Por Javier Arias
javierarias@eldigito.com

Hoy voy a nadar contra la corriente. En una época que todos empiezan a mirarse la pancita, calculando cuántos días necesitan para lograr domesticar el deseo salvaje de zambullirse una grande de muzzarella y vencer esos diez centímetros que asoman del cinturón, yo voy a encarar para el lado de los tomates, y no justamente los dietéticos.
(Acá quisiera, querido lector, hacer un pequeño paréntesis, como ya ha visto que escribí al comienzo de esta línea. ¿A qué se debe este singular ensañamiento con los pobres tomates? ¿Será que esta planta perenne, de porte arbustivo, rastrera, erecta o semi erecta, de la familia de las solanáceas, adolece de alguna secreta cualidad que sí tienen, por ejemplo, las achicorias, o tal vez los rabanitos? ¿Será muy malo pisar un tomate? ¿Mancha más que una sandía madura, o que un pimiento morrón? ¿Qué nos han hecho los tomates, que nadie quiere tomar el camino de los? ¿Eh?)
Lo que quería decirles, antes de irme nuevamente por las ramas, es que justamente hoy voy a abandonar estos caminos sembrados de dietas de la luna, clases de aqua-gym y yogures bajos en lactosa y azúcar para contarles una interesente historia de algo exageradamente alto en calorías, los confites de chocolate. Y no se sorprenda, que todo tiene su historia, alguna más interesante que otra, pero nada se salva de la mano impiadosa de los cronistas, hasta las pastillas M&M.
Si yo le digo, por ejemplo, que dichos confites de chocolate nacieron como consecuencia de la Guerra Civil Española, ¿qué me dice? Según cuenta la leyenda, el señor Forrest Mars Sr. (que significa “senior”, o sea el papá de Forrest Mars Jr) un día estaba de viaje por España, y en una de sus salidas en medio de los tiros (vaya viajes que prefería Forrest padre, ¿dónde contrataría sus viajes? ¿en una armería?) encontró soldados que comían perlitas de chocolate cubiertas de azúcar para evitar que se derritieran. La leyenda también dice que este innovador, quien al parecer jamás había visto de estos confites en su vida, se inspiró en esta idea, volvió a casa, fue a su cocina e inventó los confites de chocolate.
No sé cuánto de cierta tendrá esta anécdota, lo que sí sé es que en 1941 se pusieron en venta los primeros M&M, y el bueno de Forrest no paró nunca más de contar billetes.
Arrancaron viniendo en un tubito de cartón, y en 1948 pasaron a la tradicional bolsita. Pero eran todos marroncitos, nada de “dame el verde que te saco un dedo”. Los colores recién comenzaron en 1960, cuando se agregaron tres nuevos colores, el rojo, el verde y el amarillo, y en 1976, el naranja.
¿Y usted, goloso lector, cuál color elige siempre? Si me dice el rojo seguramente en dicho año debe haber sufrido, porque lo discontinuaron, de repente las bolsitas comenzaron a aparecer sin confites de este color. Uno se tienta de pensar que tenía algo que ver con ciertas creencias políticas y su influencia en las golosinas achocolatadas, pero no, el motivo fue mucho menos poético y misterioso, el color rojo se eliminó de la variedad de los confites de chocolate debido a la controversia que se generó en aquella época con los colorantes rojo en las comidas. Y, aunque la empresa haya afirmado que ese colorante no se utilizaba en sus confites, por si las moscas decidieron eliminarlo para evitar males mayores.
Esta ausencia no fue ignorada por millones y millones de amantes de engullirse un puñado de confites derecho al garguero y no pararon de protestar hasta que finalmente, en 1987 el rojo volvió a estar incluido en la variedad tradicional.
Si la movida del rojo le pareció una maniobra genial de la creatividad empresaria, lo que hicieron en 1995 vendría a ser como el doctorado en el manejo colorimétrico del marketing. Ese año la empresa les pidió a los mismos consumidores que votaran por un nuevo color para los confites entre el azul, el rosa y el lila. Votaron más de diez millones de personas y ganó el azul por un aplastante 54%. Sería harto interesante hacer un análisis si votaron más electores por el azul de los M&M que por su presidente, pero tampoco me quiero meter en líos.
Pero si usted es de los que realmente se sienten originales, y escapa a los gustos masivos, no desespere, también tienen una solución, por la módica suma de 46 dólares puede mandarse a imprimir sus propios confites. Eligiendo entre diecisiete colores uno puede mandarles la frase que desee (máximo dos líneas con 8 caracteres cada una) y a vuelta de correo tendrá sus M&M personalizados. Eso sí, que se puede propiciar la libertad de mercados, pero tampoco caer en el libertinaje, porque por ahí hay una cláusula de palabras e ideas prohibidas a la hora de escribir en los confites; o sea, si su idea era regalarle a su suegra un paquete de golosinas con la leyenda “Larga los postres, cetáceo” no creo que tenga éxito.
Así que ya sabe, en una época regida por los menús light y los tallos de apio, mandarse solito una bolsita de confites de chocolate está muy mal visto, por eso, no sea angurriento y pégueme un llamado que yo lo ayudo a reducir calorías.