Para responder a lo que pudiera ser un obstáculo para nuestra adhesión a esta celebración, hoy que estamos deseosos de autenticidad, tenemos que ceder a la necesidad de recordar brevemente la historia de la fiesta de Navidad, donde aseguran algunos, su institución puede ayudarnos a descubrir su teología y su realismo.
Es sabido que el 25 de diciembre se celebraba la fiesta pagana del “Natalis solis invicti”, fiesta del sol que renace invencido. El Cronógrafo romano de 354 señala en uno de sus calendarios el 25 de diciembre como celebración de esta fiesta.
Durante siglos una gran parte de la Humanidad se preguntó si ¿habrá querido la Iglesia jugarle una pasada a esta solemnidad del culto solar, culto que en el curso del siglo III, elimina las religiones de misterios, muy en boga hasta entonces en Roma, como por ejemplo el culto de Dionisio?
Respondiéndose que en los hechos los resultados fueron buenos. Es un hecho que el culto del Sol había ocupado un puesto importante en la vida de entonces. San León y San Agustín muestran su preocupación a propósito de tales prácticas, contempladas a veces con gran simpatía por algunos cristianos. Así, un tratado, “De solstitiis et aequinoctiis”, de finales del siglo III, presenta a Cristo como el único Sol siempre victorioso, y su nacimiento el único verdadero nacimiento del único Cristo invicto. Se ha intentado explicar de diversas formas si existe una relación entre el “Natalis solis invicti” y la Navidad.
Desde entonces, se ha pensado que Navidad se había fechado el 25 de diciembre a base de conjeturas sobre la fecha del nacimiento de Cristo, según referencias de los sermones de los Padres del siglo IV. Pero parece que los argumentos en favor de un eventual ensayo de averiguación de una fecha tradicional para el nacimiento de Cristo no tienen valor. Más bien parecería que la fijación de la Navidad en el 25 de diciembre se debe al influjo preponderante del Natalis Solis Invicti.
Entre los cristianos, Natalis tenía ya de tiempo atrás el sentido de aniversario, el “día de la muerte”. A consecuencia del contacto con la lengua profana, el término “natalis” significó también entre los cristianos: “día de nacimiento”. Esto demostraría la existencia de una influencia real entre ambas fiestas, pagana y cristiana.

Convenciones y algo más

Para la grey cristiana, el sentido de la Navidad es que “la palabra se hizo carne”. Y entonces, el misterio de la encarnación constituye el centro de la celebración navideña.
Él constituye el objeto esencial de la fiesta y por ello San Juan lo declara así en el prólogo de su evangelio con una afirmación impresionante: “La palabra se hizo carne y habitó en medio de nosotros…” (1,14). No se conmemora precisamente el nacimiento de Jesús en Belén, ni las circunstancias del nacimiento, ni los acontecimientos que lo rodearon. El misterio subyacente, el misterio de Dios hecho hombre, es más bien el que reclama nuestra atención y compromete nuestra fe en la liturgia de la Navidad. Según Newman, ésta es la verdad central del evangelio. Significa que “el Hijo eterno de Dios se convirtió, por un segundo nacimiento, en el Hijo de Dios en el tiempo”‘.
Cuando se medita en ese misterio, quizá arrodillados ante la cuna, se recuerda que el niño que contemplamos no es precisamente un niño puramente humano ni tampoco un ser divino bajo apariencias humanas, sino más bien que es divino y humano, el Dios-hombre Jesucristo. En la única persona de la Palabra se juntan dos naturalezas, divina y humana, en una unión más estrecha que cualquiera otra concebible en el orden natural.
A esto se llama unión hipostática. Significa sencillamente que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre.
Y de acuerdo al credo, se trata de un misterio que sobrepasa la inteligencia humana y que plantea grandes exigencias a nuestra fe. Incluso cuando la fe es robusta, existe el peligro de interpretar mal la doctrina. No es fácil mantener simultáneamente y sin desequilibrio las dos verdades: que Cristo el Señor es verdadero Dios y verdadero hombre. Dada la limitación de nuestra inteligencia, no sorprende que, con intención o sin ella, pongamos énfasis excesivo en una de esas dos verdades, con detrimento de la otra: o concebimos a Jesús sólo como Dios o lo consideramos exclusivamente en su humanidad. La Iglesia ha mantenido siempre las dos caras del misterio. En la liturgia de navidad se encuentra esta visión unificada y completa.
Desde todo aspecto esto indica que Navidad debería ser un tiempo de escucha orante de la Palabra. Donde el Supremo nos habla en todos los tiempos, pero con poder especial en estas fechas. Nos habla, y debemos escuchar con atención creciente. Exige de nosotros un esfuerzo. Exige una postura de atención y de silencio; no un silencio puramente externo, sino el silencio interior de nuestra imaginación, de nuestros pensamientos y preocupaciones, mucho más importante. Un festejo de la vida propia y de la vida eterna, lograda en nuestros `otros´.