Ulrike Falk y Damián López), y se realiza en cooperación entre el Instituto Antártico Argentino de la Dirección Nacional del Antártico (IAA-DNA), la Universidad de Bonn y el Alfred Wegerner Institut (ambas instituciones de Alemania).
8

Hernán Sala es Biólogo, y permanece generalmente desde enero hasta marzo en la Península Antártica.
En el ´Continente Blanco´ se está registrando un aumento importante de la temperatura, hay días con temperaturas positivas incluso fuera del verano y hay años en los que llueve bastante, dicen los expertos

Por Mauro Fernándes

“En la Península Antártica –explica Sala, en diálogo con El Diario- se repite una tendencia que es bastante generalizada: se registra un aumento importante de la temperatura, hay a su vez días con temperaturas positivas incluso fuera del verano y hay años en los que llueve bastante, lo cual no sucedía quince o veinte años atrás. La lluvia descongela de forma rápida el hielo. Al caer agua en estado líquido sobre un glaciar, es como si se estuviera regando el cuerpo de hielo con agua a temperatura positiva.”

 P: -¿Cuáles son las consecuencias?

H.S.:-El efecto inmediato es sobre la superficie del glaciar, por lo tanto la nieve se derrite, genera escurrimiento y empiezan a producirse ante todo una suerte de parches o manchones de agua, que terminan a su vez dando lugar a la formación de arroyos sobre el cuerpo de hielo. El agua puede caer al mar, puede llegar a través de grietas hasta el fondo de la masa del glaciar o escurrir por la superficie del mismo, para luego continuar por la tierra. En la Base Carlini, hay arroyos -denominados también como “chorrillos”- cuyo aporte principal es el agua que se derrite en la superficie del glaciar. Es bastante común.

También, se está estudiando el ciclo diario de los arroyos. El caudal de agua suele ser bajo durante la mañana, pero pasado el mediodía aumenta notablemente. A medida que el sol gana altura, aumenta la temperatura y, entonces, la cantidad de agua que pasa por unidad de tiempo se incrementa. Esto sucede de forma diaria. Este fenómeno suele repetirse hasta que las temperaturas empiezan a ser negativas (en marzo aproximadamente).

 -¿Cuánto aumentó la temperatura?

-Existen datos que demuestran que en los últimos 50 años hubo un aumento de aproximadamente 2,5 grados en toda la Península Antártica. Es uno de los puntos del planeta donde más se evidencia el aumento de la temperatura.

 -Contribuye al calentamiento global de manera ínfima, pero es uno de los sitios más afectados, ¿es así?

-Sí, es correcto. La Antártida contribuye bastante poco porque en el lugar no hay emisiones antrópicas (es decir, generadas por la especie humana) de gases de efecto invernadero. Sin embargo, sí recibe las consecuencias globales. No obstante, hay una línea de investigación relativamente nueva que involucra a un fenómeno vinculado a la liberación de metano, que es un gas de efecto invernadero. El metano está presente en lo que se llama permafrost, una suerte de suelo congelado, ubicado generalmente en proximidades de los glaciares. Hay incluso permafrost submarino, debajo del agua. Lo que ocurre es que cuando hay cambios en la temperatura, el metano se libera y pasa a la atmósfera. Desde ese punto de vista, la Antártida también estaría contribuyendo, en cierto modo, al aumento de la temperatura en la Tierra.

 -¿Podría contribuir de otra forma?

-Sí, de manera indirecta. En el caso del metano, se trata de una contribución directa, porque se está liberando un gas que repercute desequilibrando el balance energético de la Tierra. Hay, por otro lado, un efecto de retroalimentación positiva que consiste en que si aumenta la temperatura, la nieve y el hielo comienzan a derretirse, lo que a su vez hace que el albedo de la superficie -la proporción con la que se refleja la luz del sol- se reduzca. Así, la superficie absorbe más la luz. Lo que sucede, entonces, es que a más temperatura, se reduce la superficie de nieve y hielo y, además, aumenta la capacidad de absorción de energía. Este mecanismo lleva a su vez a un calentamiento del terreno, lo cual favorece aún más a la fusión de la nieve y el hielo. Se da, así, un efecto de retroalimentación positiva. A más calor, más derretimiento; a más derretimiento, más calor. Y esto también contribuye a aumentar la temperatura, al menos a escala local y regional, y, probablemente, también global.

