Por Javier Arias
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Es inevitable, cuando cae el sol, mueren con él las bases de toda cordura. Se entierran en el horizonte todas las convicciones que me permiten sobrevivir cada segundo con ciertos parámetros de normalidad.
Por eso, cada atardecer, casi como un acto reflejo, como un mecanismo involuntario de defensa, no presto atención a las penumbras que van ganando la casa, el silencio que va invadiendo lentamente la calle. Camino por las habitaciones como si no pasara nada, con una indiferencia impostada que impregna cada paso de un sonido hueco y vacío. Prendo el televisor para simular una falsa compañía y ceno, solo, frente a la pantalla pletórica de posverdades.
Más tarde dejo los platos arrumbados en la bacha, a la espera de la voluntad de lavarlos, apago el televisor y empiezo a cerrar las cortinas, tanteo, como cada noche, la cerradura de la puerta y subo las escaleras hacia el cuarto.
El baño me recibe con un vaho entre húmedo y helado, termino de desvestirme y me decido por fin a entrar al cuarto. Al traspasar la puerta veo que los primeros rayos de luna se recortan sobre la cama deshecha. Me apuro a bajar la persiana, dejando a oscuras el dormitorio. Enciendo el velador y me acuesto, tironeando de las colchas frías como el cristal.
Trato de conciliar el sueño, pero sé, de antemano, que es una batalla perdida y comienzo la cotidiana serie de apagar y prender el velador, tratar de leer el libro perenne sobre la mesa de luz, volver a dejarlo y volver a tomarlo; en una sucesión que se me antoja eterna, hasta que finalmente, por el cansancio, o tal vez sólo por el hastío, termino cayendo rendido en un mar de pesadillas recurrentes que me persiguen desde hace años.
Y tal vez tenga suerte, tal vez esas pesadillas me atormenten toda la noche, mientras en la calle se escuchen, ocasionalmente, los pasos apurados de una madre volviendo junto a sus hijos, o el ladrido lejano de un perro cuidando una reja solitaria y olvidada del mundo. Tal vez tenga suerte y mis pesadillas me torturen hasta el amanecer mientras giro retorciendo las sábanas como en una calesita alucinada de incendios, asesinos y abismos.
Pero no todas las noches tengo esa suerte. Porque a veces, como en este momento, algo me despierta. El día que sepa, el día que descubra cómo, estoy convencido que no podré dormirme nunca más. De repente, algo me toca el hombro, de pronto algún sonido me desvela, no lo sé, pero en medio de la noche algo me saca del sopor nocturno y abro los ojos completamente despabilado. Las telarañas de los sueños se disipan instantáneamente y me encuentro mirando la oscuridad completa que me rodea. Hasta que, luego de unos segundos comienzo a reconocer los contornos de los muebles y las paredes. Y descubro, sin dudas, que me está observando. Veo su figura perfectamente recortada en el vano de la puerta, mirándome mientras duermo, casi como si estuviera esperando.
Nunca me muevo, porque sé que si me muevo sería peor, o por lo menos cambiaría el juego macabro que me impone cada vez que me visita y no quiero cambiar nada, porque al menos, de esta forma, de esta tenebrosa forma, al menos sé que todo termina, en algún momento termina y cuando las primeras luces del amanecer se empiezan a filtrar por las rendijas, su sombra finalmente se irá disolviendo hacia otros dormitorios solitarios y recién ahí podré moverme y recobrar el comando de mis sentidos.
Pero mientras esté ahí, porque lo veo, porque sé que no estoy solo, porque su presencia junto a mi cama es completamente real, no voy a moverme. Tampoco volver a cerrar los ojos, porque no sé qué podría pasar si dejo de custodiarlo. En una de esas decide acercarse. En una de esas decide entrar en la cama. En una de esas decide tocarme.
Por eso no cierro los ojos. Lo sigo vigilando. Yo entre las sábanas y él, ahí, en la puerta, cada noche, esperando.