Por Javier Arias
javierarias@eldigito.com

El otro día estaba leyendo que los chinos ya se cansaron de controlar los contenidos de internet y el tamaño de los pies de sus geishas y ahora se dedican a controlar el clima; en un extraño papel de Eolos modernos decidieron que no querían seguir esperando que las nubes se dignaran a traer una bonita nevada y echaron mano de los misiles arrumbados para darle un empujoncito al invierno.
Para lograrlo, atento lector, no apelaron a las viejas fórmulas chamánicas del “que llueva, que llueva, la vieja está en la cueva” sino que aplicaron ciento ochenta y seis dosis de yoduro de plata, que vaya uno a saber qué cornos es, sobre las nubes que rodeaban Pekin. Y así lograron que cayeran dieciséis millones de metros cúbicos de nieve. Y uno se preguntas, a pocos días de que nos visitara Osvaldo Canziani y nos hablara de cambio climático y de responsabilidad, ¿hasta dónde es inocente esto de andar disparándole a las nubes con químicos para decirles que ahora sí o que ahora no? Obviamente los especialistas chinos aseguran y perjuran que ese mentado yoduro es completamente inocuo y que lo que están haciendo no es cambiar el clima, sino modificarlo, una diferencia tan semiótica como inútil, ¿no?
Es que a uno, mirando cómo viene la mano, le hablan de manipulación climatológica y se le pone los pelos de punta. No vaya a ser que estos tipos sigan investigando y decidan que de ahora en más tiene que llover leche chocolatada. Porque si hablamos de lluvias extrañas, la historia está llena.
O por lo menos eso es lo que afirma Charles Fort, quien durante años se dedicó a reunir miles de datos sobre extrañas lluvias caídas en distintos sitios del planeta. Parece ser que la obstinación del bueno de Charles lo llevó a juntar más de sesenta mil notas de este tipo. En su archivo se mezclan lluvias de peces y ranas, lluvias rojas, negras y del color que uno desee, granizos descomunales y caída de los elementos más extraños.
Así por ejemplo la revista Nature consigna que en 1800 en la ciudad india de Seringapatam cayó una tormenta de granizo donde se encontraron dos piezas de hielo que tenían el tamaño de un elefante pequeño. Noticia que podría causar más de un infarto a los sufridos habitantes de Buenos Aires, a quienes uno les menciona el granizo y salen a alquilar cocheras. Aunque le diré, fiel lector, ¿del tamaño de un elefante pequeño? ¿No será mucho hielo?
Y si hablamos de colores, un artículo habla de una espesa y dorada lluvia caída el 27 de febrero de 1877 en Penchloch, Alemania, la cual tenía un fuerte olor a amoníaco. No quisiera ni imaginar de qué se trataba. O la densa lluvia, ardiente, negra y pestilente, caída el 30 de abril de 1887 en Gales, producida, parece ser, por el polvo de carbón proveniente de las minas. Un ejemplo más de los efectos negativos de la minería.
Pero el archivo de Fort no se detiene en los colores, o como dice textual la nota: “A las 5 de la tarde el cielo estaba apacible sobre la ciudad de Londres. De pronto sin previo aviso, comenzó a soplar un fuerte vendaval que hizo volar a toldos y sombreros. El sol se apagó y una oscuridad densa se desplomó sobre la ciudad. Apenas se podía ver a dos pasos. A partir de ese momento comenzó a caer desde lo alto un copioso chubasco de agua y peces. Durante casi una hora cayeron miles y miles de pequeños peces de una 15 cm de largo, de color plateado y grandes aletas. Examinados por los expertos no pudieron ser reconocidos. Se enviaron muestras a todas las Universidades de Inglaterra y ninguna pudo decir de qué especie eran esos peces. Finalmente, una comunicación llegada desde el Cairo y firmada por el decano de la facultad de ciencias naturales de esa ciudad informó que esos peces correspondían a una especie de agua dulce que prolifera en el mar de Galilea. No se pudo explicar cómo habían caído sobre Londres esos peces que los palestinos llaman Pez de San Pedro”.
Y así la lista continúa con pequeñas ranas, chaparrones de tela de araña, cangrejos, granos de maíz y otros cereales, o un caso que nos toca más de cerca. Cuentan los memoriosos que hará unos cincuenta años cayó una lluvia de ranas en estado de congelación sobre la Capital Federal. Los cubitos de hielo con tripulación batracia estuvieron acompañados de rosas y flores tan freezadas como las ranas.
Es que el tiempo, usted, amigo lector, la sabe tan bien como yo, estará loco, pero si encima nosotros le damos pie…

Nota del autor: Datos extraídos de la página web http://www.tutiempo.net