Por Carlos Alberto Nacher

Pasaron algunos días, y ya tenía reunida más que suficiente evidencia del hallazgo de una cultura de hombres altos e inteligentes en la Patagonia: los Palanpaguas. Los huesos databan de miles de años, así como también los utensilios encontrados. Pero los principales tesoros que había hallado eran:
– Una estatuilla de oro, “la Diosa Culo de los Palanpaguas”, tal era el nombre que habíamos dado a esta rareza. Se trataba de la imagen de una mujer de cuerpo breve (la estatuilla no tenía cabeza) pero con un enorme y reluciente culo.
– Una serie de tótems palanpaguas enterrados a 4 metros de profundidad, que pudimos descubrir gracias a un cañadón abierto por las lluvias recientes. Se trataba de 25 imágenes esculpidas en la piedra, monolíticas, distribuidas en línea recta y a una distancia de 25 metros unas de otras. Estas esculturas, aunque deterioradas por el tiempo, mostraban a 25 ídolos palanpaguanos agachados, apuntando todos con el culo hacia el norte.

No obstante, no pensaba tanto en el éxito de la conferencia que daría en Londres al año entrante, ni en disfrutar de las mieles del éxito. Mi obsesión era muy otra. El otoño llegó y veía muy esporádicamente a Lady Natasha. Era como si ella misma tratara de ayudarme rehuyendo mi presencia. Fui a su casa en varias oportunidades, con distintos pretextos que ocultaran mis verdaderas intenciones. Con aire inocente, golpeaba a la puerta y siempre me atendía alguno de sus “empleados”. “Vengo a visitar a la señora” decía con aire displicente. “La señora no se encuentra” era una de las tantas respuestas similares que recibía. Ya resignado, en mis últimas visitas no ocultaba más mis deseos: “Vengo por el culo” era lo único que podía pronunciar. Recuerdo que algún súbdito sagaz me respondió con irónicas frases haciendo referencia a mi origen, frases propias de personas que habían olvidado su formación o que jamás habían tenido una educación sanmartiniana como la mía.
Al tiempo, me encontraba merodeando la casa de Natasha todas las tardes con mi cámara fotográfica, tratando de retratar aunque más no sea el culo de Lady Natasha, pero siempre con resultados infructuosos.
“Olvídelo” me dijo Hartpkoff en un encuentro casual que tuvimos en el jardín trasero de la mansión. Hartpkoff me trataba con negligencia. Finalmente, creo que ya lo había aburrido con mi tenacidad.
Durante semanas no pude pronunciar otra palabra que no sea culo. Mis pajes terminaron por acostumbrarse a mi reducido vocabulario, e interpretaban las distintas tonalidades y variaciones en el fraseo con que emitía la palabra “culo”, sabiendo que significaba ora “prepáreme un té”, ora “ordenemos estas piezas”, etc.
Sin embargo, aquel otoño fue muy exitoso en cuanto a las investigaciones.
En una hondonada del terreno, a unos 30 km de Puerto Padryn, descubrimos un monumento colosal: un gigantesco estadio, de 350 metros de diámetro, cubierto de jarillas y yuyos, yacía en medio de la llanura. Con mis pajes quitamos, no sin esfuerzo, toda la vegetación del predio.
Finalmente, pudimos recorrerlo y estudiarlo. No me llamó la atención en absoluto el hecho de que tuviera dos hileras de tribunas, una frente a la otra, que delineaban una curvatura convexo respecto de la tierra. Estas curvaturas, como grandes lomas, servían para que el público observara a los presuntos gladiadores (o jugadores, no lo podemos precisar) desarrollar la actividad en el centro del estadio, una canaleta que nacía hacia ambos extremos y se iba haciendo cada vez mas profunda al llegar al centro, donde había una especie de socavón, como un pozo de agua o algo por el estilo. Arrojamos una piedra al pozo de agua, para verificar su profundidad, pero no escuchamos el sonido de su caída.
Me alejé lo suficiente como para poder contemplarlo en toda su magnitud, trepé a un médano natural y desde allí lo pude observar. Era una obra de arte de la ingeniería palanpaguana que aún hoy sería imposible de imitar: era un colosal, magnífico y perfecto culo.

Continuará…