El médico Herminio González, integrante del Cuerpo Médico Forense, realizó un profundo análisis respecto de su trayectoria profesional de más de cuatro décadas, así como también se refirió a la actualidad del sistema judicial y la estructura de funcionamiento en materia de investigación forense.
Retirado desde el año pasado, continúa adjunto a una serie de pericias y casos que aún permanecen abiertos en el ámbito de la Justicia.
En este contexto, el profesional de la medicina recordó algunos de los hechos que marcaron su carácter, tanto como persona como así también, como médico psiquiatra, legista y luego forense.
Recordó la pérdida de amigos y conocidos en manos del terrorismo de Estado durante la última dictadura militar, y los varios intentos de intimidación que sufrió durante su paso por la Universidad Nacional de la Plata: “Algunas cosas producen un estrés postraumático que a uno lo endurecen o lo quiebran”, reconoció.
El experto en medicina forense trabajó en algunos de los casos más resonantes, como por ejemplo el homicidio de Julián Antillanca, el femicidio de Diana Rojas, el caso Leonela Aguirre y el triple crimen perpetrado por Claudio Lamonega en la localidad de Sarmiento, en el año 2014.

Diario: – ¿Cómo fueron los primeros años de formación?

Herminio González: La formación de un investigador no se fabrica solamente en la universidad. La curiosidad, la ‘inteligencia’ consiste en interrelacionar los hechos -viene de inter lighere- es algo que tengo desde mi infancia en la época del Colegio Salesiano de Rawson. Había excelentes profesores, algunos de ellos sacerdotes, a quienes les gustaba polemizar, tanto de cuestiones teológicas como históricas. Ahí es donde uno empieza a ver de dónde proviene. A su vez, yo estaba en una etapa en donde comenzaba la Teología de la Liberación, con los sacerdotes del Tercer Mundo. Allí, sobre la década del 60, comenzamos a ver Filosofía, también, y ese proceso se dio en el contexto de intelectualidad. Yo era chico, pero veía el reflejo del diálogo, del marxismo y del catalicismo, y de la liberación de Latinoamérica. Esa era la polémica. Después se impone un gran fenómeno que había conservado el pueblo argentino, que era la proscrpición de Juan Domingo Perón. Allí comencé a formarme como hombre, como militante y como investigador, con el gusto por las ciencias biológicas, sin olvidar el contexto sociológico.

D: – Comenzó como psiquiatra.

HG: Sí. Pienso que es la más humanística de las ramas de la Medicina, del ‘cómo es’ el Hombre, su entorno y sus circunstancias. Porque ‘no existimos, coexistimos’. Como decían los romanos, el hombre solo, absolutamente solo, es un dios o una bestia. Vive en comunidad, y eso lo rescata la psiquiatría. Estudié en La Plata y me volqué inicialmente, después de recibirme, a la psiquiatría.

D: – ¿Cuánto tiempo ejerció como psiquiatra antes de volcarse a la rama forense?

HG: Me desempeñé como tal de manera particular, en la salud pública y también en la provincia de Buenos Aires, donde me había formado como residente. Trabajé cuatro años, luego fui jefe de Servicio de Psiquiatría en (un hospital) de la provincia de La Pampa, con la vuelta de la democracia. Ya se veía la crisis económica, yo había vivido en Rawson y tenía muy buenos recuerdos de Puerto Madryn, porque mi padre había estado a cargo de una comisaría cuando era un pueblito muy chiquito, promediando la década del 50. Una vez aquí, trabajé en el Hospital local, y luego inauguré una clínica con otras personas, por ejemplo, Marcelo Vaccaro. Hicimos una sociedad que hoy es la Clínica “San Ignacio”, sobre la calle Reconquista. Allí, trabajé unos diez años, y mientras tanto ya me estaba formando dentro de la otra rama de la investigación, que es la medicina legal.

D: – Como forense, trabajó en una serie de casos de alto perfil mediático. ¿Cuáles le parecieron los más interesantes?

