Por Javier Arias
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Atilio Lampeduzza cumple cincuenta años y para festejarlo viajó a Europa con su amigo Juan Carlos y dos personajes más, Calcaterra y el Polilla. En Marsella, cuando estaban por volver, quisieron visitar el castillo de If pero todo se complicó cuando se suspendió la visita y el Polilla estaba por amasijar al que les vendió los pasajes.

Juan Carlos finalmente se bajó último del barco y se acercó a la cabina donde el espantado francés trataba de cerrar la ventanilla y refugiarse detrás del cristal de las puteadas del Polilla que estaba completamente sacado.
– ¡Cómo que cambió la marea, atorrante! ¡Y háblame en cristiano, no en ese franchute que no te entiende ni Jaques Cousteau!
Calcaterra trataba de atajarle los puñetazos, pero el Polilla era un verdadero basilisco. Juan Carlos llegó hasta la cabina y le dijo a ambos: “Yo hablo francés”.
– ¡Me importa muy poco lo que vos hablés! ¡A este lo voy a hacer papilla marsellesa!
Calcaterra jadeaba y lo miró suplicante a Juan Carlos, mientras el francés trataba de colocar la silla contra la pequeña puerta de la cabina, a modo de traba improvisada.
– ¡Polilla! ¡Cortala que nos van a meter a todos en cana y yo quiero volver a casa!
Finalmente, Calcaterra lo pudo sujetar de la cintura y levantándolo en el aire lo despegó de la cabina y se alejaron un par de metros. Hecho que no sólo no lo tranquilizó, sino que hizo que aumentaran tanto los decibeles como la calidad de los insultos del Polilla.
Juan Carlos se acercó a la ventanilla y le hizo un gesto al empleado para que la abra. El muchacho le dijo que no con la cabeza. Juan Carlos volvió a hacerle el gesto. El muchacho volvió a decir que no. Y así estuvieron un rato.
Mientras tanto, Calcaterra había logrado alejar otros diez metros al Polilla y cuando parecía que se había tranquilizado un poco, hizo una finta y salió corriendo hacia la cabina con el puño en alto. Pero justo Atilio había vuelto y lo atajó con una maniobra maestra.
A los cinco minutos, se les unió Juan Carlos: “Bueno, al final nos devolvieron lo que gastamos de las entradas y también lo del viaje en barco. Ah, y no va a hacer una denuncia penal”.
– Denuncia penal le voy a hacer yo por estafadores malnacidos, mentirosos, tramposos… -le respondió el Polilla agarrando los billetes.
De nuevo en la camioneta y en la ruta, y mientras el Polilla seguía refunfuñando algo sobre embajadas y consulados, Juan Carlos vio justo arriba de una colina un castillo. Miró a Atilio en silencio, este se fijó en su reloj y asintió. Entonces, en el primer desvío, dobló a la derecha, saliendo de la autopista.
– ¿Y ahora a dónde mierda vamos? –dijo Calcaterra desde atrás.
– No será el castillo del Conde de Montecristo, pero va a ser nuestro último castillo de Europa, el Chateau des Baux de Provence dice ahí, ¿quién viene?
Dejaron la camioneta a los pies de la colina y comenzaron a subir por las antiguas escaleras de piedra, recorriendo toda la ciudadela medieval que rodeaba el castillo, las callejuelas se retorcían sobre sí mismas, formando extrañas figuras sobre las casas milenarias y las vistas imposibles de la campiña francesa.
De vuelta en la ruta, se despidieron de Francia con una mirada de ensoñación.
Luego todo sería de rutina, aeropuerto, migraciones, freeshop, whisky de degustación, avión y regreso.
Pero hubo un momento, ya en la sala de embarque, que los cuatro se miraron en silencio. Se habían dado cuenta, al mismo tiempo, que había vivido un viaje que los había cambiado para siempre y que nunca en su vida, por más altibajos que vivieran, olvidarían. Y así, sin palabras, hicieron un pacto, un pacto de amistad.
FIN