Por Javier Arias
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Hace unos días estaba hablando con un amigo sobre la incoherencia de comer frutas secas en Navidad. Convengamos que no descubrimos la pólvora con nuestra disquisición, no somos los primeros en criticar la manía de componer la dieta navideña con más calorías que un termotanque, como si nosotros también tuviéramos nieve sobre el arbolito y la necesidad de andar combatiendo el frío en estas épocas tan poco invernales. Esta idea nos llevó inexorablemente a lamentar la poca cantidad de tradiciones inequívocamente propias, porque, a decir verdad, la mayoría de las veces que nos ponemos a festejar algo, de una u otra forma, lo estamos haciendo sobre historias ajenas. Pero esta hipótesis, tan dada ella al cachetazo intelectual de unos cuántos, se hace cada vez más patente, sino, dígame usted, atento lector, si es muy de criollo eso de andar vistiéndose de naranja y negro y gritar “happy halloween” a quien quiera oírlo. No, ¿no?
Y justamente esto de la nueva costumbre de celebrar el día de brujas fue hacia donde declinó nuestra conversa, ya bastante bañada de cierta cepa patagónica, lo que en cierta medida le quitó lo poco académico que aún podía revestir la misma. Y así fue como me enteré de algunas cosas, cosas que hoy le quería comentar.
Para arrancar le cuento que parece que el término “halloween” es una especie de sinopsis de la frase “All Hallow’s Eve”, que significa “Víspera de todos los santos” y proviene de los celtas. Para esta cultura, el 31 de octubre, día en el que, según me han contado terminaba su año, marcaba también el inicio de la estación del frío, por lo que era considerada como una fecha de transición. Y justamente en esa noche los difuntos visitaban a los vivos, por lo que se encendían fogatas en las colinas para guiar a los espíritus de los muertos a los hogares de los parientes. Además se disfrazaban con las pieles de los animales sacrificados para ahuyentar del pueblo a los demonios que los visitaban y así poder regresar a la normalidad al día siguiente. Agarrate Catalina con las pesadillas que ver al tío Alfonso con una mulita muerta en la cabeza podía llegar a ocasionar en más de un púber impresionable. Pero eran otros tiempos y otras latitudes.
Hablando de latitudes, es curioso saber cómo se enfiestan en otros lugares. En Irlanda, por ejemplo, durante la noche se encienden hogueras mientras los chicos salen disfrazados a pedir dulces y los adultos se enfrascan en juegos como “la búsqueda del tesoro”. En Inglaterra, los chicos se disfrazan de personajes tenebrosos, mientras en sus casas los adultos preparan platos que evocan hechizos y pócimas, como el “elixir de la bruja”, un jugo elaborado con arándanos, naranjas y uvas. Es inglesa también la costumbre de decorar las calabazas. Estados Unidos heredó estas costumbres, pero ahora se está poniendo de moda visitar casas embrujadas, que ciertas agencias de turismo, rápidas para el negocio, ofrecen en tours específicos de noche de brujas.
El caso de México es un caso especial. Ahí se festeja el Día de los muertos, una tradición que venera a quienes ya no están. Y aunque suene paradójico para nuestra mentalidad dramática y melancólica, es una celebración llena de alegría. El primer día de noviembre se honra la memoria de las almas de los niños y al siguiente se recuerda a las almas de los adultos fallecidos. Esta celebración también recibe el nombre de Día de los fieles difuntos.
Y uno se pregunta a esta altura, por qué tanta fascinación por las calabazas, tan poco amables a la hora de andar calándole ojos y narices. Cuenta la leyenda que en la antigüedad las brujas utilizaban los cráneos de sus víctimas para adornar con velas sus ceremonias nocturnas; entonces, a su llegada a América, los paganos irlandeses decidieron usar calabazas, esculpiéndolas con gestos grotescos, hecho que no habla nada mal de estos paganos, sean irlandeses o marroquíes, sin lugar a dudas es mucho más saludable andar cortando calabazas que marotes ajenos.
Pero dejando de lado historias tan poco propicias para andar de jarana y en busca de vivir la vida loca, me quedé un poco con la viveza de estos muchachos de las agencias de turismo del norte. Porque eso de promover tours a casas embrujadas en plena noche de brujas me parece lo más marketinero de los últimos tiempos, diga si no. Y averiguando un poco me enteré que algunos no se conforman con entrar a mansiones llenas de polvo y telas de araña, que vaya uno a saber si tienen fantasmas o sólo polillas. Los más excéntricos tienen ahora un plan para disfrutar de lleno el Halloween; si usted, estimado lector es de aquellos que no se conforman con un disfraz de Frankenstein y necesita optimizar su producción de adrenalina, no se vuelva loco y devuelva el pack de una noche completa en Fuerte Apache, ahora la onda es pasar una noche entera en la legendaria Transilvania, recorriendo la tierra natal del legendario Vlad Dracul, escuchando las escalofriantes historias de los “lugareños”, para terminar la velada en un castillo medieval durmiendo en cómodos ataúdes. ¿Le parece? ¿Le reservo una doble con desayuno?