Por Lazarillo de Tormes

El debate por interrupción legal del embarazo arrojó, sin duda alguna, una lección de democracia a las dos partes que se encontraban disputando el proyecto, no dentro sino fuera del recinto; las inmediaciones del Congreso de la Nación volvieron a constituirse como un escenario alternativo de uno de los debates sociales y sanitarios más importantes que ha dado la ciudadanía, a través de sus representantes.
La extensa jornada, de casi 24 horas de duración, tuvo sus sinsabores a partir de algunas posturas que dieron cuenta de una ignorancia manifiesta respecto de cuestiones de salud, donde se mezclaron emociones con datos duros, y donde la discusión también estuvo atravesada por algunas alocuciones más políticas que otras.
Sin embargo, primó el respeto dentro del recinto y ningún legislador fue interrumpido mientras expresaba sus pensamientos, ya fueran estos a favor o en contra de la iniciativa; porque de eso se trata la democracia.

A las apuradas

Lo cierto es que, si se alcanzó el punto en que debió debatirse la despenalización del aborto, ello ocurrió por dos razones: primero, porque las políticas públicas en materia sanitaria han fracasado, al menos en lo que refiere a la protección estatal hacia aquellas mujeres que desean interrumpir su embarazo.
En segundo lugar, porque tratar un proyecto que gran parte de los legisladores calificaron como “mal armado” o con importantes deficiencias, da cuenta de que la carrera por el 2019 ha comenzado y más de un micrófono estará pendiente de aquellas posturas que puedan sumar más o menos para las “tribunas”.

Debate del debate del debate

Meses antes de que se llegara a la instancia de debate en el Congreso de la Nación, los dos lados de la discusión se demarcaban a un ritmo recalcitrante, acaso radicalizando ideologías que se dividían en los “Pro-Vida”, que llamaban “abortistas” a sus adversarios, y los “Pro-Aborto”, que llamaban “Pro-Muerte” a los suyos.
La radicalización de posturas, como ha sabido ocurrir con el tándem “kirchnerismo” y “anti-kirchnerismo”, nunca arrojó verdadera luz a la discusión de los problemas que atraviesan a la sociedad.
Mientras algunos critican la inseguridad y piden más “mano dura”, otros se vuelcan a la Justicia garantista, pero nadie debate respecto de los síntomas que empujan a que ciudadanos se conviertan en delincuentes.
Con la despenalización del aborto ocurrió algo similar; una amplia mayoría postuló la idea de que el aborto no punible es un homicidio legislado, mientras que del otro lado, aquellos que defendían su postura en defensa del “niño por nacer” eran tildados de meros fanáticos religiosos, cualquiera fuera su credo o culto, si es que realmente tenían uno.

Nadie está en favor del aborto, y seguramente nadie conciba dicha intervención con la mera liviandad con la que un paciente concurre a un consultorio para sacarse una muela.
Lo que verdaderamente se debatió, fue la despenalización de un procedimiento médico, para que aquellas mujeres que no tienen los medios económicos para realizarlo de manera privada, puedan concurrir a un hospital público; a fin de cuentas, quienes sí disponen del bolsillo para someterse a un aborto, dudosamente lo harían en un hospital público, habida cuenta del “fantasma” de la condena social que pesa sobre algunas conciencias.

Libres

Finalmente, sobre las diez menos cuarto de la mañana del jueves, los diputados se aprestaron a votar, con significativas modificaciones de último momento y una abstención, aprobándose el proyecto de despenalización en un clima de festejo, por un lado, y de derrota, por el otro.
Tal vez, cuando estemos leyendo estas líneas, ya no se respire la rivalidad entre los denominados “Pro-Vida” y los calificados como “Abortistas”, y el mundo continúe girando; acaso a un ritmo más justo, independientemente de cuál hubiera sido el resultado de la votación.
Porque de ello se trata la democracia y, concretamente, en una democracia representativa, los legisladores tienen la potestad para tomar las decisiones sobre la sociedad que les ha confiado su investidura a través del voto; sin embargo, cuando un senador o un diputado sorprenden por lo inesperado de su pronunciamiento, son criticados por quienes creen que se deben a sus electores. Y, si bien cada cargo público se debe a sus electores, más se debe a su propia integridad y libertad. Libertad de conciencia, que es lo que indudablemente ha primado en el debate.

Gobierno de Chubut