Por Trivia Demir

La crisis del modelo dominante tiene aristas numerosas y los interrogantes saltan a la vista ¿y si el capitalismo no es más negocio? Lo advertía hace unos años Jean Gadrey desde Le Monde, “Existen numerosas explicaciones para la `tendencia a la baja del índice de crecimiento´ observada desde hace varias décadas en los países ricos y, más recientemente, en los países emergentes. Hasta los economistas mediáticos comienzan tímidamente a considerar la hipótesis de un mundo sin crecimiento, al menos en los llamados países desarrollados. Es el caso, en Estados Unidos, de Paul Krugman y de Larry Summers, para quienes `un estancamiento secular es plausible´. En Francia, Thomas Piketty también advertía: `¿Es razonable apostar por el regreso del crecimiento para resolver todos nuestros problemas? Eso no resolverá los principales desafíos que los países ricos deben afrontar´ y mucho menos los pobres o en vía.., se podría agregar.

¿Crisis de confianza?

El escenario argentino desbarrancó otra vez cuando este modelo liberal avanza en su tercer año de intentar simpatizar con una sociedad que básicamente `no le cree a la receta´, sobre todo por evidentes y recurrentes malas experiencias del pasado inmediato. Para colmo, políticamente no se ha mostrado nada nuevo que recurrir a más crédito externo, un recurso que posee enorme desaprobación pública. De hecho, para contener la corrida cambiaria iniciada el 24 de agosto pasado (y aún no culminada), se difundieron rumores tendientes a asegurar al “mercado” la existencia de fondos disponibles -del Tesoro norteamericano, entre otros- para cubrir los vencimientos de deuda hasta fines del mandato de Mauricio Macri, como si ahí culminara el padecimiento de todo el andamiaje económico nacional. Al mismo tiempo se concretó una visita meteórica de Macri a Vaca Muerta acompañado por el dueño de Techint, Paolo Rocca, con el supuesto objetivo de inaugurar una planta de gas de dicha empresa, que tampoco ayudó a clarificar mensajes ni para adentro ni para afuera. El viaje fue utilizado para recordarle al “mercado” que la Argentina tiene ahora recursos equivalentes a un “nuevo campo” capaz de producir al infinito exportaciones y divisas para pagar el endeudamiento. A pesar de ese esfuerzo mediático, las acciones de las mayores empresas argentinas profundizaron la caída en Wall Street con pérdidas acumuladas en lo que va del 2018 entre el 70 y el 80% de su valor en el caso de los bancos, y golpeando fuertemente también a las compañías energéticas. Al decir de Mónica Peralta Ramos, “Se consolidó así un proceso de derrumbe del capital impulsado en los últimos tiempos por los riesgos de juicios y posible pérdida de financiamiento de estas empresas como consecuencia del escándalo de la corrupción empresaria desatado por los cuadernos Gloria. Esta tremenda desvalorización del capital empresario local, sumada al masivo desprendimiento de bonos de la deuda argentina, puso en evidencia que lo que estaba en juego era algo más que una corrida cambiaria: la posible adquisición hostil del capital accionario de las principales empresas del país, entre ellas algunas del corazón de la patria contratista”. Todo un presagio.

