Por Javier Arias
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De un tiempo para esta parte se nos está haciendo cada vez más complicada la vida.
Hace unos días, acá abajo, no, más abajo, en la Antártida, en una base rusa, porque ahí abajo hay más naciones que en una olimpiada, tenemos un verdadero crisol de razas en nuestro patio trasero; como les decía, que me voy fácilmente por las ramas, en la Antártida, en una base rusa, un ruso acuchilló a otro ruso, y eso que son pocos rusos en una base antártica rusa.
La cosa es que estaban cenando, lo más panchos, y uno se levantó, y con el cuchillo de cortar pescado, lo quiso filetear como una morsa a su compañero. No tuvo mucho éxito, vaya uno a saber si porque los cuchillos en la Antártida no tienen buen filo, si porque la ocasional víctima fue rápida de reflejos o porque, en realidad, el atacante no tenía muchas ganas de cargarse definitivamente a su colega. La cosa es que los dos salieron vivitos y coleando del asunto, uno para un hospital de Chile y el otro directo a Siberia. Que serán rusos, pero los intentos de homicidio siguen siendo cosa de bárbaros.
Hasta ahí todo dentro de los parámetros normales, ¿quién no se volvería loco encerrado seis meses en una base antártica donde la mayor parte del día, por no decir casi todo el día, es de noche, no hay televisión y la conexión de internet es peor que la de Speedy? Pocos zafaríamos de un brote homicida. El tema es que el pobre ruso, una vez en su querida patria zarista, explicó los motivos de su sacada reacción gastronómica. Parece ser que efectivamente la vida en ese páramo blanco no es un cuento de hadas y son pocas las distracciones que uno tiene. Entre esas pocas está la lectura, de libros, aunque la biblioteca disponible no se acerca a la de Alejandría, pero algo es algo. Y las horas se acortan dando cuenta de la provisión literaria del lugar. Sano esparcimiento si no fuera porque su compañero, ese remil hijo de un camión de puntas de flecha, se la pasaba contándole los finales de cuanto libro agarraba. Y no lo hacía de entrada, no, esperaba hasta que fuera promediando la novela y ahí le anticipaba que el mayordomo era el culpable. Que venga ahora cualquier tribunal ruso, polaco, o senegalés a condenarlo al pobre cristiano, bastante se la bancó antes de sumergirlo en pleno océano antártico.
Todo esto viene a cuento no porque me llamen especialmente la atención las noticias policiales, ni mucho menos las noticias policiales rusas, sino por eso del spoiler. Porque al final de cuentas de eso estamos hablando. Spoiler, palabreja que en mi adolescencia no conocía y me encantaría recordar el día exacto en que entró en nuestras vidas.
Porque antes no había spoilers, o por lo menos no tengo memoria de andar tratando de esquivar que me contaran el final de la película de Star Wars y mucho menos cómo terminaba la serie de Seinfeld.
Hoy todo es más complicado, la vida es más complicada. Y encima la producción de series es mucho más rápida que la capacidad que tenemos cualquiera de los mortales que debemos trabajar para vivir para poder visualizarlas a todas. No terminamos una que nos están recomendando tres, tratamos de apurar los capítulos de esa de espías en Afganistán y ya nos están encajando la de los chicos contra el monstruo ochentoso, o la del guardaespaldas británico, o la de los gallegos que viajan en el tiempo. Una locura, que uno tiene sus necesidades también y es preciso dormir algún día.
Y si encima le sumamos que tenemos que andar cuidándonos en las reuniones familiares preguntando en la mesa en qué capítulo anda cada uno de las diez series más vistas antes de meter bocadillo… ¡Is very dificult!