Javier Arias
javierarias@eldigito.com

Hace una semana, estimado lector, lo dejé con la duda de si nuestros políticos estaban en Babia, que no hablaría muy bien de ellos, aunque no tan mal como se puede llegar a pensar, porque Babia, como Úbeda, es otra ciudad española, en la provincia de León. Allá por el siglo XIII y XIV parece ser que Babia era un verdadero y pequeño paraíso, donde acostumbraban refugiarse los reyes y aristócratas para descansar de la guerra contra los árabes. Por lo que estar en Babia venía a ser, en plena época de la Reconquista, estar en cualquier cosa menos donde uno debería estar, ¿o no?
Y hablando de ciudades españolas, ¿quién alguna vez no se fue a Sevilla y perdió su silla? Todo comenzó en tiempos de la reina Isabel la Católica, cuando el obispo de Sevilla, don Alfonso de Fonseca, debió viajar a Galicia para resolver temas de la Corona española. Así fue que dejó en el cargo a un sobrino, pero cuando el bueno de Fonseca regresó de su viaje, el muy tránsfuga nunca le devolvió el trono, o sea, su silla.
Como no se la devolvió aquel tipo que no dejó títere con cabeza. ¿Usted sabe, atento lector, quién fue el primero que dijo esta frase y en qué contexto? El origen de este dicho está en una escena de la inmortal obra de Miguel de Cervantes Saavedra, “Don Quijote de la Mancha”. La letra del gran manco cuenta que mientras ve una representación teatral con títeres, Don Quijote, siempre en su delirio caballeresco, de pronto pasa de espectador a actor y decide defender a la protagonista, una princesa de madera y trapo, descabezando a todos los otros muñecos.
Y siguiendo con las frases hechas que hacen de nuestra verba un lugar común que tranquiliza y sienta bien, podríamos encararle para el lado de la famosa “quedarse para vestir santos”, que es el sinónimo mundano de quedarse soltera sin desearlo. Para buscar el origen de esta frase deberemos remontarnos a más de cien años atrás, cuando las mujeres jóvenes que iban a rezar en las iglesias tenían por costumbre ayudar en el arreglo de los altares de los santos. Así que la que no conseguía novio estaba predestinada a seguir dándole a la aguja y al dedal en cuanta parroquia se le pusiera cerca.
Otra frase de tiempos inmemoriales es tener las cosas “de Punta en Blanco”. El caso es que en los ejercicios para combate, los caballeros medievales empleaban armas de hierro ordinario que carecían de filo y llevaban en la punta un botón, como los floretes con que se aprende esgrima. Recibían el nombre de armas negras, en oposición a las que se usaban en los torneos, que eran de acero filoso y tenían el extremo afilado o, como se decía entonces, la punta en blanco. En esas lides, los contendientes se presentaban ante el árbitro o maestro de armas acompañados de sus escuderos, quienes portaban los yelmos con sus penachos y los respectivos escudos. La gran pompa de esta ceremonia con música de fanfarrias y el espectáculo de las armaduras relucientes y los estandartes al viento quedaron asociados a la frase “estar de punta en blanco”, que tomó el sentido de mostrarse con las mejores galas.
Es que usar frases hechas, cuando no se abuse, es divertido y comprador, si uno la pega queda como un verdadero ganador, pero si efectivamente da en el clavo. Porque dar en el clavo no es fácil, que lo digan los traumatólogos, o los historiadores. Porque esta frase, la de “dar en el clavo” también tiene su genealogía. En la Antigüedad, existía un juego infantil llamado “hito”, que consistía en fijar un vástago o un gran clavo a cierta distancia de los participantes quienes, desde su lugar, arrojaban unos tejos anillados de hierro, de manera que el éxito en el juego lo lograban quienes conseguían acertar con el aro en el hito. Algo parecido se jugaba en nuestras pampas con las herraduras.
Y como el hito solía ser de hierro -por lo general, se trataba de un clavo- la expresión dar en el clavo vino a significar lo mismo.
Con el tiempo y como sucedió con casi todos los dichos populares, la gente comenzó a utilizarlo con otro sentido, en este caso, como equivalente de acertar en la solución de alguna cosa complicada y difícil.
Tan difícil como dejar la última parte de nuestra reunión para la semana que viene, nos vemos dentro de siete días.

Nota del autor: Información recogida de la página http://fcojav.blog.com.es