Por Javier Arias
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Son pocas las cosas que conocemos de primera mano. Y si lo pensamos bien, muy pocas. Nos levantamos un día y sabemos fehacientemente dónde estamos (excluyamos por un momento escenas de delirios distópicos y borracheras monumentales) y con quién nos despertamos.
Sabemos dónde está el baño, dónde el café y cómo seguir nuestra rutina diaria. Y paremos de contar. ¿Cómo va a ser el día de nuestra pareja? Ni idea, es su vida, ya nos contará. ¿Qué tiene que hacer nuestro hijo en la escuela? Creemos recordar que nos dijo algo durante la cena, pero de nuevo, “nos dijo”.
No digo que vayamos desconfiando de todo lo que nos cuente nuestro hijo o nuestra pareja, aunque en esta época de posverdad no estaría tan seguro de esta afirmación. Pero es un poco perturbador darse cuenta que toda la información que disponemos a diario es información que ya viene mediatizada por un tercero. Digo toda porque, a menos que nos recluyamos en nuestra casa, como el hombre de la caverna de Platón, estaremos manejando datos que no conseguimos en forma directa. Eso de “primera fuente” es una falacia que nos cuentan de chiquitos como para que aceptemos estas reglas de juego y no piremos una tarde de domingo.
Obvio que uno termina incorporando este esquema y no anda chequeando, re contra chequeando, todo lo que nos dicen nuestros seres cercanos. Confiamos en que la prueba de Matemáticas sea dentro de dos días y no mañana, que la fecha de vencimiento del dambo en fetas del supermercado es esa y no otra y que la suma de la caja es correcta y no andamos con una calculadora en el bolsillo. Sería una vida imposible esa. ¿Cómo estar seguro que cuando nuestra pareja nos dice que entra a trabajar a las ocho de la mañana y sale a las cuatro de la tarde sea así y no que se teletransporta a una isla del Caribe todas las mañanas? Lo aceptamos y ya. Las y los adoptamos como nuestras fuentes primarias, pero no son más que medios de la información.
Nada conocemos de nuestra vida en forma directa, nada.
Y cuando comprendemos este hecho, comienzan los problemas. Porque si al final de cuentas nuestra vida es una cuestión de fe, ¿qué tenemos que decir del resto de las cosas? Lo que leemos en los diarios o en las revistas, lo que escuchamos en la radio, lo que vemos en la televisión… ¿Y lo que nos enseñan de la historia? Todo está basado en lo que dicen los libros, otras fuentes primarias, pero esos libros fueron escritos por otras personas, que tuvieron sus propias fuentes primarias que, ya lo sabemos, no lo eran. Todo está previamente digerido, elaborado, direccionado.
¿Qué pasó realmente ese 25 de junio de 1994? ¿Qué motivos impulsó a esa señora Sue Carpenter para entrar en la cancha y llevarse al Diego de la mano? Todos estamos de acuerdo que eso no es normal, no había pasado antes y no volvió a pasar. ¿Sabía algo la fea de Sue que nosotros no sabemos? ¿Era realmente psudoefedrina o era otra cosa? Nunca lo sabremos, nunca, como nunca vamos a estar seguros que Elvis se murió en Memphis, ni que Hitler se suicidó con la Walther PPK, ni que el Apollo 11 alunizó realmente ni que Osama Bin Laden fue detenido y ejecutado.
Ok, ok, ya sé que esto comienza a sonar como un ataque de paranoia y en cualquier momento comienzo a hablar de illuminatis y de reptilianos. No era mi intención, no es necesario que llamen a nadie ni me vengan a buscar. Soy tan consciente como el mejor de que las cosas están dadas así y que poco, a esta altura de nuestra evolución, podemos hacer. Pero quiero dejar en claro, acá, con firma y todo, que estoy al tanto. No me vengan con boludeces. Que yo no creeré en dios, pero que al final de cuentas todos nos tenemos que tragar el sapo de nuestra biblia cotidiana.