Por Javier Arias
javierarias@eldigito.com

Hoy me levanté con ganas de destruir mitos. Es así, a veces me levanto con ganas de espantar moscas, otras de perseguir gacelas y en algunas ocasiones, de escupir para arriba, por suerte, las menos. Pero hoy no, hoy me desperté con una especial predilección por buscar algún mito, alguna leyenda urbana, y hacerla pedazos.
Convengamos que si bien no voy a pecar de falsa modestia y considero que tengo cierto bagaje cultural que me deja más o menos en la media de cualquier grupo, no poseo conocimientos tan específicos, ni matemáticos, ni físicos y mucho menos científicos, para ir por el mundo haciendo demostraciones fácticas que develen la verdad de las cosas, o al menos de las milanesas. No, es cierto, por eso, en este tipo de circunstancias me dedico a investigar en los otros, que seguramente saben más que yo. Y efectivamente, no me llevó mucho tiempo hallar esta respuesta que aquí les voy a regalar, y que seguramente va a hacer las delicias del próximo encuentro social al cual lo inviten. Si logra al menos una sonrisa, mi tarea se verá ampliamente recompensada.
Una de las historias que todos hemos escuchado alguna vez es la de los vasos de agua y las burbujas. Esa que dice que si uno deja un vaso lleno de agua en una sala, el mismo recogerá todas las malas ondas circundantes, llenándose de burbujas su contenido. Y en eso salta la amarga del grupo, mira el vaso emburbujado y grita: “¡Qué mala onda que tienen todos, miren cuántas burbujas!”. ¿Cómo responderle? ¿cómo refutarle tamaña aberración científica antes de que, efectivamente, la charla que venía tan amena hasta ese momento, sabiamente aislando a la plomaza, derive efectivamente en una discusión aburrida y agreta sobre nuestras propias penurias?
No se preocupe, acá les daré las herramientas necesarias para hacer callar a la rompemambos y al mismo tiempo acrecentar su caudal de conocimientos insignificantes.
Dicen los que hablan continuamente de auras y potencias astrales que eso se debe a la energía que liberamos, la cual forma las burbujas. Por el mismo motivo nos dicen que es bueno dejar un vaso de agua en la mesa de luz durante la noche. Estoy casi convencido de que nos conminan a esta inútil acción para captar más adeptos a sus filas, porque efectivamente al otro día tendremos un vaso lleno de burbujitas.
Pero comencemos ya con la explicación química. La idea que necesitamos es sobre la capacidad de disolución de los líquidos y su relación con la temperatura. Se sabe que, por ejemplo, la cantidad de sal que puede ir disuelta en agua a 30º C es mayor que la que puede ir disuelta en la misma cantidad de agua a 20º C. No voy a ponerme acá a dar una explicación sesuda sobre el tema, no sólo los aburriría de muerte sino que se me vendrían al humo los químicos más cercanos para descuartizarme en pedacitos acusándome de aberración a la ciencia.
Bueno, la cosa es que con el oxígeno pasa justamente al contrario. Cuanto más fría está el agua más cantidad de oxígeno puede ir disuelto en una cantidad de agua. Y aquí viene la razón de la energía negativa y todo el resto de sandeces. Cuando llenamos el vaso con agua de la canilla, está a unos 15º C aproximadamente. También debemos considerar que el agua viene a presión y sale con mucho oxígeno disuelto en ella. A medida que el agua se va calentando hasta alcanzar la temperatura ambiente, por ejemplo, 25º C, la cantidad de oxígeno que puede contener es menor, y como ya estaba saturada de oxígeno, el que sobra aparece en forma de burbujas. Y ya está, tenemos nuestro vaso lleno de burbujas, nada de fantasmas, energías, mala onda y peleas.
Así que podemos seguir la amena charla, dejándole a la interruptora sólo una mirada de desdén, que la recluirá aún más en su ostracismo.
Y hablando de vasos y líquidos, recuerdo cuando, hace unos años, me hice habitué de un pequeño bar irlandés en los bajos de Retiro. El dueño, Santiago, una noche me explicó porque dejaba, junto a las botellas de whisky, un pequeño vasito servido. Según él era para que los duendes pudieran tomar libremente y no le hicieran la vida imposible con sus travesuras. Lo miré con cara de “dejate de jorobar”, pero sólo me respondió con un gesto convencido y por un momento nuestra relación vibró como una cuerda de violín. Si seguía terco con mi posición agnóstica de duendes era muy probable que mi nivel de alcohol en la sangre cayera a niveles inaceptables. Así que me guardé mis respuestas académicas sobre la evaporación de los alcoholes a temperatura ambiente y seguí libando como si me caminaran cuarenta duendes entre las piernas.
Es que uno, a veces, se levanta con ganas de romper mitos, pero también hay que saber medir las oportunidades, y sus posibles y nefastas consecuencias, qué tanto.

Nota del autor: Dato científico extraído de la página http://morcillaencaldera.blogspot.com/2006/02/las-burbujas-de-rappel.html