Los últimos años han marcado un indudable avance en lo que refiere a la comunicación y la dinámica en la que las noticias se difunden a través de diferentes plataformas.
La velocidad con la que los ciudadanos se informan no sólo se ha incrementado a un ritmo vertiginoso, sino que también se han modificado las formas en las que se accede a la información; muchas veces, con una consecuencia directa en la calidad de la misma.
Por un lado se encuentra la “posverdad”, caracterizada por ser una distorsión deliberada de una realidad, un hecho o una secuencia de hechos concretos, con el único fin de modelar la opinión pública, basándose en la evocación de las emociones generadas en el lector, que en evocar hechos certeros y “datos duros”.
Uno de los vértices de la denominada posverdad son las noticias falsas o mejor conocidas como “fake news”, por su origen mediático en el idioma inglés; se trata de un producto informativo de carácter “pseudo periodístico”, difundido principalmente a través de portales y redes sociales, pero también con eco en los distintos medios de comunicación convencionales como los diarios, la televisión y la radio.
Dicho tipo de noticias se emiten con el objetivo de manipular opiniones en el ámbito público y social, buscando un rédito político, institucional o económico, y como característica inherente, suelen estar ligadas a la propaganda política.

La verdad con “retoques”

Si bien suele hablarse de “noticias falsas”, algunas instituciones, como la Fundación BBVA, sugieren la categoría de “noticias falseadas”, dado que se trata de una verdad modificada u adulterada con un fin generalmente espurio.
Otras fuentes como el Diccionario Cambridge definen a las “fake news” como “historias falsas que parecen ser noticias, difundidas en Internet o usando otros medios, generalmente creadas para influir en las opiniones políticas o como una broma”.
En definitiva, el fin ulterior de este tipo de noticias no es otro que la generación de desinformación en el espectador, oyente o lector, muchas veces a partir de contenidos virales o sacados de contexto, constituyéndose como un auténtico engaño personal.

Pobladores “viciosos” y “sin valor”

Sin embargo, las “fake news” no son una novedad, y ya existían desde antes que el actual mundo globalizado las viera florecer a través de las diferentes plataformas tecnológicas.
Por ejemplo, durante las primeras décadas de la denominada Era Común, los primeros cristianos fueron perseguidos debido a rumores que los acusaban de practicar el incesto, el canibalismo y el infanticidio.
Luego del descubrimiento de América, conocido por “conquista” y “etnocidio” casi por igual, comenzaron a difundirse en el continente europeo relatos acerca de sitios que poseían una riqueza inmensa, y eran difundidos en forma oral en las ferias y mercados, con el objeto de sumar más hombres a las tripulaciones que viajaban al “nuevo continente”.
También, y peor aún, una vez transitada la etapa de la colonización de América, comenzaron a producirse y circular informes escritos donde los pobladores originarios eran descriptos como seres “sin valor” y con un sinnúmero de vicios, algo que de algún modo buscaba justificar las atrocidades cometidas por los “conquistadores” contra los primeros pobladores del continente americano.

La Segunda Guerra y las noticias falsas

Incluso en el siglo XX, la propaganda del partido nazi incorporó las técnicas de comunicación de masas más avanzadas de su tiempo, entre ellas la radio, con el objeto de difundir sus mensajes atrayendo una gran porción de las diferentes capas sociales.
Medios de prensa escrita como “Der Stürmer” y “Der Angriff” aseguraban que los enemigos políticos del régimen, especialmente las personas de religión judía, eran responsables de las dificultades que enfrentaba la sociedad alemana en el período de entreguerras; de este modo, lograron construir un consenso, aprobación y colaboración de miles de personas.

Terrorismo mediático

Las “noticias falsas” no siempre están ligadas a la manipulación de la información para construir o, mejor dicho, “reconstruir” un hecho frente a los ojos de la opinión pública; también están presentes en vehículos informativos que, muchas veces, se constituyen como la base para la propagación de las auténticas noticias falsas.
Por ejemplo, el hecho de que varios líderes mundiales, entre ellos el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, hubiera endilgado los índices delictivos y de narcotráfico a los migrantes mexicanos que arriban al país del norte, o bien la construcción de un vínculo entre la religión musulmana y el terrorismo.
Ese tipo de conceptos ha visto su resultado cuando, por ejemplo, en ocasiones en los que han ocurrido actos terroristas perpetrados por ciudadanos estadounidenses en dicho suelo, el colectivo social entienda como más aceptable la versión de que el terrorista era de religión musulmana, sin preguntarse por qué la totalidad de los tiroteos en escuelas y universidades han sido llevados a cabo por propios ciudadanos de los Estados Unidos de América.
De este modo, la propagación de noticias falsas para construir una posverdad, posee una injerencia directa en el pensamiento colectivo y social, construyendo una estructura en la que la opinión pública utiliza las mismas categorías que los medios de los que se informa, para tomar decisiones u opinar sobre determinados hechos.

