Crece la incesante paradoja de la alimentación en la salud a nivel mundial. Mientras el número de niños y adolescentes con obesidad se ha multiplicado por 10 en los últimos 40 años, las cifras de bajo peso en la población infantil continúan siendo alarmantes. Así se desprende de un detallado estudio que acaba de publicar la revista ‘The Lancet’.
Concretamente, de 1975 a 2016, las niñas con obesidad pasaron de ser cinco millones a 50 millones. En el caso de los niños, y en ese mismo transcurso de tiempo, la cifra incrementó de seis millones a 74 millones. Se trata de «un análisis global de tendencias en obesidad infantil y adolescente realizado en 200 países y que incluye datos no examinados anteriormente sobre la media del índice de masa corporal y el bajo peso en pequeños por encima de los cinco años hasta los 19», subrayan los autores del trabajo, elaborado por el Imperial College London y la Organización Mundial de la Salud (OMS).
En nuestro caso, el Panorama de Seguridad Alimentaria y Nutricional elaborado por la OPS/OMS y la FAO ubica a la Argentina primera en el ranking regional de obesidad. Según ese informe, el 9,9% de los niños menores de cinco años padecen el problema. Para otros organismos, en cambio, figura segunda con un 7,3%.
La investigación pone en la ‘diana’ el problema de obesidad infantil y adolescente que sufren algunos países. Según sus datos, a la Argentina la siguen Perú, con 9,8%, y Chile, con 9,5%. «En escuelas y en chicos de entre 11 y 12 años, llegamos a ver hasta un 48% de obesidad», dice Irina Kovalskys, coordinadora del comité de nutrición, obesidad y actividad física de Ilsi (Instituto Internacional de Ciencias de la Vida) y docente de la carrera de Nutrición de la Universidad Favaloro.
Pero no es solo un problema de América, en otras latitudes, por ejemplo, en ciertas islas de Polinesia la tasa de obesidad supera el 30% de esta parte de la población. En Estados Unidos, este porcentaje no baja del 20%, igual que ocurre también en algunas naciones de Oriente Medio y el Norte de África, como Egipto, Kuwait, Qatar y Arabia Saudita. Tampoco se salva de un alto porcentaje El Caribe (Puerto Rico). En todo el mundo, en 2016, había 124 millones de niños y adolescentes obesos y 213 millones con sobrepeso.
Haciendo un recuento general, la prevalencia global ha aumentado del 0,7% al 5,6% para las niñas y del 0,9% al 7,8% para los niños. «Las tasas de obesidad infantil y adolescente han aumentado significativamente en las últimas cuatro décadas en la mayoría de los países del mundo», afirma Jame Bentham, de la Universidad de Kent (Reino Unido).

Arrastres de la modernidad

«La obesidad es un fenómeno global que no parece ceder y que impacta con mayor intensidad en nuestros países -dice Esteban Carmuega, director del Centro de Estudios sobre Nutrición en la Infancia (Cesni)-. En adultos, la Argentina incrementó un 18% el exceso de peso en la última década, pero la obesidad un 45%. Según la Encuesta Mundial de Salud Escolar, hecha en 2007 y 2012, en los adolescentes, el incremento del sobrepeso fue un 16% y el de la obesidad un 34%. Hoy, uno de cada cuatro escolares tiene sobrepeso. Probablemente la mayor parte de ellos serán adultos obesos y el tratamiento es poco eficaz. En 30 años, nuestras guardias estarán colapsadas de diabetes e infarto temprano.»
Este panorama no presenta grandes diferencias entre las distintas provincias, ni entre ciudades y medio ambiente rural.

