Por Javier Arias
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Como todo el mundo, no tenía muchas manías ni trastornos. No muchas, eso es lo que se repetía. Si lo apuraban, se definía como un promedio, ni muy muy, ni tan tan. Esa mañana se levantó, como todas las mañanas, tiró las colchas al piso, pasó por el baño, se calzó los pantalones de ayer, rescató la remera de debajo de la silla y, ya con el sol en alto, se hizo un café negro y un par de tostadas. Un desayuno común, como el de todo el mundo se dijo. Se sentó en el living, solo, como todos los días, mirando hacia la biblioteca.
Sorbió en silencio el café y llenó de migas de tostadas el brazo del sillón de pana, mientras miraba perdido los lomos de los libros. En la primera hilera, leyó moviendo apenas los labios, la primera letra de los títulos, Lituma, Memorial, Viajes, Norte… No tiene ningún sentido, se dijo, pero le gustó el juego, siguió con la segunda hilera. “Delirio diario”. Eso ya era algo, dejó la taza mal apoyada en la mesa ratona, se levantó y se acercó a la biblioteca, ya más interesado, ladeando la cabeza para un lado y para el otro, siguiendo el caprichoso trabajo de los editores, que nunca se han puesto de acuerdo, en los años y años desde Gutemberg para esta parte, en el sentido de los textos en los lomos de los libros. “Delirio diario argentinos sobre alas”, desilusionado terminó la frase.
Parado frente a la biblioteca, siguió con la tercera y la cuarta hilera, ya con esta, arrodillado en el piso y gateando para leer las primeras palabras de cada título, de una punta a la otra de la biblioteca. Así lo encontró Carmen, la señora que le daba una mano con el desastre de su casa.
– ¡Señor! ¿Está bien? ¿Se siente bien?
Desde hacía años que Carmen venía una vez por semana, tenía su propia llave, pero no había aún logrado que dejara de llamarlo señor. La tranquilizó, le dijo que buscaba un libro, se irguió apoyándose en la palma de las manos, se sacudió el pantalón y se olvidó del tema.
Pasaron más o menos dos o tres semanas, tendría que pensar cuántas veces había visto a Carmen desde aquel día, cuando los Calcaterra lo invitaron a cenar. Cada tanto, los Calcaterra, sus vecinos de la casa colonial de la vereda de enfrente le tocaban la puerta, juntos, estaba casi seguro que jamás los había visto por separado, y lo invitaban a comer, esa misma noche, como si él siempre estuviera disponible y sin compromisos. Y él siempre aceptaba.
Llegó a la hora convenida, Lucio Calcaterra lo hizo pasar a la sala, donde estaba la mesa puesta, y le advirtió que Mabel Calcaterra estaba terminando la salsa, que iba a estar en cinco minutos, y se perdió en el pasillo hacia la cocina, como si esos valiosos segundos en que lo había recibido y dejado sola a su pareja fueran cruciales para algún tipo de encantamiento medieval. Caminó hasta la biblioteca, casi del mismo tamaño que la suya, pero de cinco hileras. Y se acordó del juego. “Escrito placeres el himno”, nada, sin sentido. “Los ojos, los elefantes, ética mayor”, con un poco más de lógica morfológica, pero aún incoherente. A los cinco minutos prometidos, los Calcaterra entraron en la sala, una con una bandeja de tallarines humeante y otro con una salsera rebosante. Los dos se quedaron quietos mirándolo tirado en el piso, leyendo la tapa de los libros.
Le llevó un tiempo explicarles la situación, pero algo quedó en el ambiente, intangible, que los acompañó toda la noche. Se despidió en silencio, con un gesto de cabeza, todos estaban un poco incómodos; pero en una de esas todo esto sirviera para que cesaran las invitaciones a cenar de los Calcaterra, pensó cruzando la calle hacia su casa, mientras el matrimonio, abrazado, lo miraba desde su propia puerta. O eso por lo menos es lo que imaginó sin echar una mirada atrás.
Todo empeoró unos días después cuando, en la casa de una alumna, mientras ella se había levantado a hacer un té, fijo la vista en la modesta, modestísima, biblioteca de una sola hilera junto a las botellas de licor de café. Allí leyó extasiado “Es puro inventario, leyendas, cortinas, no luz en la noche”. La frase la formaban exactamente las primeras palabras de los diez libros. Cuando volvió su alumna ya no pudo pensar en otra cosa, a pesar de que ella se esforzó con las escalas que le había propuesto casi sin equivocarse ni una vez, él ya nunca le prestó atención, seguía leyendo “Es puro inventario, leyendas, cortinas, no luz en la noche”. La paró en seco y le preguntó si tenía más libros. No le gustó la pregunta, le respondió que no y qué tenía que ver eso con las lecciones de guitarra, que si le parecía ignorante o poco culta por tener pocos libros. No reaccionó a la violencia de la respuesta, dio por terminada la clase y se volvió a su casa, a releer ya no sus libros, sino sus tapas.
Con el tiempo fue perdiendo más alumnos, Carmen un día le devolvió la llave, se mudaba a Buenos Aires con sus hijos, los Calcaterra no volvieron a invitarlo, pero sabía que lo miraban, juntos, desde la ventana de la cocina que daba a su casa. Había sacado todos los libros y los había dispuesto sobre el piso y todas las mañanas se levantaba, como todos los días, tirando la colcha de la cama y desplegando migas de tostadas, volvía a cambiarlos de lugar, leyendo las frases que se formaban, buscando ese mensaje que, por ahora, se negaba a aparecer.