Por Javier Arias
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Yo tenía una abuela que cuando nos dolía el estómago nos hacía acostar boca abajo y nos retorcía la espalda, en una terapia que el tiempo se está encargando de hacer desaparecer, ya casi no conozco a nadie que esté al corriente de qué significa “tirar el cuerito”. También mi abuela era de poner ventosas y hasta de encender en una llamarada de fuego y pavor un cucurucho de diario en mi oído cuando se me tapaba con agua después de nadar en la pileta del club.
Todos métodos que, a decir verdad, han demostrado su efectividad en la práctica pero que ninguna teoría pudo avalar, y en nuestros tiempos de cientificismo y modernidad van muriendo paulatinamente como las hadas cuando un niño deja de creer en ellas, Peter Pan dixit.
Y justamente hoy quería hablarles no de prácticas tan dadas a las abuelas, sino de mecanismos que, de tanto escucharlos y verlos en televisión, tomamos como verídicos y no hay dios que nos haga creer que no son reales. De todas formas, y antes de empezar a enumerarlos, quisiera recordarle, atento y fiel lector, que esta columneja nunca persiguió el rigor científico, y no me vaya a seguir al pie de la letra que estamos fritos, que una cosa es que pretenda ser mentor de algún levante ocasional en la playa, utilizando ciertas anécdotas aquí mencionadas, y muy distinto que las mismas se usen con fines más específicos, como por ejemplo rescatar a un bañista del ataque mortal de un cangrejo ermitaño, ¿m’explico?
Arranquemos con uno de los mitos más populares; digamos, por ejemplo, que usted está caminando lo más tranquilo con su nueva pareja por un descampado a las afueras de la ciudad, sus intenciones son la mar de oscuras, pero en el momento en que se dispone a pasar al ataque se le adelanta otro especimen, pero de la familia de los ofidios; no va que una pérfida serpiente pica a su dulce compañía en el tobillo, ¿qué es lo que la televisión, a fuerza de series tipo Daktari, nos ha enseñado? Por supuesto, velozmente debemos tomar un cuchillo, cortar sobre la picadura y chupar el veneno.
Pasando por alto que efectivamente hayamos llevado un cuchillo a una cita amorosa (hecho que ya haría sospechar sobre el específico cariz de nuestras “oscuras” intenciones) y que no nos dé náuseas el hecho de andar chupando el veneno ajeno, les puedo adelantar que esta práctica no nos va a llevar a ningún buen puerto.
Según el doctor Robert Barish, médico de emergencias de la Universidad de Maryland, cuna de las milanesas del mismo nombre, “cortar y chupar, o aplicar un torniquete o hielo no hace nada para ayudar”, sino que “hacen más mal que bien al retrasar el urgente cuidado médico, contaminando la herida y dañando los nervios y los vasos sanguíneos”. O sea, que antes que un cuchillo y una chupada, es mucho más eficiente un auto y un sanatorio.
Viendo que caminar por la estepa al anochecer y descalzos no es nada seguro, mejor llevemos a nuestro amorcito a lugares más cotidianos, ¿y qué mejor que la invitación a nadar en el cristalino mar del Caribe? Bueno, no me venga ahora con limitaciones económicas, que esta es una nota de alto vuelo presupuestario.
Pero nuestra suerte nos acompaña cual sanguijuela en el vuelo internacional y cuando estamos haciendo snorkell y mirando los pececitos de colores nos ataca inmisericordiosamente una medusa. Huimos hacia la playa y recordamos esos viejos capítulos de Flipper donde aprendimos que en estas circunstancias lo mejor es orinar sobre la herida. Sí, sí, no se me ponga en melindroso, que usted lo sabe bien, es la herramienta de primeros auxilios más difundida entre los bañistas de toda película yanqui que se precie.
Pero, ¡vade retro Satanás!, pare la moto y antes de intentar un acto tan poco decoroso frente a miles de espectadores, que miran azorados cuando usted comienza a bajarse apresurado las bermudas, recuerde las sabias palabras del doctor Paul Auerbach, también médico de emergencias, pero en este caso del Hospital Universitario de Stanford y, aunque usted no lo crea, especialista en picaduras de medusas, que afirmó tajante y concisamente: “No se ha comprobado científicamente que la orina ayude en las picaduras de medusas, en lugar de eso, el vinagre es el primer y mejor tratamiento”. Así que en vez de hacer escenas no aptas para menores en medio de una playa abarrotada, corra hasta el primer parador y decomise la ensalada del pelado de la mesa cinco, la ciencia y su pareja se lo agradecerán.
Por último quisiera dejarles un consejo a la hora de los dolores de muelas. Hay una vieja creencia que para aliviar ese dolor que nos invadió minutos antes de salir a nuestra cita, lo mejor es entonarse un poco con alcohol. Sé muy bien que esto suena más a excusa de borracho que a remedio casero, pero no me diga que nunca lo escuchó. Pero para evitar suspicacias etílicas, el director de Educación Avanzada en Odontología General de la Escuela Universitaria Baylos, Charles Wakefiled, asegura con tono académico que “un trago de whisky no va a aliviar ningún dolor de muelas” y nos asegura que lo mejor en estos casos, y si no se cuenta con analgésicos ni un dentista a mano, es agarrar un cubito de hielo y rozarlo en nuestras manos. Es que un estudio canadiense demostró que el 50% de los afectados con dolores de muelas aliviaron su molestia con esta práctica. La idea es pasar el hielo en forma de “V” en la palma de la mano, teóricamente la sensación de frío viaja por la misma vía al cerebro que las señales del dolor de muelas, anulando las mismas. Eso sí, si da resultados y antes que se acabe la provisión de cubitos, busque un dentista.