Comer y padecer

«El signo obesidad se está haciendo cada vez más precoz -coincide el doctor Julio Montero, ex presidente de la Sociedad Argentina de Obesidad y Trastornos Alimenticios (Saota)-. Esto permite prever que el futuro para estos chicos y para el conjunto de la población no es muy esperanzador.»
Aunque la obesidad en la infancia se asocia menos con hipertensión o resistencia a la insulina, como sucede en los adultos, lo que sí se sabe es que precede y es un condicionante de la obesidad del adulto, de muy difícil tratamiento. «Una vez establecida, es menos curable que muchas formas de cáncer», dice Carmuega.
«El verdadero problema es que no sabemos cuáles son las causas de la obesidad infantil -explica el especialista-. Sí conocemos algunos mecanismos, sabemos que no hay una sola obesidad, sino muchas, y que su consecuencia final es el aumento de la masa lipídica.»
«El exceso de peso muestra que hay una respuesta acelerada e inconveniente -subraya Montero-. No es inadecuada: por el contrario, es adecuada al entorno. Está vinculada con la aparición de patrones metabólicos que cuando persisten en forma crónica se acompañan del desarrollo de enfermedades.»
Para el nutricionista chileno Ricardo Uauy, «la obesidad se debe en forma predominante a un desbalance entre lo que comemos (alimentos que nos aportan energía) y lo que gastamos (cuán activos somos en nuestros trabajos y en nuestro tiempo libre). Si comemos más de lo que gastamos, nos ponemos obesos. Esto suena muy simple, pero la realidad es que hoy en día no comemos para alimentarnos, sino por el placer de lo dulce y de lo salado; o por 10 o más razones que cada persona tiene. Por cierto, el marketing comercial nos invita a sobreconsumir una y mil veces, y en paralelo nos ponemos más sedentarios; de forma tal que la energía no gastada independientemente de su origen nos lleva a acumular grasa más allá de una reserva moderada para los tiempos de vacas flacas. En esto, las leyes de la conservación de la energía son muy claras.

Hay que encarar el tema

Como señala la presidenta electa de la Asociación Europea para el Estudio de la Obesidad (EASO), Nathalie Farpour-Lambert, «la obesidad infantil es uno de los mayores desafíos de la salud en el siglo XXI». En Europa, el 19%-49% de los niños y el 18%-43% de las niñas tiene sobrepeso u obesidad, lo que representa aproximadamente entre 12 y 16 millones de jóvenes afectados. Y, en vista de los nuevos datos, esta ‘plaga’ continúa aumentando, excepto en Dinamarca, Francia, Suecia y Suiza, donde parece que las cifras se van nivelando.
En España, según la investigación de la OMS, entre 1975 y 2016, la prevalencia de la obesidad ha aumentado en niños del 3% al 12% y en niñas, del 2% al 8%. En este punto, María del Mar Tolín Hernani, especialista de la sección de Gastroenterología y Nutrición Infantil del Hospital Gregorio Marañón de Madrid, aclara que en los últimos años, «gracias a las políticas (como el desayuno saludable y la promoción de actividad física) dirigidas a la población infantil en los colegios, la prevalencia se ha estancado».

La antesala de las nuevas enfermedades

A los expertos les preocupan las consecuencias del aumento excesivo de peso durante los primeros años de vida. Está claramente asociado con un mayor riesgo y aparición temprana de enfermedades crónicas como la diabetes tipo 2 y también se relaciona con peores resultados psicosociales y educativos.»La obesidad infantil es una enfermedad compleja con una base multifactorial. Se ha demostrado que tiene una fuerte asociación con la mortalidad y morbilidad de los adultos», señala Farpour-Lambert, quien argumenta que esta condición, una vez aparece en fases tempranas, tiene tendencia a continuar a lo largo de la vida y cuanto mayor sea la exposición, más riesgo habrá de sufrir enfermedades crónicas. «Más hipertensión, más hiperglucemia, hipercolesterolemia… Con repercusión a todos los niveles: incremento del riesgo cardiovascular, infartos, ictus, problemas de morbilidad y también de mortalidad», agrega la especialista española al comentar esta investigación internacional.

Extremo opuesto: desnutrición y bajo peso

Al otro lado de la moneda se encuentra el reto del bajo peso que sufren 75 millones de niñas y 117 millones de niños en 2016. Casi dos tercios de esta población viven en el sur de Asia, según concluye esta investigación que reúne datos de 2.416 estudios. En total, han participado 129 millones de personas de 200 países, lo que incluye 31,5 millones de niños y adolescentes entre cinco y 19 años, sobre los que se han realizado estimaciones de tendencia en el índice de masa corporal.
Las altas tasas de malnutrición en la población infantil suponen un mayor riesgo de enfermedades infecciosas. Para las niñas en edad fértil se asocia, además, con más mortalidad materna, complicaciones de parto, parto prematuro y lento crecimiento intrauterino. Sólo en el sur de Asia, el 20,3% de las niñas tenían bajo peso en 2016.
Esta doble realidad en la salud alimentaria mundial, apuntan los investigadores del Imperial College London, obliga a reflexionar sobre la «necesidad de mejorar las políticas que aborden al mismo tiempo el exceso de peso y la desnutrición».
En palabras de la presidenta electa de la AESO, «la infancia es una oportunidad única para tener un impacto en la vida, la calidad de vida y la prevención de las discapacidades […] Es necesaria una acción urgente».
Para el Grupo de Trabajo de la Obesidad Infantil de la AESO, «considerar la obesidad como una enfermedad crónica es un paso crucial para aumentar la conciencia individual y social, mejorar el desarrollo de nuevas intervenciones preventivas y políticas de salud y mejorar el cuidado de los niños con obesidad en todo el mundo».

