Por Javier Arias
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Atilio Lampeduzza cumple cincuenta años y para festejarlo viajó a Escocia con su amigo Juan Carlos y dos personajes más, Calcaterra y el Polilla. En Barcelona alquilaron un coche, pasaron casi una semana en Londres, llegaron a Escocia, volvieron hasta Marsella y ya están de vuelta a casa.

Después de casi tres semanas de viaje, finalmente había llegado el último día, a las cinco de la tarde tenían que estar en el aeropuerto del Pratt de Barcelona para comenzar el check in del vuelo que los devolvería a Buenos Aires.
Atilio se levantó primero y despertó a Juan Carlos, armaron las valijas y discutieron cómo hacer el viaje de vuelta a España. Tenían unas cuantas horas de sobra para no viajar corriendo desde Francia a Barcelona, pero llegaron a la conclusión que lo mejor era salir directamente para la ciudad catalana y allá ver qué hacer.
Bajaron en el ascensor en silencio, no tenían incluido el desayuno en el hotel, así que directamente hicieron el check out en el mostrador y salieron hacia el estacionamiento.
Pero cuando iban a encarar hacia la camioneta, los interceptó el Polilla, que estaba mucho más despierto que de costumbre.
– ¡Boló! ¡Acá enfrente está el castillo de Montecristo! –les dijo excitado.
– ¿El castillo de qué? –preguntó Atilio sin entender.
– El de Montecristo, ¿no viste la película?
– Eh… Hace mil años, sí, creo que sí…
– Bueno, ¡está acá enfrente!
Juan Carlos levantó la vista y sólo vio la avenida con unos pocos coches.
– Bueno, no justamente acá enfrente, nabo, es una forma de decir, tenemos que ir hasta el puerto, de ahí salen ferrys hasta el castillo, que está en una isla frente a la ciudad, se llama el castillo de If.
Juan Carlos lo miró fija y silenciosamente durante unos segundos: “Decime, ¿vos te desayunaste con matacucarachas? Tenemos que estar esta tarde subiéndonos a un avión y querés ir en un barco hasta una isla…”, le respondió y desvió la vista a Atilio buscando su apoyo, pero lo que vio no le gustó ni miércoles.
– ¿Y qué estamos esperando? –le respondió Atilio.
A los diez minutos estaban dejando la camioneta en un garaje cerca del puerto de Marsella, que los recibió con un día espléndido, de sol, sin viento y un mar planchado.
Rápidamente y a pesar de las protestas de Juan Carlos, que seguía insistiendo en seguir viaje a Barcelona, encontraron la cabina donde vendían los pasajes hasta el castillo, incluyendo la entrada al mismo.
Por esas cosas de la suerte de los viajeros, el último barco salía en cinco minutos y alcanzaron a abordarlo los cuatro.
– Me imagino que ya lo saben –dijo el Polilla, que seguía extra estimulado- que el Conde de Montecristo no es una historia real, es una novela de Alexandre Dumas, pero está basada en un hecho real de un tipo que estuvo siete años preso en el castillo, que era, justamente, una cárcel de donde, decían, nadie salía vivo. Lo habían metido por una acusación falsa, y cuando pudo zafar recuperó un tesoro del que le había contado un prisionero moribundo, y con esa guita se vengó de todos los que lo habían encarcelado. En el libro, el personaje pasa catorce, no siete años, y se escapa con la ayuda de un abad…”
Sus tres amigos lo miraban como a un marciano mientras el barco se iba acercando a la isla.
– Veo que te gusta la historia del conde de Montecristo –le dijo Calcaterra en un segundo que el Polilla se detuvo a tomar aire.
– ¿Qué si me gusta? ¿que si me gusta? Es la mejor historia de todas, es el mejor libro que leí, es la mejor película que vi.
Calcaterra estuvo a punto de acotar algo cuando la voz del capitán dijo algo por los altoparlantes, en tres idiomas, francés, inglés y castellano. Y acto seguido el barco comenzó a girar de regreso a la costa.
Los ojos del Polilla parecieron salirse de las órbitas: “¿Qué dijo?”.
– Parece que nos volvemos –respondió Atilio dándose vuelta hacia la borda del barco.
– ¿Qué hacemos qué? –exclamó el Polilla aún sin entender del todo.
– Que cambió la marea dijo el capitán y que no podemos bajar a la isla, que nos va a hacer un recorrido por la costa y nos van a devolver la plata de la entrada al castillo –acotó Juan Carlos.
– ¿Qué cambió la marea? ¿Cómo que cambió la marea? Las mareas no cambian, ¡suben o bajan! –le respondió el Polilla, que en su exasperación no carecía de razón.
– Yo lo cago a trompadas, acá mismo –dijo el Polilla y encaró hacia la proa, pero Calcaterra alcanzó a manotearlo antes que hiciera dos pasos.
– ¿Estás loco vos? ¿Cómo que vas a pegarle al capitán del barco? Vamos a conocer el castillo de If pero del lado de adentro de las celdas, animal.
– ¡No me importa, no me importa nada! ¡Ya estábamos a punto de bajar! –le respondió a los gritos y retorciéndose en sus brazos el Polilla. La gente del barco se había corrido haciendo una especie de círculo alrededor de los cuatro. Una pareja de japoneses había dejado de fotografiar la costa marsellesa y había empezado a sacarle fotos a ellos.
Al rato, llegaron al muelle de vuelta. El Polilla no se había calmado ni un poco y encaró directamente a la cabina donde habían comprado los pasajes. Calcaterra lo siguió tratando de tranquilizarlo y evitar que rompiera a patadas la pequeña cabina de plástico. Juan Carlos miraba todo como si fuera una película cuando Atilio le dijo que iba a buscar un policía y se perdió en el gentío del puerto.
De repente, sólo en el barco, Juan Carlos se dio cuenta que en una de esas no llegaban nada al avión de Barcelona.