Por Javier Arias
javierarias@eldigito.com

Hay veces que uno, ya promediando el día, se dice en silencio y en reproche que hubiera sido mejor no levantarse de la cama. Esos días que todo sale torcido, el café se quema, se pincha la goma, el jefe se encarniza con nosotros, la baldosa rota nos moja las bocamangas, no quedan ballenas frente a la ciudad, se nos escapa el colectivo, o sea, nada, pero nada nos sale bien. Y ahí, en ese momento que se nos retuercen las tripas pensamos para qué miércoles salimos de casa. Sin saber, por supuesto, que tal vez si nos quedábamos en casa capaz que nos caímos en la ducha, abríamos la ducha del bidet sin querer, rompíamos la azucarera sobre la alfombra o el perro nos sacaba un bocado de pantorrilla porque le pisamos la cola. O sea, la cosa no es levantarse sino hacerle frente a la desventura.
Como el caso del bueno de Narek Kopaczen, que seguramente usted, atento lector, no tiene la menor idea de quién se trata, pero que yo, acá y ahora, lo desasnaré sobre el particular. Narek es un ciudadano polaco, de la concurrida ciudad de Szdlowiec –agradezco que estoy escribiendo esto y no recitándolo, porque sino ya tendría dislocada la lengua después de haber pronunciado tamaño nombre- y a la sazón trabajaba, allá por 1998, de fiscal. El caso es que Narek, además de ser fiscal era un amante del balompié, fulbo que le dicen, y para junio de ese año no había dios que lo sacara de enfrente del televisor mirando el Mundial que se jugaba en Francia. (Acá me permitiré un paréntesis filosófico, lamento traerles a la memoria a todos mis fieles lectores el recuerdo nefasto de ese Mundial y del partido contra Holanda, ustedes sabrán disculpar). La cosa es que, como usted bien sabrá, el 30 de junio jugamos contra Inglaterra, protagonizando uno de los partidos más reñidos de toda la Copa.
Así fue que, casi 2000 kilómetros al este, el fiscal Kopaczen estaba anclado en el sillón de su casa mirando como Inglaterra le ganaba a Argentina dos a uno casi hasta el último segundo. Pero en el minuto 90 el árbitro dispuso un tiro libre para Argentina, y Zanetti, con una viveza y una precisión envidiable –tan lejana hoy en día- convirtió el explosivo empate prolongando el partido al tiempo extra.
Kopaczen, que todos los días a las 10 de la noche en punto sacaba a su perro a pasear y llevaba su auto hasta la estación de policía para resguardarlo de los tantos enemigos que había cosechado en su profesión, decidió que no podía perderse esa definición angustiosa y decidió retrasar su rutina cotidiana.
Minutos después, el coche con todo lo que tenía adentro explotó en medio de la calle. Al escuchar el estruendo, Kopaczen salió de su casa a averiguar qué había pasado. Al ver su coche en llamas se dio cuenta que por quedarse a ver el partido había salvado su vida.
El tema es que el fiscal perseguía desde hace un tiempo a una banda que se dedicaba al chantaje y la extorsión, siendo él mismo sujeto de constantes amenazas. Días antes del atentado habían destrozado el techo de su vehículo, por eso lo llevaba a diario a la comisaría para cuidarlo. Era evidente que los muchachos habían estudiado sus costumbres y horarios, como la de salir de casa todos los días a las 10 de la noche y la bomba, activada por reloj, estalló justo a esa hora.

Nada más, ni nada menos, después dicen que el fútbol no es una cuestión de vida o muerte.
Seis años después, cuando el caso pasó a ser parte del pasado, Kopaczen le envió a Zanetti una carta de agradecimiento por el gol que había convertido.
¿Qué cómo terminó el partido? ¿En serio no se acuerda? Ganamos por penales y dejamos afuera a Inglaterra del Mundial, una vez más.
Así que nunca protestemos mucho si las cosas salen mal, que al final de cuentas, como bien sabe el mecánico de Kopaczen, siempre pueden salir peor, ¿no?

Nota del autor: Información recogida de la página http://www.mundoerrante.com