Por Javier Arias
javierarias@eldigito.com

Bueno, parece que al final de cuentas, parafraseando a Pinti, pasan los vientos, pasan las nubes, pasan los fríos, pero vuelven las tardecitas, por lo menos las de sol y mate en la costanera. Porque ya estamos, querido y fiel lector, como le decía mi recordado siempre amigo Roy, la prima Vera, esa señora vestida de flores que llega los 21 de septiembre y revuelve todas las hormonas.
Es que la idea misma de la Primavera, como todo buen escritor de tarjetas de salutación que se precie sabe, es sinónimo de vida, juventud, sol, aire y jardines floridos, todo muy bonito hasta que uno descubre que es alérgico al polen, o tiene una hija adolescente o una perra suelta en la vereda de casa. Consecuencias mal habidas al momento de festejar la llegada de la temporada del amor.
Y así vemos como los pajaritos empiezan a incubar sus huevitos, las hormiguitas a caminar por todos lados, las abejitas a trabajar en sus panales y las mosquitas a despertarse del invierno. Bueno, que no todo son rosas, tampoco, y menos por estas latitudes tan proclives a cobijar a estos despreciables insectos.
Pero dejemos por unos momentos a estos dípteros infernales y sepa usted, estimado lector, que el hecho de la llegada de la Primavera se origina por elementos muchos menos sensibles que el romance entre un carnero y una oveja, como podríamos explicárselo a ese púber que corretea por la playa. Que si bien existen ciertos temas que son mucho más fáciles de sortear mediante metáforas zoológicas, este no es uno de ellos, y es mucho más eficaz asirse de la vieja astronomía para justificar tanto despiporre de hormonas y amores.
A esta altura usted se preguntará, sabia y oportunamente que está muy bien toda esta cháchara, pero, en definitiva, ¿quién decide cuando empieza la Primavera?, ¿las casas de ropa con sus carteles ocres de “Otoño-Invierno”, que cambiaron ya por los más arrebatadores de “Primavera-Verano”? No, aunque seguro que no les desagradaría la idea. Todo, como muchas veces pasa, termina siendo a causa de los movimientos de los planetas. Porque la Primavera empieza, exacta y puntualmente cuando el día dura lo mismo que la noche en toda la tierra, a este día tan particular se lo llama equinoccio de primavera (de otoño, para los que viven del otro lado de Ecuador), el día dura exactamente lo mismo que la noche y además es el único día en el que el sol sale exactamente por el este y se pone en el oeste. Ahora bien, si esto no lo fascinó, prepárese porque éste es el momento donde iría adecuadamente la cara de “¡Oh, no es posible, no lo puedo creer!” llevándose apropiadamente las manos a la cara y emulando el gesto de ese insoportable actorcito (ya no tan pequeño) americano de mil quinientas películas donde los padres se lo dejan olvidado en la casa y no para de hacer trastadas. O sea, ponga cara de sorpresa porque, según los que saben, ese famoso equinoccio ocurre a veces el 20 y otras el 21 de septiembre, y es más, a una hora exacta. No es que mañana nos despertamos y digamos, “Bienvenida Primavera”, sino que tal vez ya pasó, o falten aún algunos minutos, o hasta horas. Y vaya a saber cuál es ese día y mucho menos la hora (porque no se va a poner uno con un cronómetro a andar midiendo los soles y las lunas, que en ese ritmo no hay quien aguante), aún no he encontrado quien diantres me pueda explicar con sabia paciencia cómo cornos hacen para calcularle la fecha y hora exactas, lo único que pude hallar es esta enigmática explicación que pido a algún sesudo lector me la pueda traducir al castellano de Cervantes: “La diferente duración de las estaciones se explica con la segunda ley de Kepler (recordemos que la Tierra describe una órbita elíptica alrededor del sol, con el sol en uno de los focos): El vector posición de cualquier planeta respecto del Sol, barre áreas iguales de la elipse en tiempos iguales. La ley de las áreas es equivalente a la constancia del momento angular, es decir, cuando el planeta está más alejado del Sol (afelio) (esto ocurre en el verano del hemisferio norte) su velocidad es menor que cuando está más cercano al Sol (perihelio) (verano del hemisferio sur). Es por esto que, por ejemplo, el verano del hemisferio norte dura más que el verano del hemisferio sur.” O sea, chino básico para este servidor.
Lo que sí me han dicho es que este año la tan mentada Primavera arranca no el 21, sino el 22 a las 15 horas y 41.37726 minutos. O sea, estos científicos, una vez más, buscando la forma de embromarnos la fiesta. Pero, haga como el perro del hortelano y festeje cuando quiera la Primavera. ¿Qué qué tiene que ver el perro del hortelano en todo esto? No mucho, pero seguro que anda festejando de lo lindo la Primavera.

Nota del autor: Información recogida de las páginas http://alumno.us.es y http://www.netambulo.com