Un experimento en el que se suministró la droga MDMA a un pequeño grupo de pulpos le permitió a los neurocientíficos estudiar las bases evolutivas del comportamiento social.
Suena a broma: suministrar “éxtasis” a un grupo de pulpos, pero no lo es. De hecho, la intención detrás del raro experimento guarda motivos interesantes. Eric Edsinger del Laboratorio de Biología Marina en Woods Hole, el mismo lugar en el que Rodolfo Llinás pasa todos los veranos investigando calamares, y su colega Gül Dölen, de la Escuela de Medicina Johns Hopkins, intentaban entender mucho mejor los mecanismos moleculares que gobiernan nuestra capacidad de ser sociables y también, claro, la de los pulpos y otros animales.
Los humanos y los pulpos nos separamos hace unos 500 millones de años en el árbol de la vida. La evolución nos llevó por caminos diferentes. Ambos, eso sí, nos quedamos con sistemas nerviosos complejos pero con diferencias marcadas. Mientras el nuestro alberga unos 100 mil millones de neuronas el de ellos se calcula en 500 millones. Eso para no hablar de los ocho tentáculos, el poder de ellos para “ver” con las “patas” por su alta sensibilidad táctil, el esófago que les atraviesa la mitad del cerebro o la sangre azul-verde que recorre sus vasos sanguíneos. (Lea: Secretos de los pulpos antes de que se coma el próximo).
Sin embargo, a pesar de los patrones anatómicos divergentes de organización cerebral y física, la evidencia científica sugiere que los sistemas de neurotransmisores antiguos se comparten entre las especies de vertebrados e invertebrados y en muchos casos permiten funciones superpuestas.
Fue esta la clave que llevó a Edsinger y Dölen a drogar a un grupo de pulpos con la popular droga conocida como éxtasis, enetilamina 3,4-metilendioximetanfetamina (MDMA). La droga es reconocida por sus altos efectos prosociales. Esta sustancia, tanto en humanos como roedores, interactúa con un tipo específico de receptor de serotonina en el cerebro. La serotonina también es conocida como la “hormona de la felicidad” y la alteración de los circuitos en los que actúa está asociada a la depresión.
Los dos científicos, que hace poco terminaron de secuenciar el genoma de la especie Octopus bimaculoides, decidieron rastrear los genes (SLC6A4) que codifican ese receptor de serotonina en 21 especies de animales, desde la mosca de la fruta hasta los pulpos. Una vez identificada una copia similar del gen SLC6A4 en los pulpos, decidieron realizar el experimento con “éxtasis”.
“Los miembros del orden Octopoda son predominantemente asociales y solitarios”, anotaron en su trabajo publicado en la revista Current Biology, “aunque en este momento se desconoce si los sistemas de señalización serotoninérgicos se conservan funcionalmente en pulpos, los estudios etológicos indican que los comportamientos agonísticos se suspenden durante el apareamiento, lo que sugiere que existen mecanismos neurales que preserven comportamientos sociales en los pulpos pero que se suprimen fuera del período reproductivo”.
La base del experimento fueron tres cámaras de agua conectadas: una vacía, una con una figura de plástico debajo de una jaula y otra con un pulpo criado en laboratorio, femenino o masculino, debajo de otra jaula.
Los pulpos recibieron entonces una dosis de la droga. ¿Cómo? Dejando que nadaran por un rato en una pecera con la sustancia diluida y que entró a su cuerpo a través de las branquias. Luego, cada uno de ellos entró en las cámaras experimentales durante 30 minutos.
“Los pulpos tendían a pasar más tiempo en la cámara donde un pulpo macho estaba enjaulado que en las otras dos cámaras”, explicaron a través de un comunicado de la U. Johns Hopkins los dos autores.
Y añadieron: “Tendían a abrazar la jaula y poner sus partes de la boca en la jaula. Esto es muy similar a cómo los humanos reaccionan a la MDMA; se tocan con frecuencia”.
“Estos datos proporcionan evidencia de que los mecanismos neurales que sirven a los comportamientos sociales existen en pulpos e indican que el papel de la neurotransmisión serotoninérgica en la regulación de los comportamientos sociales se conserva evolutivamente”, concluyeron los neurocientíficos.