Por la Dra. Patricia Chambón de Asencio
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En el transcurso de esta semana, en que la tranquila atmósfera de Madryn se enrareció con hechos de violencia en distintos escenarios, me topé con el comentario “- No me gusta el conflicto, pero reconozco que es necesario para la evolución -”. Estas palabras habían sido pronunciadas en tono de obediencia consensuada, como acatando tácitamente una antigua ley que nos sigue rigiendo. Sin duda alguna, este comentario casual, dejaba traslucir los girones de un viejo paradigma con su lógica pertinente que día a día se nos muestra más obsoleto.
Cierto es que todavía muchos piensan que la mejor forma de erradicar una enfermedad es matando al germen. Así luchamos contra los agentes extraños que invaden el organismo para exterminarlos lo antes posible. Para esto ingerimos anti-bióticos (“anti-vida”) o utilizamos métodos que nos aseguren la muerte de los microorganismos invasores. La misma metodología que utilizamos para mantener la salud en nuestro cuerpo, es utilizada para mantener el equilibrio saludable de una comunidad o un país, exterminando o erradicando a los agentes creadores de desequilibrio y enfermedad social. Para esto se levantan muros, se crean cárceles cada vez más grandes, se bombardean ciudades y se utiliza cuanto medio tecnológico esté al alcance para controlar todo agente extraño que pudiera perturbar la tranquilidad de una comunidad o de un país. Los ejemplos sobran. Las Guerras Mundiales, el Holocausto, la Guerra Fría, los exterminios raciales y religiosos, las dictaduras militares y todas las persecuciones instauradas con el objetivo de “erradicar” drásticamente a los agentes de conflicto.
La palabra conflicto trae en sí misma el germen combativo. Porque todas estas acciones de lucha y exterminio son suscitadas por una divergencia entre diferentes ideologías, religiones, razas o culturas. En definitiva, el conflicto se genera a partir de formas diferentes de ver y estar en la realidad.
Hasta ahora creíamos que se dirimía un conflicto imponiéndose. Siempre gana el más fuerte, el que persiste más tiempo, el que tiene más armas, el que coloniza y avasalla más rápido. Así se concluye un conflicto, como lo dice el dicho “muerto el perro se acabó la rabia”. Es decir, se termina la “enfermedad”. Pero lo cierto es que la enfermedad vuelve aparecer, de otra forma, en otra zona del organismo, en otros sistemas. Sigue allí. Entonces comenzamos a dudar de que estos métodos drásticos sean capaces de solucionar conflictos realmente de forma saludable. Nuestra comunidad planetaria, nuestra Humanidad toda, como un cuerpo que ha tomado demasiados antibióticos, está pidiendo otro tipo de abordaje para estos temas.
Que hayamos actuado de esta forma durante miles de años no quiere decir que tengamos que continuar haciéndolo. Especialmente si a lo largo de la historia, una y otra vez, hemos comprobado su ineficacia y los resultados logrados, lejos de ser los esperados, han dejado un cuerpo social dolorido y poco saludable.
Esta premisa darwiniana que sostiene que “el conflicto es necesario para la evolución”, se sustenta en una idea divergente. Para que haya conflicto tiene que existir la creencia de que “el otro” interfiere en el logro de las metas que me propongo alcanzar. Es decir, el otro es un opositor. Se establece así la dinámica de pares de opuestos: víctima-victimario, opresor-oprimido. Indefectiblemente esta dinámica nos lleva a la lucha. Una vez que estamos instalados en el esquema mental de lucha es muy difícil que podamos sustraernos a él. En ese ámbito cualquier desborde puede suceder y las emociones turbulentas que caracterizan al conflicto pueden fácilmente pasar a la acción transformándose en actos impensados.
Probablemente el conflicto haya sido parte de la evolución de la Humanidad en las etapas más primitivas. Pero hoy ya no es la forma de acceder a un nivel evolutivo superior. Estamos viendo día a día adónde nos van llevando nuestros conflictos. Justamente al punto opuesto de lo deseado. Porque no es a través de la oposición que llegaremos a la solución esperada, ya que el conflicto se sustenta en una visión divergente de la realidad, una Lógica Divergente que nos coloca en un lugar escindido, separado del Universo. Esta visión responde al Viejo Paradigma Mecanicista desde el cual nos vemos como meros espectadores pasivos de la realidad circundante. La Física Cuántica nos trae aires nuevos sobre esto y nos muestra que estamos inmersos en un Universo interdependiente donde “el otro” es creación proyectiva de mis propias creencias. En el cuál luchar contra el otro carece de sentido ya que sería como pelear contra nuestra propia sombra.
Si nos damos cuenta, podemos transformar esta concepción restringida de la realidad que estamos aún sosteniendo, entonces la resolución del conflicto comienza en nosotros mismos.
La creencia de que el otro interfiere en el logro de mis metas se transforma en “puedo lograr mis objetivos sin tener que destruir al otro o esperar que fracase”. La creencia de ser víctima da lugar a la certeza de que “soy capaz de obtener mis objetivos, soy apreciado por mis capacidades y me siento feliz por eso”. La creencia de que la propia visión de la realidad es la correcta se convierte en “la Realidad es diversa, sólo veo una pequeña parte de ella y puedo ser tolerante con otras perspectivas que desconozco”.
Cuando cambiamos el esquema mental de referencia, cuando salimos del “modo conflictivo”, podemos utilizar una serie de recursos que antes estaban invalidados. El diálogo, la cooperación, la sinergia, la solidaridad, la valoración de las diferencias y el respeto por la diversidad generan el terreno fértil para la verdadera transformación. Surge así la Creatividad. Las mejores ideas ocurren y el beneficio para todos es una constante.
Todos sabemos que un organismo bien nutrido y equilibrado difícilmente enferme. Las personas sanas no necesitan vivir en burbujas asépticas. Las personas sanas han logrado un equilibrio saludable en sus cuerpos integrando sus procesos internos con el entorno, sin conflicto.
Nuestra Humanidad necesita un equilibrio saludable, integrando todos sus componentes, sin conflicto, para poder abrirse a una nueva Vida.
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