Por Marisa Rauta

Si hay un misterio y un blasón de lo que queda de la argentinidad galesa, esa es la torta negra. Más allá del secreto de su receta guardado bajo siete llaves por las matriarcas que alimentaron el tesón de los colonos que le dieron un salto de civilización a nuestro inhóspito territorio chubutense, lo importante de esa argamasa es tal vez el más simple de los ingredientes de la reinventada `Teisenddu´, que es la levadura.
Este dulce patrimonio de los descendientes galeses en Chubut tenía la finalidad del espíritu mismo que intentaron imponerle a la historia: que dure mucho tiempo, incluso para que otra generación saboree un poco del evento que fue motivo de esa horneada, pero sobre todo, que algo de ella pudiera reutilizarse para leudar un nuevo pastel. Una retroalimentación mágica, como la vida misma.
Hoy es uno de esos días para desplazarse comparativamente por la memoria, por la sencilla razón de que los aniversarios son nostalgia en gotas, y 153 años un verdadero salto en el tiempo. Puerto Madryn y el desembarco de la Gesta Galesa en Chubut cumple más de un siglo y medio y eso amerita desplegar el catalejo.

Haciendo patria

Para dar una idea en perspectiva nacional, hoy por hoy, donde el debate político es quien es la entelequia llamada Nación sin sus Provincias, y quien la llamada Provincia, sin sus ciudades, basta recordar que para 1884, cuando se define la ley de Territorios Nacionales en el país, en Chubut hacía casi veinte años ya que la Colonización Galesa estaba en Chubut, creciendo aceleradamente.
Un censo arrojaba que solo en el Madryn y Valle Inferior del Río Chubut había 1.205 habitantes de los cuales la mayoría eran galeses (783). Producían trigo, cebada, forrajeras y hortalizas. Se contabilizaban 6.193 cabezas de ganado de las que una tercera parte eran vacas lecheras, más de 2 mil lanares, otro tanto de caballos, unos 200 porcinos y unas 3 mil aves de corral. Hacía 19 años que habían desembarcado en Puerto Madryn 153 personas con casi nada de animales y mucho menos provisiones ni herramientas.
El progreso era innegable y eso que recién hacía 10 años que habían podido organizar bien los canales de riego, con suficiente profundidad y sistemas de compuertas, con lo que lograron superar parcialmente las inundaciones, previniendo las crecientes ocasionadas por el deshielo, con la llegada del agrimensor recién recibido Eduardo J. Williams a quien se reconocería durante años como el labrador de “las venas de plata del Valle”.
En 1873 ya se exportaba a Buenos Aires la primera cosecha de trigo. El comercio fue una buena medida de la prosperidad: en 1874 por ejemplo se vendieron 7 mil libras de manteca, 7 mil de pluma de avestruz, 1.200 quillangos y 300 toneladas de trigo. En seis años, esas sumas subieron a 16 mil libras de trigo, 16 mil de plumas, 15 mil de quillangos y unas mil doscientas libras entre cueros, cerdas y lana. En 1884 ya había ocho casas de comercio y dos barcos con línea regular a Buenos Aires. Incluso uno propiedad de la Colonia financiado por el Gobierno nacional. Nada mal.
Cada hábito estaba en el fondo íntimamente ligado con un destino común. El té -que era una tradición social- en la Colonia permitía simplificar una de las comidas ahorrando provisiones, y cerrar la tarde temprano, ahorrando energías. El Eisteddfod fue el festival de la Vieja Tierra en la Nueva Patria para conservar lo poco del idioma que se podía, en comunidades donde la operatividad propulsó el inglés y el castellano, esperando que la lengua, como la torta, en otras generaciones, leudara también luego.
Los pilares fueron los caminos trazados, los canales de riego, el ferrocarril, los rifleros, las escuelas, las capillas, el telégrafo, los periódicos, las bromas cotidianas, las anécdotas, el sentido de grupo, la identificación: Sólo en el libro de Thomas Jones figuran 12 “Jones”, 9 “Davies”, 8 “Williams”, 6 “Huges”, 5 “Humprheys”, 5 “Evans”, etc. El sentido de cohesión de los clanes y el orgullo por la pertenencia hizo su parte en la dignidad de los poblados.

