Por Javier Arias
javierarias@eldigito.com

El mundo de la publicidad, a los ojos del neófito, del no iniciado, tiene un halo de magia y fascinación sólo emparejado con el del cine o el teatro de revistas; pero, como todo ambiente frecuentado por más de un hombre y un número impreciso de mujeres, posee su lado oscuro, a veces muy difícil de ocultar. Las historias de alcohol, excesos, drogas, corrupción y malversación de fondos públicos están a la orden del día. Afortunadamente ninguna de ellas nos congrega en estas páginas, pero sí darán un poco envidiable marco a nuestra reseña semanal.
La biografía de hoy trata, excepcionalmente, de una persona que aún camina entre nosotros. Sabemos perfectamente que biografiar a un ser vivo es una tarea no del todo bien vista, pero trataremos de no caer en la dádiva fácil ni en el elogio preconcebido, a fin de alejar las sospechas totalmente infundadas de ser más que biógrafos, mercenarios pagos a favor de un tercero interesado. Comenzando nuestro descargo diciendo que cambiaremos voluntariamente el nombre de nuestro protagonista, alterándolo a, por ejemplo, Federico Capdevilla, no, mejor Alberto Roa Pesas, no, no, Marcelino Brazier Chaza, eso, pero como Marcelino no era un nombre muy apto para un mercado tan fashion como el de la publicidad optó por cambiarlo por Marcel, que suena muy francés.
Marcelino, posteriormente Marcel, Brazier Chaza, más conocido en el colegio secundario como el “tucumano” –a pesar de ser originario de Santa Fe, hecho que no habla muy bien de la educación geográfica de las escuelas públicas-, ya de chico había sido cautivado por la creación de jingles y spots, es así que sus padres recuerdan como durante un año completo se la pasó dando saltitos con una soga al ritmo de “era para untar, era para untar”. Al finalizar sus estudios secundarios, cansado de que sus compañeros se empecinaran en preguntarle cómo era el proceso del azúcar, decidió perderles el rastro y se inscribió en una ignota facultad de comunicación social, en la carrera de publicidad.
Allí aprendió a escribir comerciales, a crear musiquitas pegadizas y hasta a saber diferenciar un mensaje subliminal de otro. Fueron tiempos maravillosos para Marcel, no tanto para sus padres y amigos, quienes se transformaron en involuntarios beta testers de sus nóveles creaciones: “-¿Qué ves acá?-, -Un palmito macilento-, -¡No! Es un símbolo fálico que debe despertar un deseo incontinente de comprar latas y latas de palmitos-”. Ante la evidente falta de profundidad semántica de sus allegados, Marcel decidió que ya era tiempo de dejar las pequeñas ligas y afrontar su destino. Con esmero preparó una carpeta con sus trabajos más destacados, entre ellos el del palmito, y salió a recorrer agencias.
Decir que su recorrida fue un completo y rotundo fracaso es decir poco. En algunas agencias no fue recibido, en otras no fue escuchado y en unas pocas fue amenazado con la fuerza pública. Pero Marcel era, y es, un hombre de convicciones; siguió tocando puertas y timbres, a veces se equivocaba, pero mayormente se dirigía a empresas del sector. Finalmente, y a causa de un malentendido más propio de una comedia de enredos que de una buena publicidad, Marcel acabó trabajando de pasador en una pequeña boutique creativa cautiva de una editorial. Alos pocos meses ya lo habían ascendido a creativo junior, al año a creativo senior y a los cinco años ya mostraba orgulloso su tarjeta donde figuraba su flamante cargo de director creativo. Lo que nunca dijo es que siempre fue el único empleado de la boutique y que tuvo que realizar ciertos actos ímprobos para cada ascenso con la octogenaria gerenta de personal de la editorial.
Hoy Marcel Brazier Chaza, mejor conocido en la editorial como “Chizito”, a veces recuerda con añoranza los tiempos que le decían “tucumano”, crea de vez en cuando algunos avisos para detergentes y limpiadores de baño, conoció Sierra de la Ventana cuando produjo la campaña para una firma de termos de plástico, ganó un premio ala excelencia publicitaria en la escuela 86 de su pueblo natal, sigue creyendo que su vocación es la creación publicitaria y afirma, a quien quiera oírlo, que “un anuncio es como un poema, como un cuadro o como una sinfonía, la diferencia sólo está en que nosotros vendemos corpiños, no aire”.