No podemos pasar alrededor de cinco minutos sin mirar el celular, 80% lo usa mientras ve la televisión (somos multitask) y casi 20 millones de personas accede regularmente a Internet en nuestro país (el 47,7%). Los smartphones representan 40% de los teléfonos móviles (la cifra se ha disparado respecto a los últimos años) y, según algunos estudios, los consultamos (o toqueteamos, es una especie de tic) poco más de 10 veces por hora, lo que, quitando las ocho de sueño, nos da una cifra que supera las 160 veces al día.
Es una escena común que en una comida con amigos haya un momento de la tarde en el que estás con la mirada puesta en él. Sí, aunque no haya alertas; desbloquear y mirar la pantalla es algo automático. Y, lo peor, podemos estar un largo rato sin emitir ni una sola palabra.
El celular roba toda nuestra atención y nos está pasando factura: llegan los tecnoachaques. Los médicos incorporaron en sus diagnósticos dolencias 2.0; como las que se describen:.

Tecnoestrés

La necesidad de estar conectados todo el tiempo puede derivar en un trastorno (cada día más frecuente; afecta a una de cada tres personas), conocido como tecnoestrés o estrés tecnológico.
Buscas, observas, lees, guardas, organizas y generas información continuamente. No importa si te encuentras de vacaciones, fuera de la oficina o vas de camino al gimnasio.
El smartphone ha hecho que tengas todo en tu mano (hasta correo electrónico), por lo que es importante desconectarlo. Esta situación puede conducir a una sensación de ansiedad, estrés y nerviosismo que puede pasarnos factura.
Además, hay otro caso de estrés 2.0, se da cuando todo evoluciona antes que tú. Este desorden aparece en modo de frustración y miedo a no saber adaptarte.

Nomofobia

“Y si me mandan un WhatsApp importante? ¿No tener acceso a mi Instagram mientras ‘disfruto’ de una trago con mis amigos? ¿No leer lo que sale en Twitter ni saber qué es tendencia?”.
La adicción del siglo XXI se llama nomofobia y no es otra cosa que el miedo irracional a salir de casa sin el teléfono celular. Al igual que llevarlo encima y quedarte sin batería. ¿Te suena? Según la plataforma Descontect@, este término es un trastorno que sufre, sin saberlo, el 77% de la población.
Datos como el que nos da Rastreator (76.4% de los usuarios reconoce que mirar el celular es lo primero que hace cuando se levanta o lo último antes de acostarse) son garantía de ello. Ansiedad, depresión, inseguridad, taquicardia o dolores de cabeza son algunos de sus síntomas.
Y paradójicamente también el aislamiento, ya que la nomofobia puede derivar en sufrir phubbing, que consiste en ignorar a quienes nos acompañan, pero prestar más atención al smartphone.

¿No te acordás? Es el síndrome de Google

¿Rememoras la última vez que tomaste papel y lapicera para hacer una división? Entonces, mejor no hablamos de las raíces cuadradas. ¿Memorizar un suceso histórico pudiendo buscarlo en la red? ¿Aprenderte un número de teléfono? Si se apaga tu celular, que no te pidan ni uno.
Abusar de la ‘memoria externa’ que nos da nuestro teléfono ha conseguido, de acuerdo con una investigación de la psicóloga Betsy Sparrow, profesora adjunta de la Universidad de Columbia en Nueva York, que retengamos cada vez menos información.
El estudio sugiere que la población ha comenzado a utilizar Internet como su “banco personal de datos”. ¿La parte positiva? Que cada vez somos más hábiles para encontrarlos.

Apnea del Whatsapp: ¡Estamos enganchados!

Otra de las adicciones que ya está tipificando como tal y que los médicos diagnostican es la de apnea del WhatsApp. Los psicólogos la definen como la ansiedad que genera en nuestro cerebro la consulta compulsiva de mensajes.
Para entendernos, entre los usuarios de esta aplicación (¿quién la usará?) se genera un alto nivel de dependencia a la recepción y envío de mensajes. No tenerlos genera un estado de alteración psicológica que provoca ansiedad.
Para los pacientes de esta tecnopatía estar un rato, una mañana o, en el peor de los casos, un día sin esta app genera un estado de inestabilidad o inseguridad emocional. El grado de dependencia y adicción puede originar tal ansiedad que cuando no existe comunicación se genera desánimo y frustración.

Síndrome de la llamada imaginaria

“Juraría que ha sonado mi teléfono”. Te acercas, lo miras y nada. No existe llamada perdida. ¿Te ha pasado alguna vez? Es el denominado Síndrome de la Llamada Imaginaria y, aunque lo veas un poco excesivo, según la consultora TechHive, el 70% de los usuarios ha tenido esta sensación.
Otra de las caras que muestra esta dolencia es cuando, con el teléfono en versión mute (sin sonido) oyes su vibración sin que haya notificaciones que te reclamen. Su nombre es todavía más extravagante: el Síndrome de la Vibración Fantasma. ¿Nunca te ha parecido que estaba vibrando tu móvil y al sacarlo de tu bolsa no había nada?
El cerebro se acostumbra a encontrarse atento a tu smartphone, por lo que cualquier impulso de nuestro cuerpo lo asocia rápidamente a un aviso del dispositivo.

