Ya están aquí las perseidas, y éste es un año excelente para su observación. La Luna, en fase de luna nueva, no fue un impedimento para ver las estrellas fugaces durante los últimos días; los mejores momentos para observarlas fueron las madrugadas del 11 al 12 y del 12 al 13 de agosto, donde solo se necesitó un lugar protegido de luz artificial, un cielo despejado de nubes y un poco de paciencia.
Las estrellas fugaces no son estrellas, son partículas perdidas por los cometas. En efecto, según los cometas describen sus órbitas alrededor del Sol, van arrojando al espacio un reguero de gases, polvo y escombros (materiales rocosos) que permanece en una órbita muy similar a la del cometa progenitor.

Restos calcinados

Cada cometa periódico, a lo largo de sus repetidas vueltas en torno al Sol, va formando así un anillo en el que se encuentran innumerables fragmentos. Cuando la Tierra, en su movimiento orbital, encuentra uno de estos anillos, algunos de los fragmentos rocosos (meteoroides) son atrapados por su campo gravitatorio y caen a gran velocidad a través la atmósfera formando una lluvia de meteoros. La fricción con los gases atmosféricos calcinan y vaporizan los meteoros que aparecen brillantes durante una fracción de segundo formando lo que popularmente denominamos estrellas fugaces.La altura a la que un meteoro se hace brillante depende de la velocidad de penetración en la atmósfera, pero suele estar en torno a los 100 kilómetros. Sin embargo, el alto brillo y la gran velocidad transversal de algunos meteoros ocasionan un efecto espectacular, causando la ilusión en el observador de que están muy próximos. Los meteoroides de masa menor al kilogramo se calcinan completamente en la atmósfera, pero los mayores y más densos (de consistencia rocosa o metálica), forman meteoritos: restos calcinados que caen sobre el suelo.

133 años para dar una vuelta

Como cada año por estas fechas, la Tierra, en su camino de traslación alrededor del Sol, atraviesa una zona poblada por los fragmentos rocosos que arroja el cometa periódico 109P/Swift-Tuttle cuando visita esta región cada 133 años. La correspondiente lluvia de meteoros parece tener un único centro de origen, un punto del que parecen surgir todas las estrellas fugaces. La localización de ese punto, denominado radiante, en una constelación se utiliza para nombrar a la lluvia de estrellas. Así pues, las perseidas tienen su radiante en la constelación de Perseo.

La “lluvia” más popular

Las perseidas son visibles desde todo el Hemisferio Norte en pleno verano. Las velocidades de estos meteoros pueden superar los 50 kilómetros por segundo (180.000 kilómetros por hora). Aunque su momento de máxima actividad tiene lugar en las noches del 11 al 13 de agosto, las perseidas comienzan habitualmente a verse hacia el 23 de julio y terminan hacia el 22 de agosto. Su alta actividad, junto con las condiciones atmosféricas favorables para la observación durante el verano boreal, hace de las perseidas la lluvia de meteoros más popular, y la más fácilmente observable, de las que tienen lugar a lo largo del año.
También, las perseidas fueron particularmente activas en 1992, año en que pasó cerca del Sol el cometa Swift-Tuttle. La próxima aproximación del cometa al Sol (perihelio) será en el año 2126.

Venus, Júpiter y Saturno

Las estrellas fugaces pueden aparecen por cualquier lugar de la bóveda celeste. Sin embargo, las condiciones locales la ubicación del observador son determinantes: siempre es preferible vigilar la zona más despejada de nubes y la más libre de polución lumínica.
Aprovechando la observación de las estrellas fugaces, este año podremos también ver varios planetas. Tras el crepúsculo, Venus brilla espectacular por el oeste, Júpiter por el sudoeste, Saturno está más alto y más hacia el este y, finalmente, el faro rojizo de Marte se levanta poco después de la puesta de sol y permanece visible toda la noche.