 -¿Se percibe un retroceso de los glaciares? ¿Hay algunos que desaparecieron?

-Sí, por ejemplo, en las barreras de hielo, que son glaciares que flotan en la superficie de los océanos. En la Antártida, hay básicamente tres tipos de hielo: el marino, que se origina a partir del agua de mar que se congela durante el invierno, que continuamente, año tras año, se forma y se vuelve a fundir, y cuya superficie en la Antártida oscila entre 3 y 18 millones de kilómetros cuadrados; los glaciares en tierra, que es hielo apoyado sobre el continente o islas, es decir, ubicado por arriba del nivel del mar; y las barreras de hielo, glaciares que fluyen sobre la superficie del mar, son permanentes y pueden alcanzar aproximadamente entre 500 y 600 metros de espesor. Contrariamente, el hielo marino tiene entre 5 y 6 metros de espesor y sigue un ciclo anual en forma natural.

Cerca del 80 por ciento de las barreras de la Península Antártica ya ha desaparecido y no hay indicio de que vuelvan a formarse en los próximos siglos. Eran barreras que tenían miles de años en el lugar.

 -En los últimos años, hubo algunos desprendimientos de témpanos de hielo en la Antártida, según trascendió en los medios. ¿Se trataría de barreras de hielo?

-En cierto modo sí. En la medida que las barreras de hielo son alimentadas por los glaciares, se van extendiendo sobre la superficie del mar. Sin embargo, en algún momento se rompen –por una cuestión mecánica- y se separan en grandes bloques que pueden llegar a tener, por ejemplo, 10 kilómetros de largo, por dos de ancho o incluso más. Son gigantescos. Ese tipo de desprendimientos forma parte del comportamiento normal de las barreras. Lo que se observa, no obstante, es que en los últimos años hay miles y miles de témpanos de hielo de pequeñas dimensiones, en vez de tratarse de uno o unos pocos témpanos de grandes dimensiones. Las barreras, por lo tanto, se están comportando de otra manera y el hielo, al estar ahora más fracturado, hace que se produzcan más bloques de menores dimensiones. Se supone que ese mecanismo no forma parte del comportamiento normal de las barreras. Se trataría de una suerte de desprendimientos normales o cíclicos versus desprendimientos “catastróficos”. Difícilmente una barrera vaya a recuperar, al menos en el corto y mediano plazo, la misma superficie que tenía unas pocas décadas atrás. No hay posibilidades de que se recuperen en los próximos años. Tampoco puede saberse qué sucederá en mil años.

 -¿En qué impacta?

-Es una buena pregunta. Las barreras, como te comentaba, están flotando en el mar, y los glaciares se encuentran, por decirlo de alguna forma, retenidos, como si se tratara de una pared que sostiene en un dique el agua que está del otro lado. Cuando se rompe una barrera, los glaciares que la alimentaban dejan de estar contenidos y empiezan a fluir con mayor velocidad. En glaciología, ese mecanismo se denomina “surge”, que es una especie de pulso en el cuerpo de hielo. Al aumentar la velocidad de desplazamiento del glaciar -puede ser cuatro o cinco veces más de la que tenía anteriormente-, su volumen se empieza a reducir. Justamente, ese es uno de los fenómenos que se observan en los últimos siete o diez años. Gran parte de los glaciares de la Península Antártica están fuera de su estado de equilibrio, y, por lo tanto, liberan gran cantidad de hielo –por efecto de la ruptura de las barreras- al océano, y, a su vez, contribuyen al aumento del nivel del mar. Es hielo “nuevo” que va al océano. Diez años atrás, la contribución de la Antártida al aumento del nivel del mar era mucho menor. Desde que ocurrió ese nuevo efecto, la Península Antártica pasó a ser un contribuidor importante al aumento del nivel del mar.

 -¿Qué provocaría ese ascenso?

-No significa que el nivel de mar vaya a subir repentinamente uno o dos metros. Concretamente, implica que año tras año puede elevarse algunas décimas de milímetro y que, si la situación se prolonga durante décadas, algunas regiones del mundo que están relativamente muy cercanas al nivel del mar pueden llegar a tener inundaciones de manera más frecuente. Si bien no se trata de un escenario catastrófico inmediato, es algo que debe ser tenido en cuenta.