Cuidado con tu piel…

Porque no se encuentra exenta de riesgos. Apoyar la laptop sobre las piernas puede pasarte factura sin que te des cuenta. Los daños que presenta la piel cuando se observa con microscopio son similares a los que provocan las quemaduras solares, según informa la agencia estadounidense AP.
Los principales fabricantes de ordenadores portátiles, como Apple, Hewlett Packard o Packard Bell, advierten en sus manuales que exponer la piel al calor durante un tiempo prolongado puede causar quemaduras. En casos extremos podrían quedar cicatrices.

Síndrome de fatiga visual digital

Leer sobre pantalla trae consigo un malestar frecuente: el cansancio ocular (también conocido como Síndrome de Fatiga Visual). Un mal que, aunque no es grave, puede provocar trastornos en tu salud visual, enrojecimiento de los ojos, escozor, mareos, estrés…
¿La causa? Esfuerzo muscular excesivo. Para descansar los músculos oculares alterna la visión entre un objeto cercano y otro lejano cada 20 minutos, mirando por la ventana, por ejemplo; parpadea (para evitar la sequedad) y ajusta el brillo y contraste de la pantalla para que esté acorde a la ambiental.

¿Tienes cuello Iphone?

“Lo reconocerás por la pérdida prematura de la elasticidad y firmeza de la piel que lo rodea, con la consecuente aparición de doble mentón, papada y arrugas”, así lo explica el doctor Lajo Plaza.
“Esta problemática parece estar asociada a la frecuencia, cada vez mayor, de doblar el cuello hacia adelante para mirar la pantalla del smartphone, la lap o la tablet…”.
Según una encuesta de Intel, 40% de los usuarios permanece las 24 horas del día conectado a sus dispositivos, y ocho de cada 10, duermen con el celular al lado.
“El movimiento constante de bajar el cuello hacia adelante para mirar la pantalla provoca distensión en los tejidos, descolgamiento y una menor resistencia a la gravedad».
Esto ha hecho que personas muy jóvenes comiencen a manifestar síntomas como flacidez en el cuello y barbilla, así como arrugas prematuras, patologías más comunes en pacientes de avanzada edad”, señala el doctor.
“Hay que tener en cuenta que el cuello es una zona muy delicada que carece de soporte óseo que la sostenga y cuya piel es mucho más fina debido a que tiene menos glándulas sebáceas, poco tejido adiposo y menor densidad de las fibras conjuntivas.
La única solución es nutrir esas arrugas en profundidad con ácido hialurónico y vitaminas”. Otro punto a tomar en consideración son las radicales libres emitidos por estos aparatos. “Conviene incluir en la rutina antioxidantes que contrarresten la sobreexposición a estos agentes”.

La terapia del shock eléctrico

Una periodista puso a prueba la pulsera Pavlok, que emite shocks de 200 voltios, con el objetivo de reducir el mal hábito de usar el teléfono inteligente en la cama antes de dormir
La técnica de la «zanahoria» (recompensa) y «garrotazo» (castigo) podría ayudarte a dejar ese mal hábito de andar leyendo en el teléfono antes de dormir
La técnica de la «zanahoria» (recompensa) y «garrotazo» (castigo) podría ayudarte a dejar ese mal hábito de andar leyendo en el teléfono antes de dormir.
Se llama Pavlok y su uso es algo polémico. Algunas personas dicen que es solo un artilugio, otras que sirve de ayuda para romper hábitos como morderse las uñas o comer dulces.
Es un dispositivo en forma de pulsera de silicona. No es precisamente fina y discreta, pero la idea no es que lo sea. La correa roja brillante envuelve una batería rectangular recargable que se coloca sobre la muñeca y puede dar descargas de más de 200 voltios. En la parte de arriba tiene impreso un rayo, así que no hay riesgo de que olvide lo que hace.
El fundador y director de la empresa a cargo de Pavlok, Maneesh Sethi, dice que puede ser efectiva para quitar los malos hábitos, incluso en apenas cinco días.
El dispositivo emite descargas eléctricas con el objetivo de eliminar malos hábitos.
El nombre Pavlok mezcla el apellido de Ivan Pavlov, el famoso psicólogo ruso que condicionó perros a segregar saliva cuando escuchaban el sonido de una campana a la hora de comer, y la palabra shock.
Quienes desarrollaron la pulsera esperan que, al incurrir en el comportamiento indeseado, el usuario se provoque una descarga que asocie ese mal hábito con algo desagradable y comience a disfrutarlo menos, reduciendo el tiempo que le dedican.

