Una persona cada cinco horas recibió un trasplante en la Argentina este año, una proporción que se mantiene en los últimos años. A todas luces es insuficiente, pero el problema es mucho más complejo que sólo aumentar la cantidad de donantes. La partida dolorosa de Justina Lo Cane, la nena de 12 años que falleció este mes en la Fundación Favaloro a la espera de un corazón, conmovió a toda la ciudadanía. “Esperó 4 meses y luchó, con todas sus fuerzas, para que llegara ese corazón. Por múltiples factores que afectan al sistema de salud argentino nunca llegó la salvación para ella. Todos los que vivieron una situación igual lo saben. El sistema nunca juega a favor de los pacientes”, explicaron sus familiares.

Un sistema que perfectible

De acuerdo con el Incucai , cada cinco horas una persona recibió un trasplante de órganos en la Argentina a lo largo del año 2016 e iguales guarismos rigen para 2017. Los 109 trasplantes cardíacos realizados representan la cifra más alta en registrada en el país en este tipo de intervenciones. Pero es cierto: en estos momentos, hay 17 personas que esperan con urgencia un trasplante de corazón. De ellos, 4 tienen menos de 17 años. Y 3 lo aguardan desde hace entre 12 y 24 meses.
En la Argentina hay 11,81 donantes por millón de habitantes (DpM) y el gran ejemplo que todos quieren seguir es el de España, que se convirtió a fuerza de políticas de Estado y campañas en referencia mundial, con una tasa de 43,8 DpM. Teniendo en cuenta que ese país representa al 0,6% de la población mundial y contribuye con el 6,6 % de todas las donaciones que hay en el mundo, el camino es largo.
Los intentos por aumentar la capacidad de generación de donantes para dar respuesta a las listas de espera siempre crecientes son globales. Y la brecha entre quienes desean donar y quienes esperan ser trasplantados existe en todos lados. Las diferencias que separan ambas situaciones dependen de múltiples factores: la situación sanitaria de cada país, la cantidad de donantes vivos, el nivel de procuración de órganos de donantes cadavéricos y la tasa de trasplantes, por ejemplo.
También hay que tener en cuenta cuantos órganos se obtienen de cada donante, un dato que funciona como indicador de la calidad de la procuración. Un caso para comprender mejor esto. En Australia se implanta un 40% de los pulmones obtenidos por donación, mientras que en la Argentina esa proporción es del 8%.
El punto entonces es que no solo hay que obtener más órganos sino procurarlos mejor. Para eso hay que optimizar todo el sistema sanitario, y (sobre todo) mejorar las terapias intensivas de los centros médicos. A mayor calidad de estos servicios y de la salud pública en general, mejor estado de los órganos donados.
Pero sigue habiendo un problema extra: no siempre los donantes potenciales son reconocidos con rapidez y, por ende, los protocolos de trasplante no se inician a tiempo, lo que influye en la cantidad de órganos posibles a donar, debido a que con el paso de las horas los tejidos se deterioran.
Alguna vez le dijo el ex presidente del Incucai, Carlos Soratti, a Noticias: “Si queremos duplicar los donantes, tenemos que involucrar a toda la institución hospitalaria, desde su dirección hasta los médicos y enfermeras. Inclusive a camilleros y técnicos que tienen contactos con los familiares y que pueden hacer comentarios decisivos. Todos tienen que capacitarse y comprometerse”. Contundente, concluyó: “En nuestro país la sociedad tiene una actitud francamente positiva respecto al trasplante. No es un problema de consentimiento, sino que el sistema de salud tiene que mejorar los procesos y los protocolos”. Y esto, además, incluye a la tecnología y herramientas médicas.

Un sistema para revisar y mejorar

Cada vez que el caso de un paciente que necesita un trasplante llega a los medios, incluidas las redes sociales, es porque está «primero» en la lista de espera o «en emergencia», de acuerdo con las declaraciones de familiares o amigos. Pero, ¿cómo funciona el sistema de asignación de un órgano en el país?
El sistema de procuración es tan complejo como desconocido en general. Lo primero que hay que saber es que todos los pacientes en lista de espera están en situación «electiva». Recién cuando el equipo de trasplante de un hospital o sanatorio evalúa que el estado de salud del paciente es grave o existe riesgo de muerte, lo comunica a los organismos de procuración provinciales o al del Instituto Nacional Central Único Coordinador de Ablación e Implante (Incucai) para que pase a estar en «emergencia» o «urgencia».
Esa información va organizando la prioridad en la lista que administra sólo el Incucai. Pero, además, de la prioridad, hay otros factores que influyen en la asignación final del órgano.
«Los criterios con los que se seleccionan a los receptores incluyen la compatibilidad inmunológica, para que no haya rechazo del órgano, y la antropometría. El corazón, el pulmón y el intestino demandan que haya una diferencia en tamaño que supere +/- 20% para que se pueda trasplantar y funcionen adecuadamente», explica a LA NACION la directora del Incucai, María del Carmen Bacqué. «Un chico puede recibir el riñón de un donante adulto o, en el caso del hígado, se puede hacer una bipartición.»