HG: Algunos han sido apasionantes y ‘lindos’ desde lo científico, donde se plantean muchos interrogantes y es necesario volver varias veces al lugar del hecho. Hubo casos como el de Mario Esteban, por toda la conmoción social que ocurrió alrededor de ese hecho. Otro caso importante fue el de Vanesa Retamal; en esa época, yo estaba como adscripto al Cuerpo Médico Forense y el que conducía la investigación, a quien asistí, fue un gran forense, el doctor (Carlos) Alsina. Un apasionado de la investigación criminal, con mucha experiencia y de quien aprendí mucho. De quienes conocí como grandes forenses, con una formación médica muy sólida, así como también en la investigación, pienso que está el doctor Kaplinsky, de Trelew, con una memoria e inteligencia impecables. El doctor Naccarato, con quien compartí diez años de trabajo, un gran clínico y traumatólogo, con experiencia en la observación criminal. Uno aprende a través de sus compañeros. Por mi parte, aprendí de la mecánica lesional, algo propio de un traumatólogo que sabe cómo se fractura un hueso y, de ello, qué vaso se lesiona y demás. Hoy por hoy, tengo la conciencia tranquila de que, por lo menos, en los casos que pasaron por mis manos, no he dejado ningún culpable libre, y si alguno tuvo que pagar a la Justicia, lo que aporté ha sido útil. Porque uno trabaja y revisa la opinión. Yo terminaba mi trabajo y no lo entregaba en el momento, me planteaba, cual ‘abogado del Diablo’, si no me estaría equivocando en una u otra cosa. Varias veces he ido al mismo lugar (del hecho) a ver las marcas.

D: – La investigación de un hecho criminal suele ser un trabajo minucioso y que involucra a más partes de las que se conoce.

HG: Exacto, se trata de un trabajo que, con escasos medios, también han hecho los criminalistas de la Policía, una labor muchas veces no reconocida. Trabajé con el comisario (Luis) Arbe, un hombre con una inteligencia apasionante, que estaba a cargo de Criminalística. Él tenía una visión certera del ambiente y los lugares de los hechos. Incluso, el actual jefe de Criminalística, Julio Canteriño, es un joven que está en la plenitud.

D: – ¿Cuáles son los principales inconvenientes estructurales en el proceso de investigación criminal?

HG: El problema es que se ha construido un enorme y meritorio edificio jurídico. La sociedad ha hecho una gran inversión en edificios, amoblamientos, equipos de juristas, tanto defensores como fiscales, y la judicatura ha crecido. Pero no se ha invertido en las bases, que las forma el conocimiento científico de la realidad, o bien se ha invertido ‘mal’. Esto se refleja en el esfuerzo adicional que se le exige a una persona en cuanto a su inteligencia, al hecho de que tenga que buscar elementos sustitutos o personales para probar algo. Porque la inversión en investigación científica del delito, que hoy ya es toda una temática interdisciplinaria, es mínima. Hace unos años fui al Ateneo que hace la Corte Suprema de Justicia de la Nación, en Capital Federal. Estaban los doctores (Ricardo) Lorenzetti, (Elena) Highton de Nolasco y (Carlos) Fayt, además de los representantes de las provincias. Y cuando me tocó hablar, como me manejo con la verdad, inicié mi exposición diciendo que en Chubut no hay Cuerpo Médico Forense. Hay muy meritorios médicos legistas, profesionales, auxiliares como los evisceradores, que hacen una labor no reconocida en toda su dimensión; la gente administrativa, que tiene una sobrecarga que no tiene, probablemente, otro empleado administrativo, dado que ven continuamente nuestros preparados, nuestras fotos y deben transcribir nuestras conclusiones. Ni hablar de la Policía Científica, cuyo sacrificio de esos muchachos siempre valoré sobremanera.

D: – Como forense, gran parte del tiempo se trabaja con la muerte. ¿Eso no hace que se le pierda, al menos un poco, el sentido a la vida?

HG: El forense actúa en muchísimas cosas que no terminan necesariamente en un homicidio, en la morgue estimo se trabaja en menos de un diez por ciento (de los casos). Pero es un lugar común. Uno trabaja, también, en exámenes psiquiátricos obligatorios, en determinaciones de incapacidad, en secuelas de accidentes, de agresiones, en cuestiones de evaluación de procedimientos de seguridad correctos o incorrectos. Tiene que tener un conocimiento muy amplio de muchas cosas, desde cómo funciona una maquinaria y cómo puede producir o no lesiones, hasta tener un conocimiento bastante profundo de otras materias. Por ejemplo, de la Balística.

D: – ¿Esto hace que sea necesario incursionar en otras disciplinas, incluso siendo forense, ante casos que demandan una mirada más detallada de los hechos?

HG: El forense debe tener un amplio sentido del conocimiento de la Humanidad. Como decía la frase “lo que la naturaleza no lo da, Salamanca no lo otorga”. Uno debe venir con un bagaje. Por ejemplo, suelo ver personas que han obtenido un título de posgrado como médicos legistas, y tienen una ignorancia palmaria de cómo son los hechos. Entonces, se les escapa la liebre.

D: – A lo largo de su carrera ha realizado varias gestiones relativas a la infraestructura hospitalaria. ¿Cuáles han sido las más relevantes?

