Por Carlos Alberto Nacher

Mi nombre no importa. Soy Jack Güiraldes Thorn. Hijo de una acaudalada aborigen sudamericana y un inmigrante inglés, de Glasgow. Según me relatara hace un prudencial tiempo alguien allegado a mi familia, mis padres se conocieron en una feria de antigüedades en Buenos Aires, en momentos en que mi madre adquiría por una cuantiosa suma de dinero una tela de Vincent Bangcock, un autorretrato del pintor con tres orejas, el cual todavía cuelga sobre el hogar de mi mansión en las colinas, sostenido por un viejo clavo comprado por mi, una de mis pocas adquisiciones desde que mi vida cayó en una ciénaga infame, hace ya más de cuarenta años, gracias a la desgracia de haber conocido a Lady Natasha Buttock y su inexplicable culo. Lady Natasha Buttock… su culo todavía me obsesiona al punto de no encontrar la paz, a pesar de haberla buscado de innumerables maneras.
Me he propuesto relatar esto respetando la secuencia temporal de los hechos, pero me tomaré en este caso una breve licencia y diré que entre los miles de intentos de estos últimos años para olvidarla, dediqué mucho tiempo al estudio y la práctica del origami, llegando a un estimable grado de técnica, logrando desarrollar los más variados objetos en papel. Recuerdo haber comenzado haciendo triviales dobleces en papeles, obteniendo en un principio pingüinos, ositos, caballos, patitos, etc. para luego, paulatinamente, ir creando casas, carros, aviones, edificios, cruceros con gente en su interior, complicados modelos de estaciones espaciales y modelos mucho más complejos.
Me creía ya curado de mi obsesión cuando mis manos, sin responder a mi cerebro, o bien respondiendo a órdenes originadas quizá en lo más profundo de mi mente, comenzaron a delinear objetos curvos, cada vez más curvos, hasta que al fin solamente pude diseñar culos. Inundé las habitaciones de papeles con dichas formas, delineé distintos modelos, cientos, todos con la misma apariencia de culo. Pero dejemos esto aquí por el momento.
Volviendo a mis padres, ellos se conocieron (si hemos de creerle al mencionado allegado) en momentos en que mamá procedía a pagar la tela en efectivo. Mi padre, vestido con harapos sucios de inmigrante recién llegado, acertó a pasar por la puerta del anticuario, buscando trabajo, o al menos algo que comer. Mi madre lo vio a través de las hendijas de un abanico sevillano del siglo 18, ornamentado con flores y filetes góticos tan de moda en aquellos años. Mandó a uno de sus criados (creo que solamente contrataba criados franceses) a por él (papá). Entonces se casaron.

Así es que, tiempo después, nací yo, una mezcla de pobre y rico, de india y europeo. Quizá esta raíz mía, difusa y poco frecuente, fue lo que me llevó a estudiar antropología, indagar al hombre y sus orígenes; en fin, conocer al ser humano y sus historias.
Fue así que el destino me llevó, allá por los meses finales de 1954, tras los rastros de una civilización aborigen de la Patagonia. Había certezas de que en zonas poco pobladas aún, podían encontrarse restos de una raza hoy extinguida: los Palanpaguas, cuyos miembros eran de una estatura superior a los dos metros y contaban con amplios conocimientos científicos, muy adelantados para su época, según se desprendía de un confuso manuscrito que el naturista Charles Baldwin había desarrollado 100 años atrás, en uno de sus viajes por la Patagonia. Se decía que aún hoy había evidencias de su existencia, tanto óseas como documentación en piedra. Pero no dejaba de ser una empresa difícil y a la vez apasionante.
El mes de noviembre de aquel año me encontró desembarcando en Puerto Padryn, un pequeño poblado a los pies de un golfo azul y suave. Con apenas 24 años, una gran fortuna heredada y una apariencia para nada despreciable, tenía al mundo a mis pies. Pensaba escribir la historia con mis futuros hallazgos.
Sin embargo, me esperaba otra cosa, jamás imaginada por nadie: un jamás imaginado culo…

Continuará…