Javier Arias
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Acá estamos, estrenando un año enterito, ¿no siente cierta expectación, amable lector, una adrenalina especial? Casi como cuando uno abre un ciuaderno nuevito y ve las hojas en blanco, listas para ser completadas con ideas geniales, proyectos maravillosos y dibujos impresionantes. No importa cuál sea finalmente el resultado, pero esta sensación de renacer es única y nadie nos puede quitar este disfrute anticipado.
Y para arrancar este año voy a recuperar un poco el espíritu de esta columna que no es más que ofrecerle algunas anécdotas para que pueda convertirse en el centro de atención de cualquier conversación que se precie. ¿Una sobremesa de verano? ¿Una charla amena, mate de por medio, en la playa? ¿Un relax en medio de una reunión de negocios? Oportunidades fantásticas para desgranar su sapiencia y conquistarse la admiración de todos los presentes, y si de paso viene con la atención de la morocha de rulos de vestido escotado, mejor que mejor.
Son muchas las historias que envuelven a los números y acá les acercaré algunas, ya verá que tienen éxito asegurado en convenciones y mitines.
Tal vez recuerde de la secudaria el nombre de Carl Gauss, Carl Friedrich Gauss, uno de los mejores matemáticos de la historia; cuenta la historia que corría el año 1787 y estaba el pequeño Carl en la escuela. Tenía apenas unos 10 años de edad y se encontraba, junto a sus compañeritos, tirándo tizas y papeles, en ese momento apareció el profesor y a modo de castigo les ordenó que sumaran todos los números del 1 al 100.
El profesor debió pensar que gracias a tan magnífica idea lograría tenerlos ocupados un buen rato, pero a los pocos minutos, el pequeño genio se levantó del pupitre y entregó la respuesta correcta: 5050. El profesor, atónito, se dispuso a terminar él mismo la interminable suma, pensando que Carl lo había engañado, pero al rato, entre tizas y papeles que volaban, comprobó que, efectivamente, la suma correcta era 5050.
¿Cómo hizo el pequeño demonio para humillar así a su maestro? No es que fuera un calculador extraordinario, capaz de hacer sumas a la velocidad de una computadora moderna, sino que hizo lo que todos los matemáticos hacen, pensar. Carl sabía que tenía que sumar todos los números del 1 al 100, o sea 1+2+3+4 …. +98+99+100. Pero nadie le había dicho que tenía que hacerlo en ese orden, dándose cuenta de una singularidad, si agrupaba los números por parejas, tomando el primero y el último, el segundo y el penúltimo y así todos, cada pareja sumaba 101, 1+100, 2+99, 3+98… Y como entre el uno y el cien podía hacer 50 pares, sólo multiplicó 50 por 101, o sea, 5050.
Ahora que lo sabe parece facil, ¿no?
Bueno, ahora que hemos capturado parcialmente la atención de todos es el momento ideal para el golpe de gracia. Diga que la matemática domina al mundo y que para demostrarlo usted puede adivinar el resultado de una suma sin saber todavía cuáles serán los números que integrarán la operación. Nadie le creerá, de hecho, yo mismo cuando lo digo no me creo mucho, así que pida sin dudar dos papeles y un lápiz. Y eligiendo al azar –al azar un corno, hagase el desentendido y elija a la morocha de rulos y vestido escotado- pidale a alguno de sus compañeros que escriba cualquier número de cuatro cifras en uno de los papeles. Luego, en el otro papel escribirán, sin que nadie lo vea, el resultado de ese número restándole 2 y agregándole otro 2 adelante. O sea, si la morocha escribió “2435” usted, perspicaz lector, escribirá “22433”. Ahora se deberá llamar a un segundo voluntario para que escriba debajo del número de la morocha otro número nuevo también de cuatro cifras. Una vez hecho esto, diga autoritario, que el próximo número lo escribirá usted. Lo que debe hacer es escribir otro número de cuatro cifras que sumen 9 en cada una de las columnas. Algo como esto:

2435 – número de la morocha
2354 – número de segundo volutario
7645 – número de usted, lector

Fijese que 2 más 7 es 9, seis más 3, también es 9, así como 4 más 5 y 5 más 4. Obviamente escriba el número como si lo estuviera haciendo al azar, no se ponga a sumar con los dedos porque va a perder credibilidad.
Una vez hecho esto, repetimos la operación otra vez, llamamos a un tercer voluntario que ponga otro número más de cuatro cifras, y usted vuelve a poner otro, completando a nueves como antes, quedando algo como esto:

2435 – número de la morocha
2354 – número de segundo volutario
7645 – número de usted, lector
4278 – número del tercer voluntario
5721 – nuevo número de usted

Ahora viene lo bueno, no pierda de vista a la morocha, porque con un pase de magia la va a enamorar perdidamente. Pida que alguien sume toda la columna y cuando den el resultado descubra el segundo papelito donde usted, antes de conocer todas las cifras de la cuenta, ya había escrito el resultado, “22433”. ¿Sorprendido? No lo demuestre, no hay peor mago que el que se admira de sus propios trucos.
Si alguien le pide que explique cómo hizo, sólo responda que dará la solución a cambio de un beso, y vuelva a mirar con una sonrisa a la morocha, ¡ganador!