HG: Una de ellas fue que hicieran la morgue, la cual se replicó en toda la provincia. Antes, no había y trabajábamos en un cuartito de 2×3, en el antiguo baño de la parte vieja del Hospital, donde salíamos enchastrados. Había una camilla corrediza, se trabajaba de un lado, luego se corría y se trabajaba del otro. En esas condiciones trabajábamos en Madryn. Luego de insistir bastante, me contactar con el área de Arquitectura del Superior Tribunal de Justicia, y luego de varios encuentros, finalmente en 2007 se hizo y nos permitió empezar a trabajar mejor. Muchas veces no se comprende la necesidad de gastar plata en investigación, que realmente no es un gasto sino una inversión. Hasta 2008, crisis económica cuyo cimbronazo se sentió en Argentina, durante tres años, desde 2005, hubo a disposición de cada provincia 3.300.000 dólares “no reintegrables” para hacer gabinetes científicos, que varias aprovecharon, como Corrientes, Chaco, La Pampa y Río Negro. En su momento, hice los cálculos y nos alcanzaba para hacer un centro modelo estatal en Comodoro Rivadavia, otro de guarda, preservación y procesamiento de muestras en Esquel, y otro con todas las especialidades periciales en Madryn.

D: – ¿Por qué cree que no se tomó ventaja de esa situación?

HG: Me parece que hubo algunos roces en el terreno de la política, entre la Provincia y la Nación. Entonces, insistí, y debe haber un montón de notas, hasta que dejé de hacerlo. Con la crisis de 2008, el Estado Nacional cortó esa posibilidad. Paradójicamente, fue invitado por los forenses de Río Negro a la inauguración del centro de Bariloche, a quienes les había dicho que insistieran al Superior Tribunal ya que estaba ese dinero disponible. Así que, básicamente, “vi nacer a mi hijo en otro lado”.

D: – ¿Cómo definiría sus principios en cuanto al ejercicio de su profesión?

HG: Siempre, anteponer la Ciencia; estar tranquilo de conciencia y el tercero, que es fundamental, es el hecho de que el forense debe actuar con toda su ciencia y revisar siempre todo, porque es el último garante de los derechos de lo que fue una persona. El muerto es una ‘cosa’, jurídicamente, como un mueble o un pocillo. Pero esa ‘cosa’ conserva una demanda hacia la sociedad, que le dice ‘hágase en mí Justicia’, y eso únicamente está a cargo del forense. Con su torpeza, lo va a perder, y si es hábil, lo va a encontrar. Por eso, es tan importante encontrar hombres tan entrenados en filosofía, en ética, es decir, con experiencia en el mundo. Porque, de lo contrario, se fracasa.

D: – ¿Qué piensa de la situación del área de Ciencia y Técnica a nivel nacional, en el marco de los reclamos de científicos y la falta de recursos?

HG: Creo que, como en muchas cosas, ver como ‘gasto’ a la Ciencia hace a la miseria de los países. Y, en el caso específico de la Justicia, verla también como un gasto, es más grave aún, ya que afecta la calidad de Justicia que nos exige la ciudadanía y a quien tenemos el deber de brindarle. Es una pena.

D: – ¿Cómo fue estudiar durante los años de la dictadura militar en la ciudad de La Plata?

HG: Tuve una adolescencia donde se vivía un clima de violencia política y general. Acá había habido un golpe militar, habían destituido a un gobierno constitucional, y mal o bien, podíamos haberlo reelegido los argentinos un año después. Hay otra cuestión que los juristas ni quieren hablar, y es que se derogó una Constitución del pueblo argentino, por un simple bando militar, firmado por tres personas; Aramburu, Rojas y da fe Francisco Manrique. Es decir, estamos muy ‘flojos de papeles’, y ese mismo bando militar anuló la Constitución de la Nación. Siempre lo comparo con la metáfora de un pistolero que entra a una casa, la toma y establece nuevas normas. Esa fue la Constitución de 1957, que ni se promulgó porque hubo tensiones políticas, y en 1994 se modificó “eso”. O sea que estamos flojos de papeles, constitucionalmente, y no soy solo yo. Hay muchos críticos de la Constitución de 1994. La misma es excelente desde el punto que incorpora el Pacto San José de Costa Rica, pero muchos no saben la cantidad de pactos económicamente desfavorables que afectan nuestra soberanía y se colaron. Volviendo a dicha época, nosotros, como estudiantes, estábamos ‘fogueados’ desde la secundaria sobre cómo había que ser, qué se tenía que hablar y qué no se podía. No estaba tan en vigencia, pero estaba prohibido hablar de ciertos temas. Ni hablar de difundir cosas que nos podían llegar, como por ejemplo un cassette (con un discurso) de Fidel Castro, o un libro de algún pensador nacional como Fernández Arregui.

