Por Javier Arias
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Atilio Lampeduzza cumple cincuenta años y para festejarlo viaja a Escocia con su amigo Juan Carlos y dos personajes más, Calcaterra y el Polilla. En Barcelona alquilaron un coche, pasaron casi una semana en Londres y ya llegaron a Escocia, finalmente.

Atilio abrió primero un ojo, luego el otro. Miró alrededor y se sintió completamente perdido, estos últimos días de andar parando de ciudad en ciudad había logado desubicarlo finalmente. Se sentó en la cama y miró la habitación, de un beige acogedor, pocos muebles, y una gran cortina que ocultaba una ventana. Se levantó y la corrió, la luz del amanecer le llenó los ojos, pero siguió con esa sensación extraña de no saber dónde estaba. A través del cristal vio una extensa pradera de un verde casi fosforescente, a la derecha un bosque de pinos subía hacia una colina, mientras que a la izquierda corría rumoroso un pequeño arroyo, cruzado por un pequeño puente de madera. A lo lejos se veían unas montañas nevadas. Abrió la ventana, se apoyó con las dos manos en el alfeizar y aspiró hondo, una humedad fresca le inundó los pulmones…
De repente, entre un par de pinos creyó ver un ciervo. ¿Puede ser que los ciervos se acercaran tanto a las casas? Estiró el cuello y miró mejor, no era un ciervo, ¿era el Polilla entre los árboles?
– ¡Cerrá esa puta ventana te lo pido por todos los dioses vikingos, Atilio!
El grito de Juan Carlos, que dormía en la cama de al lado lo sacó del ensueño.
– Es que creo que el Polilla está meando un pino…
– Por mí que lo esté talando, Atilio, pero estás haciendo que se me congelen los pelos del traste, cerrá esa ventana.
Atilio le hizo caso y comenzó a vestirse, cuando salió de la habitación justo se cruzó al Polilla que entraba a la casa por la puerta de atrás.
– ¿Vos estabas meando ahí afuera?
– ¿Y vos me estabas mirando cómo meaba?
– No… Es que yo justo…
– Pillín, que sea tu cumple no significa que te vaya a hacer ningún regalito, ¿eh? –le dijo el Polilla entrando en su habitación.
Atilio se quedó mirando la puerta al cerrarse, recién ahí se le ocurrieron un par de respuestas, tarde. En ese momento salió Calcaterra del baño diciendo: “Ya podés entrar, Polilla, que hincha guindas, uno no puede ni pegarse un baño tranquilo en Escocia”.
Finalmente, después de desayunar, salieron en la camioneta a la primera de las destilerías de un día que prometía ser intenso. A las 10 de la mañana estaban entrando a Macallan. Hicieron todo el tour, aunque les gustó mucho más el de Jura, y al final, sentados a una mesa alta de cedro, libaron concienzudamente cuatro variedades de whiskies, el Amber, el de 12 años, el de 18 años y el Nro. 2. A lo que Atilio, haciendo uso de su sempiterno cumpleaños, logró una copa más de regalo, un whisky de 18 años en barricas de jerez, una locura.
Y sin solución de continuidad, como decía el viejo locutor, a las 13 horas ya estaban en Stratishla, la destilería base de Chivas. Una visita que ni siquiera la mala onda del anfitrión logró aguar, porque es una de las destilerías más antiguas de toda Escocia; y entrar a esa bodega casi milenaria fue toda una experiencia. Y hablando de experiencias, antes de salir probaron el Stratishla Single Malt 12 años, el Chivas Grain, el Chivas Extra y el Chivas 18 años.
Los ánimos estaban más que achispados.
Dos horas después estaban corriendo a la tercera degustación, en Glenlivet. Afortunadamente esta era solo de cata, sin tour por la destilería, el estado de los cuatro no aseguraba que no cayeran en alguno de los toneles de fermentación.
En Glenlivet los recibió una bella escocesa de cabellos dorados. El Polilla la miraba con una fascinación casi teológica. La rubia los guió hasta una biblioteca, donde había cuatro grandes sillones que rodeaban una mesa de madera con copas y cuatro botellas de whisky. Con una extensa y amena explicación de cada versión, tomaron primero un Single Cask, después un 15 años, seguido de un 25 años, para terminar con un inolvidable 30 años. Ya en la segunda copa, el Polilla comenzó a hacerle ojitos a la rubia, a la tercera se fue acomodando en su sillón acercándose a la señorita y a la cuarta se estiró para robarle un beso.
Y todo terminó como debía, con una prohibición de por vida para volver a Glenlivet y los cuatro en la calle buscando la camioneta.
En el camino de regreso pasaron por varios castillos más, y después de comprar unas pizzas volvieron a la casa de la pradera.
– Estaba linda la morocha, ¿no? –comentó el Polilla cuando entraban a la casa.