Por la Dra. Patricia Chambón de Asencio
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Recién recibida como Médico, tuve la oportunidad de asistir en Mendoza, mi Ciudad natal, al Congreso Iberoamericano de Psicología. Entre las tantas actividades que este encuentro ofrecía había un taller de Psicología Gestáltica al que acudí. Nunca pensé, cuando entré allí, que estaba ante las puertas de una nueva percepción de mí misma. La disertante, una reconocida terapeuta brasilera nos hizo hacer un ejercicio de auto percepción de a dos personas que consistía en que una preguntara a la otra, mirándole a los ojos, “¿Quién eres tú?”. La que era interpelada, sin desviar la mirada, respondía para sí misma en silencio. La misma pregunta se repetía hasta que la persona que era interrogada, si deseaba detener el ejercicio bajaba la mirada. Cuando llegó mi turno, miré a mi compañera a los ojos y me entregué al juego. Las preguntas eran respondidas rápidamente en mi interior, “soy una mujer”, “soy un ser humano”, “soy un habitante de la Tierra”, “soy un alma haciendo una experiencia”. Tan veloz resultó este proceso que a la siguiente pregunta ya me había quedado sin respuesta. Fue muy fuerte la sensación interna de vacío cuando al recibir el próximo “¿Quién eres tú?” sólo respondió el Silencio. Se abrió, entonces, en mi interior la Nada total. Me angustié bastante. Mientras la mayoría seguía preguntándose y llegaban a las 15 preguntas, algunos a las 30, yo trataba de comprender qué me había sucedido. Sólo mucho tiempo después de haber vivido esta experiencia pude comprender la importancia profunda que tenía. Ese día, sin pensarlo, sin darme cuenta y jugando, llegué hasta la puerta del Infinito que existe en el interior de cada uno de nosotros. Vivencié la disolución del yo.
Curiosa y preocupada por mí “rara” reacción, pregunté a mis compañeros cuáles habían sido sus respuestas. Encontré que había cierto orden común en la mayoría de las respuestas: “soy Fulanito, …de tal sexo, …de tal profesión, …hijo de, …hermano de, …esposo de, …padre de, …de tal religión, …de tal cuadro de fútbol, …de tal partido político, …de tal barrio, …de tal provincia, …de tal país “ Algunos allí habían comenzado a experimentar esa sensación de quedarse sin respuestas con cierta desazón, otros habían seguido respondiendo con características con las que se sentían identificados: “soy un amante de las papas fritas” o “soy un gran lector”, resguardándose hasta pasar las 30 preguntas.
Aquel sencillo ejercicio develó ante nuestros asombrados ojos, como si desgajáramos una cebolla catáfila por catáfila, las diferentes capas de lo que llamamos “identidad”. Allí quedaron expuestas esas características con las que hemos aprendido a identificarnos, que nos resultan conocidas y forman el bagaje que nos hace decir “yo soy” esto.
Sin embargo ¿qué hay más allá de todas esas capas con las que nos identificamos? ¿Somos solamente eso? Capas de nombres, profesiones, gustos, ideologías, creencias o… ¿hay algo más? Como respuesta a esa pregunta acude a mí aquella sensación vivida, impregnándome nuevamente de Silencio y Vacío de toda forma donde solo el Ser Original se manifiesta.
Durante el proceso de desarrollo vital nos vamos complejizando cada vez más. Adquirimos funciones, títulos, roles a los que nos habituamos y pasan a ser parte de uno mismo. Así parece ser, mientras más simples somos menos capas tenemos para desgajar. Por esto, los niños a edad temprana, cuando aún no han sido “escolarizados”, están tan cerca de esa otra dimensión del Ser. La Vida se toma tiempos diferentes para hacernos caer esas capas de nuestra identidad. Así nos vamos exponiendo a los distintos cambios tales como la etapa de “el nido vacío”, la menopausia, la jubilación, el divorcio y otras tantas situaciones vitales donde se siente profundamente el desprendimiento de esa capa protectora y conocida que nos daba comodidad y seguridad. Si me identifico con las experiencias de mi pasado personal, familiar, social y cultural: ¿Eso soy? ¿Soy lo que aprendí de mis mayores, lo que me enseñaron en la escuela y la universidad? ¿Soy la profesión que he desarrollado, los títulos que he adquirido, el reconocimiento social que me ha rodeado? Los ”soy La Diva” o “soy el Gerente General de la Empresa Tal” o “soy la Señora de Tal” un día caducan y dejan de tener vigencia. Cuando esto sucede sentimos que algo ha cambiado y que ya no será lo mismo. Generalmente este proceso va acompañado de sufrimiento porque no aceptamos fácilmente desprendernos de nuestros roles habituales. Sin duda alguna, si mi identidad está arraigada a estas funciones, creencias y hábitos que conforman mi yo, cada vez que me desprendo de alguno de ellos lo vivo como un “dejar de ser”, es decir como una muerte. Así es, algo se muere, algo se termina, pero no es el Ser. Lo que se desgaja, se cae y no perdura es la identificación que se tiene con la idea de lo que “yo” soy. Si nos aventuramos a explorar un poco más allá descubriremos que podemos transformarnos y seguir viviendo. Que lejos de ser un sufrimiento, si aprendemos a soltar las capas de nuestro yo, a des-identificarnos de ellas, podremos vivir más livianos fluyendo con las distintas corrientes de la Vida asombrados y felices.
Si todo cambia, si todo es perecedero, si nada permanece: ¿dónde ubicamos nuestra identidad entonces? Esta es una hermosa pregunta para hacernos cada amanecer, cada día, atreviéndonos a desnudar nuestra Esencia, capa tras capa, hasta llegar al lugar del Silencio donde ya no hay preguntas, donde sólo existe el Ser Original.

Ese día podremos decir: Yo Soy.