Por Javier Arias
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Algunos de mi entorno saben que parte de mi vida la pasé cerca de cámaras y salas de edición, durante once años tuve una relación completamente esquizofrénica con el cine publicitario, por un lado lo odiaba como se odia a ese mosquito que nos zumba en el oído cuando intentamos conciliar el sueño, pero por el otro no había forma de abandonar esa adicción laboral.
Obviamente en once años quedaron algunas que otras anécdotas curiosas, como un director al grito de “¡Quiero el barro azul!” o un famoso empresario nacional, en medio del desierto de San Juan pidiendo un helicóptero urgente para viajar a Buenos Aires.
Pero no voy a aburrirlos con esas cosas, que debemos mantener el espíritu esclarecedor de esta columna, y obsequiarles historias que entretengan a sus oyentes en esos días de lluvia.
Uno es un bicho malo, no hay nada que hacer, siempre andamos buscando la paja en el ojo ajeno, y hay pocas cosas que nos gusten tanto como encontrar errores en el trabajo de otros, en el caso de las películas es doblemente placentero. Por un lado es bastante imposible que el responsable de la obra llegue a ponernos las manos encima y por el otro, mientras buscamos qué criticar, vemos una peli…
Y el cine, que es una industria donde la gente siempre está apurada y nerviosa, da para que esté lleno de errores; gazapos, como le dicen nuestros hermanos de la península ibérica. Desde la tradicional Casablanca, donde vemos al protagonista, Rick, que está esperando el tren en la estación y está lloviendo, obviamente su gabardina está mojada, pero cuando sube al tren, está totalmente seca; hasta en Titánic, cuando Rose, que está intentando rescatar a Jack, ve un hacha contra incendios, que consigue rompiendo el cristal, a la siguiente escena vemos a Rose delante de la caja donde estaba el hacha y curiosamente el cristal está intacto.
Lo peor de estos errores es que muchas veces nos sacan de la concentración necesaria para “creer” en la historia, me acuerdo estar viendo una película de esas de terror de estudiantina, dos chicas estaban tratando de trozar a un zombi sobre una mesa, a lo largo de extensos minutos y diferentes cortes de edición, el pobre zombie pasó de tener una camisa a cuadros abierta hasta la cintura, la misma camisa cerrada al cuello, otra vez la camisa, pero desgarrada en una de las mangas y por último en cueros con la camisa en el piso. ¿Quién en su sano juicio puede no distraerse y contar cuántas veces se sacó y se puso la camisa el muerto en vida a punto de ser trozado?
Una de las cuestiones más peculiares (por no decir curiosamente poco éticas) que me tocó presenciar en publicidad fueron los mensajes subliminales que directores y creativos colocan en las películas aludiendo, la mayor parte de las veces a bromas o insultos velados a otros compañeros o agencias. Un caso emblemático es el de uno de los creativos más polémicos del medio, que peleado con otro, a la sazón jurado de uno de los festivales publicitarios donde habían valorado una película suya con un cero; en un comercial de una marca de cuadernos escolares coloca a una maestra que levanta un cuaderno donde el alumno había borrado una cuenta haciendo un agujero en el papel. Levantando el cuaderno y mirando al alumno a través de agujero grita: “¡Carlitos! ¿Qué es esto?”, a lo que el chico responde: “Un agujero, señorita” y la maestra responde: “¡No! ¡Esto es un cero, XXXXX!” (No quiero comerme un juicio al divino botón, después me preguntan a quién representan las equis y listo)
En el cine de salas también existen millones de referencias, buenas y malas, venganzas y homenajes. Un ejemplo de estos últimos se ve en la película “En busca del arca perdida” de Steven Spielberg. En ella el director homenajea a uno de sus mejores amigos, George Lucas, creador de la zaga Stars Wars. Si nos fijamos con atención veremos que en la escena de la sala de mapas, cuando Indiana Jones intenta hallar el lugar donde se halla el arca de la alianza, dos de los jeroglíficos que aparecen son de lo más peculiares: las siluetas de los robots R2D2 y C3PO.
Y así llegamos al final de esta poco convencional entrega de los sábados. Igual no me pueden decir que no se llevaron un par de historias para comentar en los días de lluvia. Lluvia… Ahora que me acuerdo, en ese comercial de Ford Fiesta, cuando tenían que simular lluvia junto al puente de Avellaneda…