Sistematizando la vida y la muerte

En un sistema informatizado del Incucai, que guarda una batería de datos de cada paciente en lista de espera, se carga la causa de muerte real del donante, el grupo sanguíneo, el grupo de histocompatibilidad (determina la diferencia o la similitud inmunológica entre dos personas), los análisis de laboratorio para conocer cómo funciona cada órgano, la antropometría y la edad, entre otros, como la jurisdicción.
Este sistema de asignación de órganos va cruzando los datos con los de los pacientes en lista de espera y genera un puntaje (score) que, en el caso de los tejidos (córneas, piel, válvulas cardíacas, músculos o vasos sanguíneos) y los riñones, también tiene en cuenta como variable el domicilio del receptor.
Si hay riesgo de vida, prevalece el estado clínico y no el lugar de residencia. En el caso de que haya dos pacientes en idéntica situación, eso actúa como factor de decisión.
«Si el donante está en una provincia, los primeros que aparecen en la lista de asignación son los receptores de esa provincia. Si no, los de la región y, si no, el país -cuenta Bacqué-. Otro factor de desempate es la edad del receptor: los menores de 16 años reciben más puntaje que los mayores.»
Una vez que se obtiene el listado de asignación en orden decreciente, de acuerdo con la prioridad, la compatibilidad y, si cabe, la jurisdicción, el Incucai comienza a comunicarse con los médicos tratantes para conocer si el receptor está en buenas condiciones para el trasplante.

Corriendo contrareloj

Fiebre, cirugías recientes, infecciones o transfusiones, por ejemplo, son causas por las que se suele modificar el orden de esa lista de asignación cuando el equipo que atiende al receptor considera que la intervención no sería lo mejor para el paciente. En esos casos, se pasa al siguiente receptor potencial.

Pero si está en buenas condiciones y el equipo de trasplante tratante dice que el órgano es el adecuado, se determina a qué hora será el operativo de traslado, de acuerdo con la cantidad de órganos por ablacionar.
Desde la identificación del potencial donante hasta la ablación no pasan menos de 24 horas, incluido el proceso de entrecruzar la información en el Sistema Nacional de Información de Procuración y Trasplante (Sintra) para determinar la compatibilidad entre el donante y el receptor.
«En general, se les va informando todo a los equipos de trasplante de los potenciales receptores. Y si el órgano finalmente se le asigna al paciente que está quinto en la lista de asignación, las causas de rechazo en los cuatro primeros deben estar bien auditadas y registradas», afirma la titular del Incucai, entidad que el año que viene cumplirá 40 años. Un trasplante puede durar entre dos y ocho horas, en promedio.

En el quirófano

En el quirófano donde está el donante, los distintos equipos quirúrgicos ingresan con un orden: en la donación multiorgánica, primero se ablacionan los órganos intratorácicos y, luego, los abdominales (hígado, páncreas, intestino y, por último, los riñones).
«Los riñones siempre los ablacionan cirujanos urólogos del equipo de procuración porque, desde que se extirpan hasta que llegan al receptor, comienza a correr un tiempo que debería ser el más corto posible para que los tejidos no sufran de la falta de oxígeno», explica Bacqué.
Ese tiempo de isquemia para los intratorácicos no puede superar las cuatro horas. Con el hígado y el páncreas, pueden pasar seis o siete horas hasta el trasplante. En cambio, en el caso del corazón, el equipo que hará el trasplante ya tiene que tener al receptor en el quirófano cuando se procede a la ablación.
«Los riñones resisten entre 24 y 30 horas porque no sólo se hace el estudio de histocompatibilidad, sino que se compara la sangre del donante con la del receptor y asegurarse de que no hay anticuerpos circulantes en la sangre del receptor. Porque si el resultados de la comparación es positivo, aunque el órgano fuera compatible, no se va a poder utilizar por el riesgo de que se produzca un rechazo híper agudo», explica Bacqué.
Una vez obtenido el órgano a trasplantar, se lava para eliminar la sangre del donante (las células sanguíneas pueden provocar una reacción en el receptor), se coloca en un recipiente estéril y en frío, porque cuando disminuye el metabolismo celular, los tejidos necesitan menos oxígeno y el órgano tolera mejor la isquemia. Los tejidos van en cuarentena a un banco habilitado por el Incucai que los procesa. Hay unos 17 bancos de tejido habilitados en el país.

Con clave

Todos los pacientes en lista de espera reciben una clave que, luego de registrarse como usuarios, usan para consultar su ficha online en el Sintra en el sitio del Incucai (www.incucai.gov.ar).
Además de los datos personales y clínicos, incluye los resultados de las evaluaciones anuales y la cantidad de veces que participó en una posible asignación de órganos o tejidos.
Los pacientes trasplantados se registran como «asignados» y, cada año, los equipos médicos de seguimiento tienen que informar en el sistema cómo evolucionan.
«Para nosotros, una vez que un paciente está en lista de espera, lo único que influye para la asignación es la situación clínica y médica. No se tiene en cuenta la cobertura, la situación socioeconómica ni otra característica. Tampoco hay causa de descarte por operatividad -sostiene Bacqué-. El órgano se asigna a un paciente, no a un equipo de trasplantes ni a un hospital.»