Por Javier Arias
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Pasan los días y acá estamos, todos sentados en el mismo micro con destino a la localidad de la Miseria. ¿Cuándo fue que transformamos un juego hermoso en una trinchera de penurias y mezquindades? Como que el batido ominoso de los intereses económicos, las conveniencias políticas y el abuso de las redes sociales generó, especialmente con este último lamentable evento “deportivo”, una bomba que desnudó públicamente lo carente que somos de muchas cosas.
Yo sé que estas palabras me acarrearán más de una puteada, pero no puedo asistir impávido a este nuevo paradigma de incomprensión y barbarie. Porque, a pesar de tener el corazoncito bostero, creo fervientemente, según lo que leo de mis contactos futboleros, que los dos son lo mismo, aunque suene para el culo la comparación. Entramos como por un tubo, entraron como por un tubo, sin reclamos ni devolución, en la confrontación barata de quien tiró la primera piedra, cuando, al final de cuentas, siempre hablamos de pelotas y no de rocas. O deberíamos hablar.
El asunto es que, casi sin que nos demos cuenta, estamos naturalizando este debate, de quién la tiene más grande, de quien merece más o menos el escritorio, de que la Conmebol, que la FIFA, que la AFA, y a la miércoles la ilusión de aquel hincha de Discépolo. Y naturalizamos también la violencia, propia e institucional, la puteada atrás del vidrio, la pedrada desde la vereda, los cinturones infantiles de bengalas. Y discutimos y rebatimos, y los elefantes pasan danzando entre la gente, como si fueran ilusiones de un prestidigitador ecuatoriano.
Pero de una que no lo son. Y las calles se llenan de bastones y uno termina reconociendo que se paseen como panchos por su casa, porque así no hay piedras, ni barras, ni salvajes ni unitarios. Y las calles se visten de verde, de azul, de jinetas sin nombre y uno tiene agradecer que se usen todos esos uniformes y nos pongan esas caras y nos palpen y cacheen y nos vulneren, todo por el bien común. Y un día las balas ya no son de goma, pero ya es tarde para lágrimas. A pasos estamos del algo habrán hecho, si no es que ya estamos y todavía no nos dimos cuenta.
Que le den el partido a Riber dicen desaforados; del otro lado aúllan que le regalen la copa pero que no hagan más teatro, que se les nota el cagazo. Y se acaba de repente toda posibilidad de razonamiento crítico. Se acaba la cordura, se acaba la evolución.
Que es un partido, que es un juego, que es la felicidad del pueblo. Hasta eso se llevaron puesto, además de los derechos, las esperanzas y el futuro. Y nadie dice nada, sólo gritan y esquivan los gases. Casi como si fuera una escenografía de Pavlov.
Y el dólar se va al carajo. Y los aviones de marines americanos siguen llegando. Y los submarinos se siguen hundiendo. Y los mapuches se siguen muriendo. Y los pobres se siguen cagando de hambre. Y a todos, como al protagonista de aquel poema famoso, nos va a tocar nuestra porción de torta de infortunio. Tarde o temprano. Y tal vez en ese momento nos demos cuenta que esta final no tenía nada de super, porque la verdadera final era otra.