Información falsa y guerra

Durante las últimas dos décadas, precisamente entre el año 2000 y el 2017, el acceso de las personas a Internet en el ámbito mundial creció un 976.4 por ciento, con lo cual, actualmente, más de la mitad de la población del mundo se encuentra “conectada” y expuesta ante este tipo de fenómenos comunicacionales.
Otro ejemplo tuvo lugar en 2008, cuando se publicaron los resultados de un estudio que analizó las afirmaciones que George W. Bush y los más altos funcionarios de su administración realizaron, durante dos años, a partir del 11 de septiembre de 2001, en relación a la supuesta amenaza que representaba Irak para la seguridad nacional.
Los investigadores constataron un total de 935 declaraciones con información falsa, propagadas por los principales medios de comunicación masiva, que en su momento aseguraban haber realizado una chequeado de manera independiente la información.
La conclusión del estudio fue que la “Administración Bush” impulsó a su país a la guerra de Irak “sobre la base de información errónea”, metódicamente propagada.

Minería de datos y divulgación de noticias

Más cercano al tiempo presente, durante la campaña que llevó a Trump a la presidencia de los Estados Unidos, comenzó a divulgarse un presunto informe producido por la Agencia Federal de Investigaciones (FBI, por sus siglas en inglés), según el cual existiría un “acuerdo secreto” entre el presidente de Rusia, Vladimir Putin, y el candidato norteamericano, quien habría recibido ayuda y apoyo del Kremlin durante los últimos años.
Casi dos años después, el Comité de Seguridad del Senado inició una investigación sobre el caso, ante lo cual el presidente Trump solicitó se investigara acerca de las noticias falsas producidas por los medios estadounidenses, algo que también le costó el puesto al entonces director del FBI bajo la administración de Trump.
Se determinó, pues, que la campaña de Trump había utilizado las redes sociales como un instrumento de divulgación, a diferencia de su contrincante, Hillary Clinton, que se había basado en anuncios televisivos y en otros medios tradicionales.
Los mensajes políticos distribuidos mediante Facebook, Instagram o Twitter llegaron a casi 130 millones de personas en Estados Unidos; un procedimiento de “minería de datos” aplicado a los perfiles de los usuarios, permitió que se difundieran mensajes diferentes, diseñados según los intereses y preocupaciones de los destinatarios, también dirigidos de modo específico a quienes se expresaban preocupados por la inmigración, especialmente de personas provenientes del mundo islámico, el control de las fronteras, la legislación sobre las armas y demás.

Verdades “molestas”

Por su parte, Trump suele utilizar reiteradamente la expresión “fake news” como respuesta a las críticas que recibe su gestión, evitando la discusión abierta y desprestigiando a los medios de prensa tradicionales; a su vez, dicha postura fue adoptada con gran velocidad por diversos líderes mundiales, con el objetivo de acallar a las críticas.
El presidente de los Estados Unidos, incluso, anunció la creación de los “Fake News Awards”, una contienda destinada a los medios «más deshonestos, corruptos y/o distorsionados en su cobertura política», según expresó, los cuales fueron otorgados en enero de 2018 a varios medios de prensa, entre ellos The New York Times y un artículo publicado por el premio Nobel de Economía, Paul Krugman.
También, las redes sociales fueron el vehículo a través del cual se propagaron distintas versiones distorsionadas sobre el reciente plebiscito de Colombia de cara a alcanzar un acuerdo de paz con las FARC, así como también del referéndum para la independencia de Cataluña y el “Brexit”.
La necesidad de revertir la tendencia llegó hasta tal punto que, por ejemplo, actualmente se realizan eventos y talleres destinados a concientizar sobre dicha problemática, en tiempos en los que la información suele fluir más rápido que los hechos.

El flujo de la información

En su ensayo “La Postverdad”, publicado en la Revista Anfibia en 2017, el periodista Pablo Boczkowski planteó que “las noticias falsas han existido durante tanto tiempo como las verdaderas. Pero un elemento diferenciador del momento contemporáneo es la existencia de una infraestructura de información con una escala, un alcance y una horizontalidad en los flujos informativos sin precedentes en la historia. Facebook, por ejemplo, llega cada día a más de mil millones de usuarios”.
Dicha infraestructura “hace posible que la gente sea creadora de contenido junto con instituciones de medios establecidas, y no simple consumidora. Esto, a su vez, ha permitido oír voces antes silenciadas, no solo en sus lugares de origen sino también en todo el mundo. Le hemos dado crédito a estos cambios como contribuyentes en la ruptura de regímenes autoritarios, como en el caso la primavera árabe. Pero estos mismos cambios son los que han hecho posible que una noticia falsa sobre el Papa Francisco respaldando la candidatura a Donald Trump fuera compartida miles de veces”, afirmó.

La responsabilidad del lector

A su vez, el autor señaló que “las limitaciones de mucha gente para detectar información tendenciosa que resulta de la curaduría algorítmica en las redes sociales en comparación con aquella que proviene la edición humana llevada a cabo por las organizaciones de noticias”, argumentando que “los medios tradicionales han existido por mucho tiempo; con el paso de los años, el público ha desarrollado colectivamente formas de identificar matices ideológicos en la cobertura periodística, y también de distinguir las historias verídicas de las paródicas o satíricas”.
Boczkowski remarcó que “a pesar del clamor generalizado por soluciones técnicas y sanciones comerciales, es poco probable que las cosas cambien drásticamente hasta que no haya transformaciones concurrentes en las prácticas de recepción”, dejando la pelota del lado del lector, oyente o televidente, quien, acaso en tiempos de posverdad, noticias falsas y “fake news”, deberá afilar la mirada y el criterio para comprender cuándo determinados datos, hechos e información transmitida, suelen esconder detrás de sí un fin ulterior.