Estudiantes de distintas escuelas de la provincia del Chubut participaron, recientemente, del concurso “Expericiencia”, impulsado desde la Secretaría de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva provincial, en el marco de un programa que lleva a alumnos del Nivel Medio a interactuar nada menos que con la ciencia, un puntapié inicial que puede despertar más de una vocación en una edad tan importante como lo es la adolescencia.
La vocación científica de los alumnos y su aparición y continuidad suelen depender, mayormente, del significativo peso de la experiencia escolar, tanto en el nivel primario como así también, en los años que siguen hasta la graduación y el posterior ingreso al Nivel Terciario.
Una sociedad basada en el conocimiento, pues, debe gran parte de su masa crítica intelectual al interés por la Ciencia en todos sus aspectos, así como también, a la impronta de la docencia en generar interés por parte del alumnado.
Desde tener un buen cuerpo docente hasta difundir lecturas de jerarquía académica, la curiosidad de niños y adolescentes por el mundo de la ciencia puede ser despertada a través de la teoría, así como también, de la práctica.
Con la incorporación de las nuevas tecnologías a la vida cotidiana, las generaciones actuales se hallan más cerca de comprender los procesos que los rodean y, por qué no, de querer formar parte de los mismos, desde el lado de la experiencia, o bien, de la creación a través de la ciencia, abrazando el conocimiento a través del estímulo y la dedicación de los educadores.

Libros y profesores

Al momento de definir la vocación científica, la lectura de libros y los docentes resultan ser dos factores fundamentales para los estudiantes; así lo afirmó un estudio realizado sobre 816 investigadores argentinos encuestados, en el año 2015; relevamiento luego difundido a través de la prestigiosa revista Public Understanding of Science (“Conocimiento Público de la Ciencia”).
Investigadores como Aduriz Bravo, especializado en la didáctica de las ciencias, y que brinda capacitación a profesores en una docena de países de Europa y América, incluida la Argentina, señalan la dificultad de dar “recetas” frente a una problemática tan compleja como la “falta de equidad” en materia de enseñanza de las ciencias en los colegios.
En esta línea, uno de los inconvenientes radica en que se busca alcanzar un nivel homogéneo, tomando como modelo el nivel más alto y no al revés, en la calidad de la enseñanza de las ciencias en todo el país.
Promulgar la ciencia como motor de cambio y como pilar fundamental de la cultura social, según apuntan los expertos, también serviría para elevar el status social de los docentes y generar un efecto multiplicador en los alumnos.

Los científicos, más cerca

Una de las iniciativas que lleva algunos años desde su puesta en marcha y que tiene como fin promover la ciencia en las escuelas es el programa “Los Científicos Van a las Escuelas” (LCVE), que consiste en el trabajo conjunto y creativo entre docentes y científicos, basado en la formulación de proyectos empíricos orientados a enriquecer las clases en dicha área.
A través de una dinámica colaborativa, se busca incorporar Trabajos Prácticos Científicos (TPC) a la metodología que habitualmente se utiliza en clase.
Una de las mayores fortalezas de LCVE, en este sentido, es la generación de un espacio de intercambio donde se combinan los saberes de científicos y de docentes. Esto potencia el dictado de los contenidos curriculares de las materias y fomenta el pensamiento crítico en los actores involucrados en esta experiencia.
El proyecto en cuestión debe enmarcarse en biología, química, física, astronomía o ciencias de la tierra, y la temática debe formar parte de la currícula escolar y ser consensuada entre el docente y el directivo de la institución educativa; esta decisión determinará la posterior selección del científico para garantizar su conocimiento en la materia y una adecuada planificación para el dictado del tema de interés.
LCVE también promueve el conocimiento general sobre la metodología de la ciencia y busca despertar vocaciones científicas entre los jóvenes.

Para los más chicos, también

Meses atrás, convocados por la Fundación Santillana, expertos en materia de Educación debatieron sobre cómo promover el pensamiento científico en chicos entre los 3 y los 8 años.
Durante su ponencia, realizada en la Universidad de San Andrés, en Buenos Aires, la especialista Melina Furman, doctorada en Educación de la Ciencia por la Universidad de Columbia (Estados Unidos), sostuvo que “los niños tienen pensamiento científico desde muy chiquitos, pero sin una enseñanza deliberada ese pensamiento llega hasta los 9 o 10 años y se detiene; a los 11 años, se tiene el mismo comportamiento de los adultos”.
Además, recalcó que “todo evoluciona hasta un techo y luego los experimentos tienen un sesgo de confirmación; es ahí donde aparece la necesidad de una enseñanza que potencie la curiosidad y la enfoque hacia modos de entender el mundo de maneras cada vez más rigurosos; hay que empezar temprano”.
Actualmente, “estamos en un tiempo maravilloso de oportunidades, con acceso cada vez más fácil a dispositivos de bajo costo y amigables”, manifestó Furman.