D: – ¿Y en los años universitarios?

HG: Cuando fuimos a la universidad, nos encontramos con un buen nivel científico, en 1969, y que ya se estaba politizando. Habían ocurrido hechos como el “Cordobazo”; la muerte, para los que éramos católicos, de Camilo Torres en Colombia (el sacerdote guerrillero), y hechos como la “Opción por los Pobres”, que comienza en el Concilio Vaticano Segundo. La corriente de pensamiento que luego se consolidaría como los Sacerdotes del Tercer Mundo. A su vez, estaba la discusión general en Latinoamérica sobre nuestra situación. Había un psiquiatra, que fue uno de los jefes del Frente Liberación Nacional de Argelia, cuyo libro Los Condenados de la Tierra, lo hemos leído a todos, donde explica el síndrome ‘pre-revolucionario’, un cuadro clínico que hasta hoy no se ha reconocido, porque su pensamiento ciertamente es revolucionario. Por mi parte, cursé la carrera, milité como militante estudiantil, y presencié hechos históricos como el regreso de Perón, el 17 de noviembre. Éramos estudiantes, organizados y habíamos hecho un estudio de cómo llegar a Ezeiza sin que nos detectaran los helicópteros. La noche del 16 al 17 de ese mes llovía, y no seríamos más de 300. Y del barrio que estaba enfrente, alguno había ido a pedir agua caliente. Nos invitaron y nos compartieron el pan y las tortas fritas que hicieron durante toda esa noche. A la madrugada, que era cuando se iba a marchar, la columna de 300 era, de pronto, 10 mil personas. Todo el barrio, una movilización espontánea. Pero también vi las grandes derrotas del pueblo argentino, y creo que la mayor fue el 20 de junio de 1973, cuando ocurrió la Matanza de Ezeiza. Estuve allí y vi perfectamente qué pasó. Esa fue, quizás, la inflexión y la derrota del pueblo argentino, porque fue terrorismo. Había dos millones de personas que venían desde Tierra del Fuego y desde La Quiaca. Y desde allí, el temor lo llevaron a todos lados, que es lo que hace el terrorismo.

D: – Ha perdido conocidos y amigos durante la dictadura.

HG: ¿Conocidos? Cada vez que voy a La Plata me entero de alguno nuevo. Antes pasaba más seguido por las universidades. Era una comunidad estudiantil muy numerosa y nos juntábamos todos, más que por militancia, por cercanía. En todas las facultadas de La Plata, están las distintas plaquetas con las listas de desaparecidos. Y a veces voy a las facultades y me entero que alguien más, que era conocido mío, desapareció. En cuanto a íntimos, intimísimos, hubo amigos de la primaria, como los hermanos (Juan Oscar y José Esteban) Cugura. Ahora, he sido llamado a testificar por la Secretaría de Derechos Humanos y el Juzgado Federal de La Plata, por el caso de mis dos más íntimos amigos de la universidad, los hermanos jujeños Arabel. Éramos tan amigos que ni siquiera teníamos nombres entre nosotros, éramos ‘El Chuta’, compañero mío, y ‘El Cheta’. En diciembre estaré declarando sobre estas personas, que fueron probablemente mis más grandes amigos durante esa época, secuestrados y asesinados a fines de febrero de 1976.

D: – Ese tipo de pérdidas, que lo han marcado en lo personal, ¿tuvieron alguna influencia en su trabajo como forense en cuanto al concepto de la muerte?

HG: Para los que vivimos esa época en la universidad, la muerte, si bien era un hecho terrible, también era un hecho cotidiano. Tan cotidiano, que el día en que iba a rendir la última materia para recibirme, Interna III, a fines de 1977, siete cuadras antes del Hospital, dos personajes parapoliciales, policías o similar con gorros de lana, se acercaron al auto en el que viajábamos. Nos recibimos de médicos ese día, pero unas cuadras antes, frenamos en el semáforo de las calles 1 y 60, y estos dos tipos pasaron por la línea blanca. Recuerdo que sacaron sus armas, nos la apoyaron contra el vidrio, martillaron y gatillaron a 20 centímetros nuestro, sin que saliera el tiro. Creo que no hablamos durante las últimas cuadras. La tenía descargada, pero querían intimidar. Ese era el clima, pero nos habíamos ‘fogueado’. Entonces, rendimos, yo saqué un diez y él un ocho o nueve. Estábamos todos medio chiflados, esas cosas producen un estrés postraumático que a uno lo endurecen o lo quiebran.

Municipalidad de Puerto Madryn