 -Por lo que comenta, ¿en la Antártida no habría dudas sobre los efectos del calentamiento global?

-Un número importante de científicos que trabaja en Antártida considera que los cambios registrados son producto del calentamiento global. Me incluyo dentro de ellos. Por otro lado, con respecto a qué está sucediendo en la Península Antártica, hay unanimidad en cuanto a que esa parte del continente se está calentando. Nadie pone en tela de juicio esta realidad. Hay discusiones sobre si ese efecto tiene que ver con el cambio climático global o no. En mi caso, considero que forma parte de una de las manifestaciones del cambio climático que se observan en distintos lugares del mundo, y que la Antártida no es una excepción.

 -¿Se están haciendo comparaciones entre los glaciares antárticos y los patagónicos?

-No hay en este momento un programa que se dedique específicamente a eso. En líneas generales el retroceso y la disminución del volumen de los glaciares en la Península Antártica y en la Patagonia más o menos es similar. Hay, no obstante, diferencias. Los glaciares de la Patagonia no funcionan del mismo modo que los de la Antártida. Por ejemplo, en el sur argentino no hay barreras de hielo. Hay glaciares de la región patagónica que han cambiado mucho en cuanto a su extensión y volumen en los últimos veinte o treinta años, como ser el Upsala, el Viedma, los cercanos a Paso del Viento, a Paso Marconi.

 -¿Qué rol cumple la Antártida? Es, por ejemplo, el reservorio de agua dulce más importante del planeta.

-Actúa como regulador a nivel mundial del clima, de la atmósfera y de los océanos. Es también una fuente de biodiversidad de organismos, por más que se trate de un ambiente hostil por las bajas temperaturas. Allí hay muchos recursos genéticos y naturales.

 -¿En qué sentido actúa como regulador?

-Hay movimientos de masas de aire y de agua que van desde regiones tropicales o desde latitudes medias hacia latitudes más altas. Entonces, hay una especie de máquina térmica que funciona gracias a las diferencias de temperaturas que hay entre distintas latitudes. Por lo tanto, se produce una transferencia de calor que está asociada al movimiento de masas de aire y de agua.

 -¿Y cuál es el valor de los glaciares?

-Desde el punto de vista antrópico, los glaciares proveen de agua a las poblaciones cercanas. Funcionan como si fueran una esponja, es decir, retienen el agua y la liberan de forma paulatina durante todo el año. En esos casos, cumplen un rol en la satisfacción de las necesidades domésticas y productivas de una población. Desde lo ecológico, un glaciar, además de proveer de agua a los ecosistemas, también influye en el clima local de una región. Brinda, además, las condiciones necesarias para que se desarrollen determinadas plantas y animales. Si desaparece un glaciar de determinado ambiente, se afecta la biodiversidad del lugar. A su vez, aparecen problemas de disponibilidad de agua.

 -¿Ve con preocupación lo que está sucediendo en la Antártida?

-No lo veo desde una perspectiva alarmista, pero sí me producen cierta preocupación.

 -¿Pensando más bien en el futuro?

-Sí. Lo que se ve hoy en la Península Antártica no es algo que se vaya a detener en el corto plazo. Se trata de una tendencia que ya está instalada y que probablemente siga adelante unas décadas más, e incluso es probable que vaya progresando más hacia el sur.

 -¿Cómo sería?

-La Península Antártica es la parte más boreal del continente, la que está ubicada más al norte, por lo cual se supone que es la más susceptible a los cambios de temperatura. Por ahora, desde los 70 grados en dirección hacia el polo no hay modificaciones tan serias como las ocurridas en la Península Antártica. Los cambios ocurridos a aproximadamente a los 60 grados de latitud sur, probablemente se puedan llegar a ver también en los 70, 75 grados dentro de algunos años. Es decir, cada vez más cerca del polo, como si estos fenómenos fueran avanzando hacia el sur.

 Fotos: Gentileza de Damián López, integrante del grupo “Glaciología Carlini”.

 

 

Los llamativos cambios ocurridos a aproximadamente a los 60 grados de latitud sur, probablemente se puedan llegar a ver también en los 70, 75 grados dentro de algunos años.