Ecos preocupantes

Frente al escenario que se viene dando, no tardaron en hacerse oír las voces de los principales `espadachines´ privados, en el encuentro de la Asociación Empresaria Argentina (AEA), donde los hombres de negocio que expusieron y debatieron en el encuentro llamaron a mediados de agosto a buscar un consenso en “un proyecto de país”, un mantra que suena por lo bajo en cuanto ámbito se debate la actual inestabilidad nacional.
Además, la frase constante que dominó las preocupaciones fue: “Déficit fiscal”, comodín que usaron en sus discursos casi todos los ejecutivos y dueños de compañías que participaron. También fue el hilo conductor del segundo panel, con invitados de las industrias manufacturera, petrolera, farmacéutica y de los sectores agrícola y comercial.
Alberto Grimoldi abrió el panel con un discurso leído en el que repasó el “problema fiscal argentino”, que tiene una historia de 107 años, dijo. Explicó que es imposible disociar ese déficit del de cuenta corriente. Resaltó que, por primera vez, se siente esperanzado para lograr terminar con el problema: “Veo al empresariado preocupado, cuando nunca lo estuvo, y al Gobierno también”, describió.
También mencionó otro desafío: el ostracismo de la economía, que provocó que la productividad creciera por debajo del promedio global a lo largo de 80 años, detalló. “La apertura de mercado hará que desaparezcan muchas empresas, pero también que aparezcan muchas otras. El promedio va a ser una productividad mucho mayor que la que hemos tenido hasta ahora”, opinó.

Atados a la política

Sobre una mayor apertura de la economía también habló Sebastián Bagó, dueño del laboratorio que lleva su apellido, y destacó la necesidad de apostar por el agregado de valor y la innovación en la producción para abandonar la aspiración casi imposible de competir por precio.
Así resumió, según su parecer, el principal problema que tiene la Argentina hoy: “No sabemos bien adónde ir en materia de comercio exterior porque solamente hay medidas que me alientan o me desalientan demasiado a hacer algo. No tenemos una estrategia de inserción en el mundo consensuada entre todos los sectores y actores”, expresó.
También dejó una advertencia para todos los actores de la economía: “Los problemas solo se solucionan creciendo. Es muy difícil hacerlo solamente con baja de gasto”.
Siguió Marcos Galperin, fundador de Mercado Libre. “Necesitamos más y mejor democracia y más y mejor economía de mercado”, dijo. En su exposición defendió al capitalismo y criticó al socialismo y a la socialdemocracia: “Los gobiernos latinoamericanos de ese tinte fueron caricaturas que crearon tragedias económicas”, sentenció.
Llamó a los empresarios a preguntarse por qué el capitalismo está mal visto en la Argentina: “Tenemos que hacer introspección para agregar más valor y que la economía de mercado esté mejor vista para generar oportunidades para todos, condiciones de competencia que permitan que los mejores ganen y los peores pierdan”, subrayó.
Criticó a los viejos lobos del empresariado: “El sector privado pensó que la economía de mercado era proteger la propiedad privada y hoy nuestro capitalismo es simplemente la división del poder económico entre algunos actores que se distribuyen una renta y que no generan valor agregado”, lanzó.

Invocación peligrosa, pero necesaria

El único integrante del panel que se refirió directamente a la corrupción de los sistemas público y privado fue David Lacroze, del Grupo Lacroze. “No sirven los reclamos frente a este tipo de problemas, lo único que sirve es una Justicia independiente que esperamos que sepa separar bien la paja del trigo”, dijo entre los aplausos del público.
“Si no somos capaces de acabar con la corrupción, la corrupción va a acabar con nosotros”, añadió, y dejó un guiño coyuntural para todos los asistentes: “No importa lo que el pasado ha hecho de nosotros, sino lo que nosotros hagamos con lo que el pasado hizo de nosotros”.
El último miembro del panel fue Alejandro Bulgheroni, de Pan American Energy, que habló de cuatro problemas de la economía argentina. El primero, la tecnología: consideró que los empresarios deberían hacer un mayor esfuerzo por desarrollarla. El segundo, la falta de acuerdos comerciales para comerciar con el mundo.
El tercero, “los costos laborales altos y la productividad baja”. En ese momento pidió expresamente renegociar los convenios colectivos de trabajo para tener en cuenta la productividad. El último punto que mencionó fue la falencia en infraestructura, y concluyó una advertencia: “Tenemos un gran activo, la Pampa Húmeda, pero no está siendo cuidado y desarrollado como debería serlo”. Una mirada autorizada y que puso sobre la mesa otro tema clave: la diversificación productiva y la necesidad de un proyecto federal.

Fuentes: LeMonde Diplomatique, ECALL, LN, propios