Nikki Haley, la mujer más destacada del gobierno de Donald Trump, sorprendió al anunciar su dimisión como embajadora de Estados Unidos ante las Naciones Unidas. La noticia fue comunicada desde el Salón Oval, sin explicarse los motivos ni revelarse quién ocupará su lugar cuando se vaya a fin de año.
Algunos observadores afirmaron que Haley busca cortar todo lazo con Trump para volcarse a la contienda política, presentándose como una republicana moderada en un escenario muy polarizado. Pero ella negó inmediatamente tener aspiraciones presidenciales. “No, no me postularé para 2020”, aseguró, anunciando que será leal a Trump.
Trump evocó más tarde la posibilidad de que su hija mayor y consejera, Ivanka, ocupara el lugar de Haley, afirmando que si no fuera por las acusaciones de nepotismo, sería “dinamita” en el cargo. Pero ella rechazó rápidamente la idea: “No seré yo”, escribió en Twitter.
En el Salón Oval, Haley había elogiado especialmente el trabajo y la dedicación de Ivanka y a su esposo Jared Kushner, ambos asesores no remunerados de Trump.
La salida de Haley, aparentemente amigable en una turbulenta Casa Blanca donde en menos de dos años entraron y salieron decenas de funcionarios, parece tener una explicación más prosaica que las intrigas palaciegas: la necesidad de un trabajo en el sector privado para hacer frente a las deudas que aparecen en su última declaración financiera, incluida una hipoteca de más de un millón de dólares. La víspera de su renuncia, la ONG Ciudadanos por la Responsabilidad y la Ética en Washington, pidió investigar a Haley por el uso de lujosos aviones privados y la aceptación de caras entradas a partidos de básquetbol como regalo.