Por Javier Arias
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Atilio Lampeduzza cumple cincuenta años y para festejarlo viaja a Escocia con su amigo Juan Carlos y dos personajes más, Calcaterra y el Polilla. En Barcelona alquilaron un coche y llegaron hasta Londres.

Juan Carlos había leído que la Torre de Londres era uno de los museos históricos imperdibles de Inglaterra, así que, si bien le había dado bola a Atilio cuando le había dicho de ir a Greenwich, que dicho sea de paso ni pelota le había dado Atilio a esa visita, según Juan Carlos, sí insistió en pagar la entrada a este castillo justo enfrente del Támesis. Recorrieron todos sus salones y pasajes, vieron las joyas de la corona y los cuervos del patio y sacaron mil fotos de la puerta de los traidores para empapelarle los muros de unos cuántos amigos.
Tres horas después estaban tomando de nuevo el subte hacia Chiswick, porque a las 18:30 horas exactas tenían entradas para un tour degustación en una destilería de gin.
– ¡Por fin algo interesante! –gritó Calcaterra en pleno salón de los caídos en batallas inglesas cuando le dijeron a donde iban. El soldado de gorro de gato erizado lo miró con una cara de orto importante.
Cuando bajaron del subte, después de casi una hora de ir más apretados que siameses en un tobogán, la muela del Polilla estaba en un grito. No podía casi respirar, porque hasta el movimiento de los pulmones le hacía rozar la encía.
El umbral de tolerancia ya estaba siendo superado en medidas astronómicas, así que mientras los otros tres estaban mirando el GPS del celular para ubicarse dónde quedaba la destilería, él levantó la vista y vio que estaban parados justo delante de un consultorio odontológico, y no lo dudó ni un instante.
Entró y pidió un turno, ya no le importaba si no sabía hablar inglés, si por el fuera, que le hablaran en suajili. De repente Calcaterra se dio cuenta de su falta y lo vio a través del vidrio esmerilado del local, estaba haciendo grandes gestos ampulosos con las manos frente a una recepcionista que dudaba entre responderle o llamar al 911. Entraron los tres de golpe, hecho que no ayudó mucho a la tranquilidad de la señorita.
– ¿Qué te pasa, Polilla? ¿Estás loco? ¿Qué hacés?
– ¡¡¡¡Meuele a muea!!!! ¡Nouedo má!
Finalmente, la recepcionista reprimió su primer impulso de denunciarlos y pedir su deportación y logró que la odontóloga lo atendiera. Raffaela se llamaba, y para el Polilla fue como una diosa pagana de los sajones con ascendencia romana hubiera descendido de los cielos y lo hubiera rescatado del séptimo infierno del Dante. O sea, le tapó el agujero de la muela, eso sí, se lo cobró como si hubiera sido un presupuesto de bacheo de un pueblo chico de la meseta.
A los diez minutos ya estaban los cuatro entrando a la dichosa destilería, donde dieron cuenta de todo el gin del que podían disponer gratuitamente, y más.
Cuando salieron, Calcaterra tenía más apetito que todos los guardias de la Torre de Londres después de una huelga de hambre.
– ¿Vos ya podés comer, Polilla? –le preguntó preocupado. Preocupado porque no pensaba esperar hasta que su amigo pudiera.
– Sí, bah, no me dijo que no pudiera…
– Mirá, si te dejó chupar gin me imagino que te hubiera dicho si no podías comer –zanjó la cuestión Calcaterra sin dudarlo.
Así que entraron al primer restaurante que encontraron. Un local de sopas vietnamitas…
– ¿Ustedes están seguros que esto es saludable? –preguntó Atilio mientras iban pasando por las mesas y miraba los platos de la gente, rebosantes de caldos turbios donde nadaban la más diversa variedad de vegetales y otras menudencias.
– Donde fueres, haz lo que vieres… -le respondió Calcaterra, que no pensaba dar un paso m ás buscando otro lugar para cenar.
Cada uno pidió una sopa distinta, más o menos a la marchanta, porque entre el poco inglés que todos manejaban en su conjunto, sumado a que el menú estaba en vietnamita, y la voracidad cada vez más palpable que latente de Calcaterra, decidieron que no había tiempo para cobardes.
Aunque media hora después, un poco se arrepintieron, porque se gastaron medio aguinaldo en agua de mesa para apagar el incendio en el esófago.
– Esto está prohibido por las Naciones Unidas, esta sopa no es de este planeta –alcanzó a exclamar Juan Carlos antes de vaciarse medio litro de agua.
– ¿Cómo perdieron la guerra estos tipos? Con dos platos de esto bajaban medio regimiento de marines… -acotó Atilio soplando reiteradamente su cuchara.
– A ver sabido que veníamos acá, me ahorraba lo que le pagué a Rafaella, dos trajos más y se me caen todos los putos dientes –completó el Polilla.
– ¿No quieren? Mejor, más para mí –les contestó Calcaterra, mientras se arremangaba la remera de los Pistons de Detroit.