Por Javier Arias
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Ya todos se han ido y la casa se ha sumergido en el abismo de silencio que precede a todas las tormentas. Apoya el whisky en la mesa, ignorando el apoyavasos y se levanta hacia la ventana. Corre las cortinas y se mira en el reflejo del gran espejo de la sala, y como cada vez, todas las líneas de su cara se aclaran y entiende que el pasado se fue, pasó como el crepúsculo hacia el amanecer.
Y en las penumbras que anticipan un nuevo día se dice para sí que podría permanecer despierto sólo para escucharla respirar. Gira sobre sí y la ve recostada en el sillón, envuelta en su manta violeta, y la mira cómo sonríe mientras duerme, tan cerca y tan lejos, soñando.
Podría pasar su vida en esta dulce claudicación, podría perderse en este único momento para siempre. Lo sabe y se asusta un poco, se estremece y se pasa las manos por los brazos.
Se recuesta a su lado, esforzándose en no despertarla, comienza a cerrar los ojos, pero se detiene, no quiere caer en el sopor, no quiere quedarse dormido. Y él a su vez sonríe, porque sabe que en ese momento comenzaría a extrañarla, y no quiere extrañarla, no. Porque, aunque sueñe con ella, el más dulce de los sueños no alcanza, aún así la extrañaría, y no quiere extrañarla, no.
Siente latir su corazón, tan cerca y tan lejos, y se pregunta con qué estará soñando, se pregunta si estará soñando con él, pero sabe que es un pensamiento mezquino y lo aparta y suavemente le besa sus ojos y agradece que están juntos, porque sólo quiere estar con ella, en este momento para siempre, para siempre, siempre.
No quiere cerrar los ojos, no quiere quedarse dormido, porque sabe que la extrañaría, y no quiere extrañarla, no.
No quiere extrañar ni una de sus sonrisas, no quiere extrañar ni uno de sus besos, ni una de sus palabras, no quiere extrañar ni uno de sus gestos, no quiere extrañar su voz. Sólo quiere estar con ella, ahora mismo, acá mismo
Sentir su corazón muy cerca del suyo, y permanecer, perenne, por siempre en este momento, por lo que queda del tiempo.
Pero el cansancio lo termina venciendo, y su brazo se recuesta sobre su regazo, y su mejilla se recuesta sobre su hombro. Y sueña que la extraña, sueña ese sueño más dulce.
La luz del sol finalmente vence las resistencias de las cortinas y baña la casa, cada rincón vuelve a la vida y ella despierta con su sonrisa. Había estado soñando, pero no recuerda qué. Sin moverse nota su peso cálido. Goza con todo su cuerpo de su presencia y sabe que no quiere extrañarlo, porque ningún sueño, aunque no lo recuerde, no alcanzaría.