Por Carlos Alberto Nacher
Cnacher1@hotmail.com

Hace 45 años, en la casa de mi abuelo, allá por San José, en Entre Ríos, había un libro extraño.
Los recuerdos, como siempre, son inexactos, son difusos. Son reales pero con un pequeño atisbo de fantasía, como lo era el mundo fantástico de la lejana infancia.
La infancia es la edad más fantástica del ser humano, y es por eso que algunos intentan hacerse escritores, para conservar como se pueda ese atardecer en aquella casa de pueblo chico, casi de campo, cuando oscurecía y empezaban a cantar los grillos, y las sombras se convertían en fantasmas entre las plantas altas. Mi abuelo tenía un plátano en el fondo, y el fondo era muy grande, tanto que no recuerdo haber encontrado nunca el alambrado del final.
¿Habrá existido de verdad ese libro? Era muy raro, tenía tapas duras y adentro había de todo: trucos de cartas, cuentos de brujas que intentaban ser macabros, magia, cálculos con números, grabados en blanco y negro con personajes grotescos y perfectamente dibujados. Los cuentos de brujas y los trucos de magia me atraían tanto que era seguro que me encontraba con alguna siempre, al anochecer, al lado del plátano o en el galpón del fondo, lleno de maderas, moscas y misteriosas herramientas que no podía tocar.
Con mi papá íbamos por la mañana al arroyo Perucho, muy ancho y profundo, con un puente de la ruta a lo lejos, con la orilla de enfrente llena de juncos, con agua clara, mucho pasto, muchos árboles. El arroyo Perucho era, por supuesto, otro cuento fantástico.
El arroyo se secó, como corresponde con estos cuentos, porque alguna vez uno descubre que eran mentiras.
Pero como los que intentan escribir se niegan a reconocer la realidad, y se niegan, sobre todo, a aceptar que aquella pared blanca es sólo una pared blanca y no otra cosa, como por ejemplo, un muro para saltar, no me queda más remedio que empezar todo de nuevo y hacer aparecer, como por arte de magia, aquel libro, aquel arroyo, aquellos atardeceres y, por qué no, aquella casa vieja, llena de misterio, del tío Guiffre, que vivió hasta los 102 años.
Entonces, tengo que aprovechar estas Pascuas, símbolo teológico del renacimiento, del volver a comenzar, para volver a comenzar.
De repente, me encontré en esta realidad de hoy, haciendo huevos de pascuas. Puse una olla con agua a calentar y adentro otra más chica con el chocolate desmenuzado. El aroma del chocolate comenzó a deformar la cocina, los cerámicos blancos se convirtieron en celestes, la mesa de fórmica se hizo de madera rústica, del piso crecieron una baldosas gruesas y con poco brillo, desapareció el televisor, el microondas, y se abrió en la pared un ventanal que daba a una calle de tierra, cuando justo pasaba el carro del lechero, que silbaba. El chocolate se derretía y el agua estaba a punto de hervir. ¡Que no hierva! me avisó mi abuela, que andaba por ahí, caminando despacio y con la escoba barriendo la tierra entrerriana. Apagué el fuego, le hice caso (algunas veces, muy contadas, le hacía caso). Ahora tenés que pintar los moldes con un pincel, dale tres pasadas así quedan bien gruesos. Agarré un pincel, pinté los moldes, los puse en la heladera, que ya no era la Mabe Smart Fresh Technology No Frost, sino una Siam color azul con traba mecánica, saqué los moldes, los volví a pintar, los desmoldé, los pinté, los puse en la heladera, los pinté, los desmoldé, y así y así y así. Mi abuela había salido a darle de comer a las gallinas, y volvió para explicarme cómo hacer el glacé y pegar los huevos, que eran como cincuenta. Menos mal que estaba ella para darme las indicaciones del caso, sino no sé.
De pronto, entre tantos huevos de pascua, asomó ese viejo libro, abierto en la página… (no me acuerdo cuál era). Había un dibujo de un mono vestido de circo, con un sombrero marroquí, en medio de una enramada tenebrosa. Comencé a leerlo, era un cuento maravilloso, pero entre tantos huevos fabricados, tantos regresos lejanos, tantas emociones, me quedé dormido arriba de la mesa sin llegar al final.