Por Carlos Alberto Nacher
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Mientras esperaba, vi por la ventana que desde la calle se acercaba una mujer esbelta, alta, con unos tacones tan finos como altos, medias negras, un sombrero azul y un tapado azul oscuro abierto en la zona del escote. Noté enseguida un aire familiar en ella, un gesto al caminar, y aquel sombrero azul me resultaba conocido. Mi incipiente inclinación a enamorarme de todas las mujeres que se me cruzaren hizo que no me sorprendiera demasiado el encontrarme mirándola fijamente, pero sí me sorprendió mucho más el notar que ella venía directamente hacia mí, se sacaba el tapado, lo ponía a un costado de mi mesa y se sentaba.
Increíblemente, ¡Era Teté! No me salían las palabras al ver a esta mujer cambiada por completo.
“Hola Teté, ¡Qué alegría verla! ¡Y qué cambiada se la ve!”
“No es necesario que me adule, salame, simplemente, antes de venir para acá me hice unos retoques. Es que hacía mucho que no salía a pasear, y menos de noche. Lo lamentable es que una vez que salgo, es para encontrarme con un papanatas como usted. Le aclaro que este acicalamiento del cual usted es testigo no se debe a que fuera a verlo a usted, de ninguna manera, por usted ni siquiera me pintaría las uñas, esto lo hice casi de casualidad, le explico. Iba paseando por la Avenida Rupp, escuchando unos hits de moda desde un injerto estéreo que me hice hace poco en el hemisferio izquierdo del cerebro, recuerdo que en ese momento sonaba…” “¡Ya sé!” interrumpí, “Crawford Lane y Los Olesorete” “No sea pánfilo, por favor, no me interrumpa. ¿No ve que es un pobre infeliz? Le decía que venía escuchando música, eran El Negro Forbes y Los Pelamanises, hermosa banda de rocanbowl, y atiné a pasar por la puerta del conocido establecimiento de liposucciones a vapor El Chupete, justo al lado del Almacén Gástrico Naval, ¿Lo conoce?, se lo recomiendo, a usted también le vendría bien un buen drenaje de grasas abdominales. Bueno, siguiendo con el tema, me decidí y entré. Puse unos billetes, unos cuantos tronchos en la Chupamatic, la máquina automática de adelgazamiento por aspirado de grasas y rebanamiento de zonas corpóreas no musculares, y en un periquete, en menos de lo que canta un gallo, en un abrir y cerrar de ojos, como escupida de músico, la Chupamatic sacó unas mangueras de grosor considerable y hurgueteando en mi humanidad alrededor de todo el perímetro corporal, me quitó unos 45 kilos de grasa abdominal, unos 15 kilos de grasa del cuello, 12 kilos de grasa en cada extremidad, y 2 kilos de los cachetes. Luego, sin darme tiempo para gritar de dolor y enajenamiento, me rebanó con unas filosas navajas el sobrante de piel para finalmente sellar todo con enduido plástico. Luego, una empleada me hizo sentar, me sirvió unos flanes con dulce de leche y crema chantilly, mientras me pasaba la planchita de cicatrizado rápido. Fue una gran experiencia, estos establecimientos funcionan maravillosamente, y qué bien tratan a los clientes, se lo recomiendo. Con decirle que finalmente me regalaron dos entradas para la final del campeonato nacional de desculamiento de hormigas, hermoso deporte.”
“¿Y cómo se llamaba la empleada?”
“Creo que Mily, pero no me lo dijo. Aunque prendida a su delantal, en su seno izquierdo, tenía una identificación que decía Pily”
Cuando Teté dijo la palabra seno, algo vibró dentro de mi intestino. Creo que estaba completamente desquiciado, había llegado a un punto tal de psicosis que hasta pensaba en la resignación, en asumir mi condición, mi estado de locura irreversible, y entregarme voluntariamente a las autoridades. En eso llegó el mozo y me salvó de aquella catarata de ideas lúgubres. “¿Qué se van a servir?” preguntó con un tono de voz similar a un caño de escape de un motor de cuatro tiempos al que le fallan dos pistones. “Yo quiero una tortilla de papas balcarce con aceite de oliva, jamón, queso parmesano, gruyere, de máquina y queso crema, cebolla, ajo y perejil. ¿Y usted Teté, qué desea?“
“Solamente un agua vegetal y un bombón suizo doble, estoy a dieta.”
A la cuarta porción doble de la tortilla, ya no pude contenerme y casi le grité:
“¡Teté, estoy enamorado perdidamente de ti!” Me le tiré encima y la besé efusivamente.
Lo que quedaba de tortilla voló sobre dos mesas y fue a caer en la cabeza de un hombre que, como siempre ocurre en estos casos, era pelado.
Teté estaba espléndida.

Continuará…