Por Javier Arias
javierarias@eldigito.com

Una de las cosas que más nos ha modificado los modos y las conductas en los últimos veinte años es sin duda el teléfono celular. Es raro decir en tiempos de Whatsapp que aún recuerdo aquellos días en que era una lucha conseguir un teléfono público que funcionara, y cuando lo encontrábamos era toda una ocasión para recordar que tuviéramos algún cospel perdido en los bolsillos para lograr comunicarnos. Ya sé, estimado lector, esto que acabo de contar raya completamente con una total incomprensión para la gran mayoría de la gente. ¿Teléfonos públicos? ¿¡Cospeles!? Qué palabrita que ha pasado a mejor vida, ¿no? Es que uno a veces lee algunos mensajitos en el celular, que termina añorando, al ritmo de una galopante senectud, aquellos tiempos en que lo más cercano a un telegrama electrónico eran los viejos beepers, otro adminículo que ha quedado en los anales de los museos más vetustos.
Es que es cómo decía, si por un lado el martillo neumático es uno de los inventos más infernales que ha creado el hombre en toda la historia de la humanidad, el teléfono celular, los mensajes de textos y el consabido lenguaje predictivo son concepciones que han logrado transformar radicalmente nuestras conductas.
Especialmente los mensajitos, sin duda.
Haciendo un poco de historia sabemos que el primer envío de un SMS fue el 3 de diciembre de 1992, realizado desde una computadora a un teléfono móvil. Fue en Inglaterra, por técnicos de la red de Vodafone y el mensaje simplemente decía «Feliz Navidad», todo un regalo de Papá Noel. Y aunque usted no lo crea, fiel lector, el sistema fue diseñado sólo para el envío de mensajes por parte de las operadoras a sus usuarios, o sea, unidireccional.
Y eso que son cortitos, que si fueran más largos estoy seguro que tanta falta de vocales y compresiones arbitrarias de palabras lograrían una automática embolia cerebral, tanto para el que los escribe como para los sufrientes que los leen. Es que los mensajes SMS sólo permiten hasta 160 caracteres, lo que significa 7 bits de texto, si los hacemos más largos se parten en varios mensajes, y, obviamente, se cobran por separado. Pero esta restricción no se debe a una limitación propia del sistema, ni a que el universo está diseñado exclusivamente sólo para mensajes de 160 caracteres, sino que el límite se debe simplemente a que esa era la longitud típica de las frases que uno de los ingenieros que inventó el sistema escribía durante las pruebas. Simpático el ingeniero.
Pero pese a todo uno sigue escribiendo y recibiendo mensajes como si fuera agua de río, la última estadística a la cual accedí data del 2006, pero no por ello deja de ser escalofriante; según la consultora Gardner, que vaya uno a saber de dónde cornos es, en cada instante, cada segundo de nuestra vida, se envían en todo el planeta unos 300.000 mensajes, totalizando alrededor de un montonazo al año.
Pero dejando de lado la cantidad de información que anda dando vuelta alrededor de nuestras cabezas sin que nos demos cuenta, consideremos uno de los avances que han logrado tamaña expansión informativa, otro de los inventos infernales del hombre moderno, el texto predictivo.
Yo tengo un amigo que es totalmente reacio a utilizar esta nueva tecnología y tarda el doble en escribir sus mensajitos, pero eso sí, mucho más personalizados, para él los saludos no son un abrazo sino havrazon y los nos vemos son sevemo. Lo que pasa es que con este sistema del demonio a veces renegamos más de la cuenta, pero sin él sería mortal, por ejemplo, escribir la palabra acababa –no entremos en detalle del contexto en dónde pueda utilizarse, por favor, comedido lector- donde todas las letras están en la misma tecla, podemos demorar una vida entera para, justamente, acabar de escribirla. O directamente morir de inanición luego de escribir la palabra “filosófico”, que tiene la particularidad de que todas sus letras son la ultima letra de cada tecla, o sea, hay que pulsar 34 veces para escribir una palabra de sólo diez letras.
Pero es curioso saber que, justamente con esta tecnología, Francia y Escocia se escriben exactamente con las mismas teclas: “3726242” y que si no prestamos atención muchas veces podemos caer en errores involuntarios catastróficos, siendo el menor de ellos querer escribir “queriendo” y terminar enviando la palabra “sufriendo”, destruyendo definitivamente ese romance de verano que tanto prometía.
Lo que supera cualquier pesadilla es que existan verdaderos campeonatos de velocidad de escritura de SMS, y que los ganadores puedan escribir a una velocidad de 306 pulsaciones por minuto, el dedo biónico sin dudas.
Eso sí, lo que nadie entiende es porqué cornos en los teclados alfanuméricos las letras arranquen en el número 2, dejando el uno huérfano de palabras y sobrepoblados a los pobres siete y nueve que tienen que convivir con cuatro letras cada uno, misterios de la evolución que ni el propio Darwin podría explicar.

Nota del autor: Información recogida de las páginas http://www.blogdecola.com/curiosidades-de-los-sms y http://www.microsiervos.com