El “Paradigma STEM”

El Foro realizado en dicha Casa de Altos Estudios se basó en la denominada “Educación en Ciencias, Ingeniería y Matemática” o “STEM”, por sus siglas en inglés.
Se trata de “un paradigma que pone el acento en la necesidad de formación troncal de niños jóvenes en un mundo cada vez más permeado por la ciencia, la tecnología y sus posibilidades de transformación”, describió Furman, remarcando que “el paradigma STEM destaca la importancia de articular los saberes en ciencias, tecnologías y matemática con una mirada ’ingenieril’ sobre el mundo, que parta de la identificación de problemas y la búsqueda de soluciones creativas”.
De esta forma, el aula de estudios se convierte en escenario de este nuevo paradigma, al tiempo que los Estados han atendido esta demanda desde diferentes ópticas y maneras, aunque sin el éxito esperado, al menos durante los últimos años.
Por ejemplo, el reparto gratuito de dispositivos tecnológicos ha sido la base de las estrategias educativas de países como Argentina y Uruguay, que buscaron promover la enseñanza científica; sin embargo, durante la disertación en UdeSA se puso en relieve que entregar una computadora “no alcanza” si no hay, detrás, una estrategia pedagógica más amplia.
Desde su punto de vista, la panelista María Dibarboure, del Consejo de Educación de Uruguay, resaltó la cobertura del plan Ceibal, mediante el cual el Estado entregó una computadora por cada niño que asiste a la escuela, aunque la educadora lamentó que ello no hubiera alcanzado para mejorar los resultados de los alumnos uruguayos en evaluaciones internacionales como PISA, donde Argentina también ha tenido puntajes muy bajos.

“Elementitis” y “Sobreitis”

Furman planteó, consecuentemente, que “sabemos muy bien qué tipo de didáctica fomenta el pensamiento científico; hay una epidemia de ‘elementitis’, que es enseñar todo por partes sin tener en cuenta el todo, y de ‘sobreitis’, que es aprender sobre la cosa pero sin la experiencia sobra la cosa”, añadiendo que “falta que los niños pongan los pies en el fango”.
Por ello, la especialista en materia educativa propuso que, para avanzar en el paradigma, se necesita un modelo de “buenas prácticas” educativas basado en tres ejes; la contextualización del aprendizaje, la participación en prácticas auténticas de indagación y diseño y, también, el hecho de ofrecer espacios de intercambio y reflexión para hacer visible al pensamiento del niño.

Impulsando el pensamiento científico

Las Escuelas MOST, dependientes de la UNESCO, promueven actividades de creación de capacidades centradas en reforzar las competencias de los Estados Miembros -dentro de los cuales se halla Argentina- para una toma de decisiones basada en la evidencia científica.
Fueron concebidas sobre la base que forman las propuestas surgidas de necesidades específicas en contextos concretos, y buscan dar prioridad a las intervenciones encaminadas a desarrollar la capacidad de los investigadores y decisores políticos “para convertir el conocimiento en acción”, sobre todo en países de renta media y baja.
El objetivo principal de las “MOST” es apoyar el desarrollo sostenible a largo plazo en contextos donde la insuficiencia de capacidades pueda ser una restricción importante para la traducción de conocimiento en acción, además de ampliar el grupo de profesionales jóvenes y cualificados provenientes de diferentes ámbitos (mundo académico, gobierno y sociedad civil) que puedan ayudar a reforzar la interfaz entre investigación y políticas públicas en el contexto de los desafíos de la implantación de la “Agenda 2030 de desarrollo internacional”.
La organización de las Escuelas MOST sigue cuatro principios; por un lado, la flexibilidad, ya que deben ser receptivas a los distintos contextos.
También, la “alta calidad”, ya que el desarrollo de capacidades, a través de las Escuelas, busca cumplir con los estándares académicos de excelencia y con las practicas avanzadas de entrenamiento.
También proponen acelerar la diseminación, adoptando una estrategia incremental para expandir el conocimiento y promover la “apropiación nacional”, persiguiendo los incentivos de las comunidades de práctica que operen en los Estados Miembros.