Cómo regular y prevenir

En este sentido, aunque se han desarrollado algunas iniciativas para aumentar la conciencia sobre la obesidad en las etapas iniciales de la vida, el profesor Majid Ezzati, firmante del estudio, se atreve a señalar que «la mayoría de los países de altos ingresos han sido reacios a usar impuestos y regulaciones industriales (…)
Muy pocos programas intentan que alimentos como las frutas y verduras sean más asequibles para las familias con menos recursos». Precisamente la inaccesibilidad a los alimentos más saludables es lo que conduce a un aumento de la obesidad. No obstante, los autores de este análisis recuerdan que las políticas para prevenir la obesidad infantil deben ir acompañadas de terapias conductuales para modificar la dieta y el ejercicio.
En caso necesario, debe compaginarse además con el manejo de posibles problemas asociados como la hipertensión y facilitar el acceso a tratamientos con cirugía.
Lo que está claro, afirma otro de los autores del documento, Leanne Riley, es que «las tendencias muestran que sin una acción seria para combatir la obesidad durante los primeros años de vida, se pondrá en gran peligro e innecesariamente la salud de millones de personas, con el coste que esto conlleva».
Para luchar contra la malnutrición que conduce al bajo peso infantil, siguen siendo necesarias iniciativas y más donaciones. No hay que olvidar, remarca Ezzati, que «la transición de bajo peso al sobrepeso y la obesidad puede ocurrir rápidamente en una transición nutricional poco saludable, con un aumento de alimentos pobres en nutrientes y densos en energía», por lo que conviene reflexionar sobre el desarrollo de políticas que modifiquen ambas realidades. Según la conclusión a la que llegan los autores, «de continuar en la misma línea de las tendencias presentadas en estos 40 años, se espera que la obesidad infantil y adolescente supere al bajo peso en 2022».

Cuestión familiar

Cada vez hay más evidencia de que el exceso de peso al iniciar el embarazo o el aumento a lo largo de la gestación aumenta el riesgo en el bebe. «El riesgo de obesidad en la progenie es 48% mayor en las madres que tuvieron una progresión superior a las recomendaciones», dice Carmuega.
Pero esto no afecta sólo a las mujeres. Hoy se sabe que los hijos de padre y madre obesos tienen el doble de riesgo de sobrepeso, y que éste se reduce a la mitad cuando sólo uno de los progenitores lo es. «El esperma de padres con exceso de peso también genera mayor riesgo de obesidad», puntualiza el especialista.
Otro aspecto por tener en cuenta es el sueño. «Cuando los chicos duermen menos, especialmente en los preescolares, hay tendencia a engordar -agrega el científico-. Y esto ocurre por el uso de las pantallas, la oferta de TV… El ocio se ha hecho más divertido. Los padres estamos más tiempo fuera de casa y mucha de la interacción se da en ese momento. También, las actividades paraescolares son cada vez más.»
Asimismo, los especialistas recomiendan tener bien en claro cuáles son los alimentos que deberían representar el 80 o 90% de la nutrición de un chico sano. «Son los que algunas vez han sido tejidos vivos -asegura-: carnes, huevos, plantas, frutas, frutas secas… Todos éstos se les pueden ofrecer sin temores, porque los van a comer de acuerdo con su necesidad. Cuando el chico se acostumbra a comer dentro de su casa, lo hace de determinada forma, y reserva lo demás sólo para momentos especiales, no hay problema. Los granos o cereales deben ser las semillas y no los subproductos. En cuanto a las grasas, mientras formen parte de un alimento natural, no deberían ser eliminadas. Lo que no deberíamos comer son las agregadas», afirma Carmuega.