Nunca doblegados

En perspectiva, Chubut está en 2018 golpeada financieramente, pero jamás quebrada económicamente y mucho menos ensombrecida en posibilidades. No sólo poseemos petróleo, pesca, producción ovina, turismo, metalmecánica y lideramos ahora la mayor cantidad de proyectos de energías renovables, sino que las invaluables alternativas de desarrollo territorial en los 224 mil kilómetros cuadrados que representan la mitad del sur del país, son apenas el piso de un inmenso techo en el que habitan las 600 mil almas chubutenses. El último informe del PNUD mostró hacia fines del año pasado que en el ránking de desarrollo nacional, Chubut está más arriba que Córdoba y Santa Fe. “Uno de los factores es que el índice de ingresos de las provincias patagónicas, desde hace mucho tiempo, es muy alto en comparación con el resto del país. Eso las lleva para arriba en términos de crecimiento económico y de nivel de capital humano, dado que atraen mucha migración de profesionales y de trabajadores calificados”, afirmó Rubén Mercado, economista y director del Informe Nacional Sobre Desarrollo Humano 2017 del PNUD. Es que si bien los porcientos generan dudas, el ingreso per cápita en base al que se elabora ese informe mostraron como Comodoro Rivadavia y Puerto Madryn son las ciudades que van en punta en la ecuación que compara cantidad de habitantes e ingresos, merced a los números que disparan el petróleo y el aluminio. Los especialistas consultados sostienen que el ranking refleja la diversidad económica, social y ambiental que existe en el país, pero también el enorme potencial, que pese a las complicaciones públicas, sigue mostrando Chubut, pero sobre todo ciudades que son definitorias para pensarnos desde el desarrollo privado, como bien lo imaginaban los galeses. Gala Díaz Langou, directora del programa de Protección Social del Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (Cippec) advirtió en su momento y a propósito de este dato per cápita, que el que una provincia sea territorialmente grande, no implica necesariamente que cuente con recursos o con un buen funcionamiento del sistema público. “Cuando uno mira a Buenos Aires y los recursos que tiene, en términos de PBI es la provincia más relevante del país. Sin embargo, si se considera la distribución de los recursos públicos sólo per cápita, es la más pobre”. Se podría inferir que la densidad poblacional hace su parte, pero también la buena administración y sobre todo la honestidad administrativa de quienes manejan los fondos públicos hacen lo demás. Increíblemente este dato sobrevolado sobre Chubut de estar al tope en un ranking de ingresos privados por un lado y estar en el fondo del abismo del default en relación a las finanzas públicas, muestran a las claras que más que testear que recursos `reventar´ para hacer caja, el debate profundo es recuperar el sentido de pertenencia y el capital humano que multiplique el esfuerzo, califique roles, revalore el servicio público que permite la política y destierre corrupción. Por eso, más que contar con un ramillete de `candidatos´ ya se requiere contar con un par de `hombres de bien´, de los cuáles es preferible saber que comen, que leen, que vínculos familiares muestran y que piensan del sentido profundo de la vida; que especular con que alianza terminarán cerrando para ejercer un poder cuyos hilos se mueven virtualmente y cuyos intereses no serán de ninguna manera la de sus vecinos.

Atención con las coordenadas

Dice Fernando Williams en un trabajo titulado “Gwlad Yr Addewid: Literatura e Imaginarios Paisajísticos en la Colonización Galesa de la Patagonia”, que la religión protestante en su versión “no conformista” desempeñó una función vertebral tanto en la planificación como en la organización de la colonia. Que los imaginarios paisajísticos aportaron definitivamente a la construcción del espacio público. Hubo una `misión´ superior que tiró del carro de los sinsabores, y una apuesta a la trascendencia personal en la búsqueda de ser mejores ciudadanos. Pero además en esa construcción fortalecida de las comunidades que representaban el todo que componían ellos, las partes, no sólo importarán las representaciones sino también las prácticas. La descentralización y el espíritu autogestivo propios de la doctrina “no conformista” marcó definitivamente el modo en que era entendido y ejercido lo político. Un modo que permite comprender los recurrentes conflictos que enfrentaron a las instituciones representativas creadas por los galeses, con los funcionarios estatales enviados desde Buenos Aires. Una constante que evidentemente se mantiene y queda hoy en evidencia también, frente a la noticia del ajuste feroz que la Nación pediría a territorios como Chubut, que no `mueven la aguja´ electoralmente (somos 2 por kilómetro cuadrado y representamos el 1,26% de la población del país), pero cuya limitada apreciación no se condice en absoluto con el entusiasmo con que se aprecia la región en cuanto a sus aportes de recursos naturales, proyecciones de producciones y exportaciones, y posibilidades geoestratégicas.
Hace 153 años la Colonia tenía sinsabores, fracasos, desencuentros políticos, boicots, disturbios sociales, pero por sobre todas las cosas, a su gente les sobraba decisión y aceptación, como hoy a la nuestra.
Un gastado grabado en un añejo sauce decía: “mis lágrimas te cedo: tu madera será cuna, cama y féretro”. Y eso hoy mismo representa Chubut y sus recursos para nosotros: nuestra vida. Por eso para los de adentro y para los de afuera, para los que declaman para la tribuna una vez cada cuatro años y para quienes caminamos las mismas veredas todos los días, quien no entienda que la historia es tan necesaria como la levadura, se quedará sin torta. Felicidades vecinos!