Recompensa vs. dolor

El castigo es un tipo de «condicionamiento operante». Mientras que una recompensa es una consecuencia que refuerza o aumenta un determinado comportamiento, un castigo es definido como una consecuencia que supuestamente reduce una conducta.
En diversos experimentos, los investigadores han intentado comparar cómo la gente responde al castigo y las recompensas. Por ejemplo, en un estudio publicado en la revista especializada Cognition, los participantes ganaban o perdían fichas, equivalentes a una pequeña cantidad de dinero, dependiendo de su desempeño al hacer una tarea.
Los investigadores encontraron que incluso un castigo pequeño (perder fichas) era suficiente para que cambiaran sus decisiones en tareas posteriores, relacionadas con un mayor monto de recompensa.
«Eso significa que hay una reacción distinta en el cerebro a las ganancias y pérdidas», dice uno de los encargados del estudio, Jan Kubanek, un estudiante de doctorado sobre fisiología molecular y celular en la Universidad Stanford, EE.UU.
«Sin importar cuánto habían perdido los participantes, ya fuesen cinco o 25 centavos, la cantidad no afectaba la respuesta de ‘evitación’ (apartarse anticipadamente a una estimulación aversiva). La persona evitaba la elección de la conducta con la misma fuerza, independientemente del número de puntos o centavos que perdiera».
Y eso no fue lo mismo en el caso de las recompensas. «Cuando ganás cinco centavos es probable que repitas esa elección, pero la tendencia es más débil que cuando ganás 25 centavos», explica Kubane.
«Entre más ganes, hay más probabilidades de que repitas tu elección previa. Sin embargo, en el caso de las pérdidas cualquier cantidad lleva a un comportamiento de evitación más fuerte».
Kubanek dice que los resultados podrían ser usados para determinar cómo la retroalimentación negativa y el castigo se reparten fuera del laboratorio. En un ambiente académico, por ejemplo, los profesores podrían estructurar los grados en términos de puntos positivos y negativos.

La amenaza parece ser suficiente

¿Quizás pagarles una pequeña multa a nuestros seres queridos por nuestros malos hábitos sea más efectivo? Las investigaciones también sugieren que la amenaza de un castigo podría, en algunos casos, influenciar nuestro comportamiento. Un estudio indicó, por ejemplo, que solo ver unos ojos pintados en una pared era suficiente para hacer que las personas dejaran de tirar basura, pues se sentían observadas y querían evitar ser atrapadas y castigadas.
Sin embargo, debe destacarse que en estudios posteriores fue difícil replicar los efectos provocados por los ojos que observan.
En su libro, God is Watching You («Dios te está mirando»), Dominic Johnson argumenta que el temor de sufrir un castigo sobrenatural, ya sea en la forma de Dios, infierno o karma, promueve la cooperación dentro las sociedades, más allá de las instituciones gubernamentales.
«La acción de los gobiernos y la policía es limitada. La vigilancia es baja y el castigo es limitado», apunta Johnson. «Sin embargo, para un dios la vigilancia es omnipresente y los castigos infinitos. Los dioses pueden ser mucho más poderosos que la policía. Por lo menos entre los que son firmes creyentes».
Y hay algunas evidencias que respaldan esa idea, incluyendo un estudio hecho por el psicólogo Azim Shariff en el que se encontró que los bajos índices de delincuencia en algunas sociedades guardaban correlación con la creencia en el infierno por parte de sus habitantes.
«Y eso se relacionaba con su creencia en el cielo», añade Johnson. «Algunos se molestaron por eso, pero la idea era que las personas tiene más probabilidades de cooperar cuando intentan evitar el infierno, más que buscar llegar al cielo».

Y la pulsera… ¿resultó?

La adicción al teléfono puede afectar el sueño y hasta causar ceguera. Esa posibilidad de ser castigados podría ser la razón por la cual algunas personas han encontrado que darse descargas eléctricas con la pulsera Pavlok resulta efectivo.
Con solo mirar, al acostarme, el rayo grande de mi pulsera roja, me recordaba que tendría que darme yo misma una descarga para poder usar el móvil en la cama. Aunque verlo no fue suficiente para que dejara de hacerlo totalmente, sí hizo que mi objetivo fuese lo primero que me viniese a la mente y pasé mucho menos tiempo conectada cada noche.
Sin embargo, después de darme descargas en la cama mientras usaba el teléfono por cinco días, puedo decir que no sirvió para curar mi hábito de usar el móvil en la noche. Lo que terminó dando resultado, por lo menos durante la siguiente semana, fue imponerme yo misma una exorbitante multa que le pagué a mi esposo para que se gastara el dinero en artículos innecesarios.
Después de una noche, la pérdida financiera fue lo suficiente grande para mantenerme alejada del teléfono ese tiempo extra. Luego de concluido mi experimento, sin embargo, volví a mis antiguos hábitos, lo que sugiere que tendría que darme choques de corriente y desembolsar dinero indefinidamente. Y eso es algo que quizás sea un precio demasiado alto que pagar.