Nuevamente sonó el teléfono. Era el Monstruo Hablador, y Faceman contestó: “Hola”.

El Monstruo Hablador habló:
“Sonó el timbre y se puso contento. “Es increíble” – pensó – “cómo el mismo evento, realizado con el mismo objeto, pero puesto en un contexto distinto, puede causar reacciones y emociones opuestas por completo. El sonido estridente de un timbre, del mismo timbre, incluso pulsado por la misma persona, con la misma intensidad y duración, realizado en distintos momentos, significa exactamente lo contrario. El timbre de entrada a clases, por ejemplo, significa entrar al aula, y causa esa sensación de agobio, de malestar infinito, el tiempo se detiene en ese instante para causar un padecimiento casi eterno en apariencia. Sin embargo, el timbre de salida, idéntico al anterior, significa salir, y causa una alegría tal que es casi indescriptible con palabras. Es así como los abogados, los teólogos, los filósofos, en fin, los eruditos que hacen del estudio y la reflexión un estilo de vida, pueden sin demasiado esfuerzo interpretar cosas opuestas de un mismo hecho histórico, y así proliferan las doctrinas, las religiones, los culpables y los inocentes. La civilización completa ha producido guerras devastadoras en nombre de la interpretación distinta que un pseudo-iluminado hizo del mismo y sencillo hecho. Y todo es una vil falacia. La historia real, sacada de contexto, es una falacia.” El timbre sonó de nuevo, el recreo había finalizado. Se puso triste. “Así, a modo de ejemplo, el historiador que ataca puede inferir que el general que organizó el sitio de una ciudad era un militar noble y correcto, mientras que el historiador defensor lo considera un malvado y sanguinario asesino. El general es el mismo, siempre, actúa siempre de la misma manera, pero es juzgado de distintas maneras, incluso aunque ambos historiadores traten de ser absolutamente verídicos. En definitiva, la gente ve lo que quiere ver, oye lo que quiere escuchar. El exitoso, el trascendente, el ganador, no es nunca el veraz. La verdad y la grandilocuencia rara vez van de la mano. El vencedor es aquel que supo convertir un hecho cualquiera, cuyo orígenes son cualquier cosa y sus consecuencias son cualesquiera, en algo que le es favorable a sí mismo y su entorno, en algo que les conviene a quienes lo escuchan y, por ende, lo siguen. Luego, una vez instalado en el poder, puede optar por hacer el mal o el bien, aunque casi siempre el mal predomina. Pero ese ámbito de la condición humana no nos interesa: lo que verdaderamente nos importa es cómo llegó a aquella posición de privilegio. Aquél que escucha un angustiante timbre de entrada y, al pasar del tiempo, cuando todos tenían instalado en el subconsciente el malestar que aquello les había generado, les comunica que no había sido tal, sino que había sido un maravilloso y gratificante timbre celestial de salida, será aplaudido y venerado por la multitud que, plena de goce y placer casi hedonista, lo colocará en el pedestal de la intelectualidad y el poder político. En dominar el arte de la impostura coloquial y del convencimiento del otro sin base teórica se resume cualquier carrera humanística o de letras; no existe otra intención. La oratoria, el discurso, despojado por completo de los hechos reales, o mejor aún, totalmente ajeno y alejado de los hechos reales, sólo puede ser desarrollado por un filósofo brillante. Cualquiera tiene razón si utiliza la verdad como argumento, pero deberá ser un intelectual dotado aquel que pretenda usufructuar la falacia y caer en gracia del resto.”

Continuará…