Por Carlos Alberto Nacher

Tomé los binoculares, ajusté la lente hacia el centro de la construcción y entonces la vi: allí estaba Natasha Buttock, que con su inseparable paraguas y su capelina, jugaba y reía saltando en el centro de la canaleta.
Otra vez me atrapó el yo animal que me invade en momentos como éste. Corrí desesperado hacia ella. Cuando me vio, sin dejar de sonreír, comenzó a alejarse. La perseguí por todo el culo, a lo largo y a lo ancho, sin poder alcanzarla. Luego de varias carreras hacia uno y otro lado de los promisorios cachetes del culo de granito, extenuado, me senté al borde del pozo de agua central. Natasha estaba sobre uno de los cachetes, sonriendo.
Me fui, tratando de no seguirle el juego. Los cientos de fotografías que había tomado ya eran una prueba suficiente de esta colosal obra de los Palanpaguas.
Decidí que era tiempo de marcharme. No quería seguir esta aventura detrás de Natasha. Hartpkoff tenía razón. No quería pasar el resto mi vida siendo una marioneta sin corazón.
Ordené empacar mis cosas y tomar los recaudos necesarios para realizar un regreso por tierra a Buenos Aires. Añoraba mi mansión de la colina, volver a contemplar esos cuadros que mi madre coleccionaba, esos girasoles de Bangcock con formas de culo, “La noche estrellada”, con pinceladas toscas y de colores vivos que representaban estrellas grandiosas formando un culo reluciente en el cielo de la campiña francesa de fines del siglo 19.
Un martes por la madrugada emprendimos el retorno. La noche anterior creí conveniente ir a despedirme de Hartpkoff a la mansión de Natasha. “Le deseo un buen viaje, Güiraldes” me dijo Conrad con una sincera amistad, “Trate de olvidar”.
Salí y en la puerta estaba ella. Nos quedamos en silencio, mirándonos.
– Me voy – le dije.
– Bueno, si esa es su decisión – contestó Natasha, siempre con su sonrisa giocondiana.
– Adiós –
– Espere, antes de que se vaya, tengo algo para mostrarle –
Una vez más estaba atrapado en las telas de esta araña adorable. Entregado, comencé a temblar. Mis ojos lagrimeaban y no podía pronunciar palabra. Natasha desató lentamente los cordones de su corsé y aflojó un cinturón grueso de cuero de vaca que sostenía unos pantalones de montar. La noche se hizo día y la luna rebotaba contra las bardas del horizonte. Natasha, sosteniendo el pantalón a media altura, dio media vuelta. De repente su semblante se opacó.
– ¡No! – dijo – Mejor no. Otro día, tal vez.
Derrotado una vez más pero decidido a no caer jamás en sus juegos macabros, salí corriendo hasta mi casa, a ultimar los detalles de la partida. Afuera, el viento, lúgubre, silbaba una tonada que, en un pasillo ventoso de las bardas cercanas, parecía entonar una vieja canción marinera, de cuyas palabras pude reconocer solamente una: culo.

Continuará…