Por Javier Arias
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A lo largo de mi vida he logrado desembarazarme de más de una adicción, desde los caramelos de gelatina hasta otras menos confesables, pero hay una adicción a la cual nada puede hacer mella, ni siquiera la peor acidez estomacal, el café. Puedo prescindir de las medialunas, de las arandelas, de las almohadas de plumas y de hasta de los anteojos de sol, pero no me quiten el café porque está todo mal. Bueno, no tan mal como dice Cristina que dicen los diarios, pero sin lugar a dudas me pondrán de mal humor si no he consumido mi dosis básica de este brebaje.
Mi peor es nada, que me acompaña en esta líquida dependencia, asegura a pies juntillas que ella no infusiona luego de las ocho de la noche, aduciendo que si lo hace luego le es imposible conciliar el sueño. Pero como yo desde siempre estoy de malas con el bueno de Morfeo y difícil que a esta altura concilie nada, no pongo límites horarios a caer en las garras del fruto del cafeto.
Por algo dicen que es una de las drogas más extendidas en la actualidad. Y no me refiero al café en sí, sino a la cafeína, esa nefasta sustancia que ha logrado apresar mi corazón. Ella se encuentra tanto en las semillas del café, como en el mismo cacao, en la nuez de cola – o también conocida como guaraná en esta parte del mundo- y en las hojas del mate y del té.
Y a pesar de que la cafeína se descubrió allá por 1820 seguimos tan vulnerables a sus poderes como el primer día. Unos años más tarde, precisamente en 1838 también se demostró que la teína, el alcaloide descubierto en las hojas de té, era en realidad cafeína, ¡y que en porcentaje era mayor que la que contiene el mismo café!
Lo que sí podemos tener en cuenta, especialmente mi señora esposa, que tanto le rehuye a las tazas de café de las sobremesas de las cenas con amigos, es que la máxima concentración sanguínea de cafeína se alcanza entre los treinta y los cuarenta y cinco minutos posteriores a su ingesta. Luego va disminuyendo, y depende del metabolismo de cada uno, entre las tres y las seis horas ya se ha eliminado la mitad de la dosis que se ha absorbido.
Y como todas las drogas, tiene tanto efectos principales como colaterales. El efecto principal, como uno bien puede imaginar, atento lector, es que disminuye el cansancio y la fatiga, comportándose como un estimulante del sistema nervioso central, facilitando la memorización, la asociación de ideas y la percepción de los sentidos. Una maravilla, vea usted. También aumenta la tensión arterial, cosa no muy recomendable para un servidor, promueve la formación de orina e incrementa la actividad del corazón y los pulmones.
Entre los efectos colaterales se cuenta la dependencia, aunque convengamos que no estamos hablando de terribles síndromes de abstinencia si abandonamos el hábito, teóricamente no pasa de dolores de cabeza, irritabilidad y somnolencia; sin contar una fuerte propensión a vituperar e inventar nuevas formas de insultos que me atacan en esas ocasiones, pero por lo visto estas consecuencias aún no han sido catalogadas académicamente, a Dios gracias.
Otro efecto indeseado es, maldita sea nuestra digestión, la acidez, dicho científicamente -para que usted, fiel lector, disponga de este tipo de datos que hacen las delicias de cualquiera- estimula la secreción gástrica de ácido y pepsina, originando intolerancia gástrica. Un asco, vea usted, y si piensa que entonces sería adecuado encararle al café descafeinado, olvídese, es lo mismo.
Eso sí, si lo nuestro ya es consumo masivo, cuando un pocillo es sinónimo de estudios microbiológicos y nuestra cuenta de cafetería bien podría competir con el presupuesto en salud de un país pequeño de Asía central, ya no hablamos de una cierta estimulación al tan temido sistema nervioso central, sino que ya vamos a estar hablando de una gran excitación, ansiedad e insomnio, temblor, hiperestesia -lo que vendría a ser algo así como un aumento exagerado de la sensibilidad en general-, hiporreflexia -diminución de los reflejos, y basta de guioncitos que se me va el discurso lógico al cuerno-, alteraciones maníacas y convulsiones. En otras palabras, largue con el café que en cualquier momento se convierte en el demonio de Tasmania.
Y si hablamos de excesos, pero excesos en serio, si uno anda buscando un suicidio original, sepa usted, precavido lector, que se necesitan unos diez gramos de cafeína para provocar la muerte de un adulto de setenta kilos de peso, o sea el equivalente de cien cafés, o doscientas latas de gaseosa cola o cincuenta kilos de chocolate, usted elige.
Pero, como bien sabemos, y nos dicen por todos lados, todo es cuestión de moderación, que un café no le hace mal a nadie y mucho menos si es invitado…
Sentado espero.

Nota del autor: Datos extraídos de la página web http://www.uv.es/jaguilar/