Por Javier Arias
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Atilio Lampeduzza cumple cincuenta años y para festejarlo viaja a Escocia con su amigo Juan Carlos y dos personajes más, Calcaterra y el Polilla. En Barcelona alquilaron un coche, pasaron casi una semana en Londres y ya llegaron a Escocia, finalmente.

Atilio se levantó, se duchó, se vistió y bajó al desayunador. Estaba exultante, cumplía sus cincuenta años y estaba cumpliendo uno de sus deseos más añejos, caminar por la isla de Jura, donde se había recluido George Orwell en 1948 para escribir esa maravilla que era 1984.
Miró por la ventana y se embargó de ese paisaje bucólico que parecía sacado de una postal de otro mundo. El pastizal verde llegaba casi hasta las aguas grises del mar del norte, que parecía un espejo adormilado donde se reflejaban algunas islas salpicadas entre la bruma. Y entró en el salón donde ya estaban los tres sentados.
– ¡Dale, Atilio! ¿Qué hacés con esa cara de dormido?, ¡metele pata que en quince minutos tenemos el tour por la destilería de whisky de acá enfrente!
El Polilla notablemente rompió el hechizo druida.
Mientras comían, Juan Carlos les contó que había salido más temprano hasta un muelle que había hacia el norte del hotel.
– ¿Cómo sabés que es el norte? –le preguntó Calcaterra mientras le ponía una cantidad casi obscena de queso blanco a una tostada.
– Bueno, creo que es para el norte porque…
– Está nublado y estamos en una isla, no te hagas el Mc Gyver –lo fulminó Calcaterra mordiendo la tostada logrando que entrara casi toda la columna de queso blanco. Atilio lo miraba admirado.
– Bueno, cuando me levanté, caminé hacia allá –dijo Juan Carlos señalando hacia la derecha de la ventana. A lo que Calcaterra asintió con la cabeza, tragó y dijo: “Ah, sí, para el norte”.
– Andá a cagar, gordo, bueno, nada, hay un muelle, más grande que al que llegamos, debe ser para los barcos que le traen los suministros a la destilería y al hotel. No había ni el loro. Caminé hasta la punta y cuando miré en el agua había una foca moteada.
– ¿Una qué? –le preguntó el Polilla que de repente se interesó en la conversación.
– Una foca moteada.
– ¿Y qué cornos es una foca moteada?
– Es una especie de pinnípedo de la familia de los fócidos que vive en las costas de los mares del hemisferio norte…
Los tres lo miraron en silencio.
– Es una foca con manchas.
– ¡Ah! ¡Qué linda!
Pero no había más tiempo para hablar de la fauna marina, salieron apurados hacia la destilería de Jura, donde ya los estaba esperando Kirstie. Y comenzaron el primero de sus tours recorriendo toda la destilería, caminando entre centenarios toneles, barriles, cañerías y gigantescos destiladores de bronce. Se fueron embriagando con los colores y los aromas, antes mismo de probar los whiskys, que obviamente hicieron.
Pero antes de despedirlos Kirstie lo llamó a Atilio y le dijo que tenía un regalo especial por sus cincuenta años. Todos se quedaron en silencio mirando cómo abría una puertita de madera a sus espaldas y sacaba una botella con una etiqueta escrita a mano. Les explicó que esa era la última botella de un barril que habían abierto para uso privado, y le sirvió la última copa de una reserva de 35 años de Jura.
Atilio no pudo decir nada, primero se le cerró la garganta de la emoción, pero de repente se abrió para dejar pasar ese néctar de los dioses.
A la salida le preguntaron qué tal era un whisky de 35 años y, todavía conmocionado y con un hilo de voz, pero el tono del Coco Basile, respondió: “Un elisir”.
Riéndose a carcajadas entraron en la camioneta de Alex, que los estaba esperando en la puerta de la destilería para recorrer la isla en busca de los famosos ciervos colorados.
Primero visitaron la iglesia del pueblo, luego el cementerio, donde Alex les contó mil historias milenarias de la isla, hasta la de una tumba que tenía una gran piedra templaria entre las hierbas. Sorprendidos que hubiera habido caballeros templarios en la isla, Alex les explicó que no, que no había habido caballeros templarios en Jura, sino viejos chorros que se habían afanado una gran piedra templaria del continente y se la había hecho colocar en su tumba. Pero lo respondió en perfecto escocés.
Y antes de regresar de una gran vuelta por la isla vieron infinidad de ciervos, que como no era aún la época de brama, tenían recién creciendo los cuernos aterciopelados.
Pero esto recién comenzaba, a las 17 ya estaban de nuevo en el muelle para tomar el ferry de regreso al continente, donde se subieron a la camioneta y de ahí emprendieron viaje hacia su nuevo destino, Craigellachie, que sería la base para el recorrido por las destilerías del Speyside.
Los caminos de las bo
rracheras recién comenzaban.